Una bocanada de música salada
Vive en ciudad de México (nació en Buenos Aires). Escritor, principalmente ficción (Relapso, 2019. Los arrepentimientos, 2020. Fuerte el aplauso, 2022 y otras) y poesía experimental (“Elusivo”, 2006. “Mil palabras que no entendí”, 2025 entre otros). Artista plástico en múltiples formatos. Realizó perfomance, danza y producciones artísticas individuales y colectivas (Colectivo Poético Cardo). Actualmente gestiona proyectos artísticos junto al artista Máximo González en México. Corresponsal de Analytica del sur-psicoanálisis y crítica- en Ciudad de México.
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Detalle de Manuscritos Apócrifos I de la serie Grito Crudo.
Dibujo con punzón sobre papel Fabriano, 2024.
Inés Díaz Saubidet, IG: @inesdiazsaubidet
Memoria tiene días insistiéndome que vayamos a bailar a una de las discos del crucero. Según ella, hay para todos los gustos. Pero según mi experiencia de los años recientes, ya no hay, ya no existe, ningún sitio bailable para mi gusto. Con lo cual, su declaración es falsa, pues yo me considero parte del todo.
No comprendo esta insistencia de Memoria por llevarme a bailar. Puedo yo ser de interés para ella para caminar conversando, para opinar sobre las situaciones de las que me hace partícipe, o para escuchar lo que tiene para decirme. Pero eso no quiere decir que esté dispuesto a encerrarme en un espacio donde una música que yo no considero de mi agrado, ni bailable, ni música siquiera, me mancille el nervio vestibular a la vez que tengo que moverme como si hubiese algún ritmo que me lo inspire, ingerir bebidas que ya he bebido durante todo el día pero que estaban mucho mejor preparadas y menos adulteradas, o intentar comunicarme a los gritos con Memoria como si tuviera algo que decirle en ese mismo momento que no pudiera esperar a que saliéramos y decírselo en un tono normal y con mayor probabilidad de que lo entienda. Ni hablar de que si hay mucha gente puede darme calor, o puedo estar justo parado debajo de un aire acondicionado a toda potencia que me arruinará el expectorante por los próximos días, o que una o más de estas personas que, como yo, han estado bebiendo todo el día, hayan volcado líquidos en el suelo y hay que estarse cuidando de no pisar, de no resbalarse, de no torcerse, de no arruinarse el viaje o por lo menos el desembarco y posterior caminata en el siguiente puerto. Todo lo anterior sumado a que, si me quedo en una de las discos el tiempo suficiente para que ella se dé por satisfecha, no sé qué es lo que va a pedirme después, o adónde va a invitarme cuando llegue la hora de fuera de allí desplazarnos.
Tiene años que he decidido no bailar. En realidad, no fue originalmente una decisión, fue más bien una reacción a una situación que me resultaba incómoda. En mis años mozos, solía ser un gran bailarín, de esos que abren pista, bailan con todas las mujeres de todas las edades, organizan coreografías, animan al público de todos los géneros a participar de la celebración danzante, se niegan a recibir una negativa, y bailan mientras haya música sonando. Originalmente pensé que, a causa de la edad, de la madurez, mejor dicho, permanecer a orillas del centro del baile me permitía tener una conversación con las personas que estaban en ánimo de platicar, algo que con los años se fue volviendo más interesante para mí: el intercambio dialéctico con las personas que conocía y las que empezaba a conocer. Sucedió que, personas que estaban acostumbradas a mis despliegues rítmicos, venían a buscarme para que bailara como solía hacerlo, para que participara de cada mezcla que sonaba en la pista. Yo trataba de eludirlos, amablemente, aduciendo cansancio, prometiendo una muy próxima reunión con ellos en la pista (“espérame tantito”, “ya voy”) o excusas similares. Pero las personas no se daban por enteradas de mis negativas o mis postergaciones, y seguían insistiendo, interrumpiendo las dinámicas conversatorias que pudiera estar yo teniendo. Llegó así el día (la noche más precisamente) en que me enojé: declaré que había yo cumplido ya una cantidad importante de años animando la fiesta, haciéndole bailar a quien no estaba dispuesto a bailar solo, quitándole la timidez a más de un ser humano, transpirando mi ropa de salir como si estuviera participando de una clase de aerobics (en aquella época; ahora sería más adecuado decir ‘crossfit’), en resumen, animando la fiesta para que los ánimos no decaigan. Se terminó, declaré. ¿Dónde están las generaciones más jóvenes?, desafié. Yo había sido el as de la pista desde los 15 años hasta bien pasados los 40 y tantos, y ahora resulta que la fiesta no se armaba porque yo no estaba allí para poner el cuerpo. ¿Dónde están los jóvenes?, insistí, ¿los solteros, los que buscan cariño, los que no se divierten hablando, ésos a los que les gusta que los vean? Los jóvenes estaban refugiados en sus teléfonos móviles, o excusados por sus propios padres o sus amigos que explicaban, en nombre de estos otros, que eran muy vergonzosos, o tímidos, o que hoy estaban cansados, o que cuando salían con otra gente o con otros amigos la cosa funcionaba diferente.
Misteriosamente, nadie tomó la posta desde entonces. Nadie salió a hacer lo que yo hacía. Ningún hombre, sobre todo. Las mujeres podían bailar más, por lo menos las que disfrutaban de ello sin reparos. Pero ni los jóvenes ni los señores salieron a llenar el espacio.
Durante mucho tiempo pensé que mi actitud era generacional, algo de la edad, como ya dije. Pero recientemente me di cuenta de que esa fue la razón que escupí, la reacción que tuve hacia mis interlocutores que pretendían que mi participación siguiera como siempre. Pero lo que en realidad sucedió fue que la música había cambiado con los años. Los ritmos que sonaban en la pista y que yo celebraba habían sido gradualmente desplazados por experimentos comerciales con pretendido trasfondo sociocultural que fueron bautizados con distintos nombres, a saber: reggaetón, trap, hip hop, gangsta rap, perreo, turreo, y todos sus derivados.
Así descubrí que el devenir musical de la humanidad en Latinoamérica, que se expandía por Occidente y poco a poco invadía Oriente, era la razón de mi permanencia en las trincheras aledañas a la pista de baile. Pensando en ello, concluí que no se trataba sólo de que los ritmos no me inspiraban movimiento alguno, sino que generaban en mí sentimientos de aversión. Para peor, yo no podía concebir cómo una persona de mi edad y con mi trayectoria (curricular y dancística) podía esgrimir los movimientos que son propios de los ritmos arriba mencionados. Movimientos para esos géneros musicales son actitudes estereotípicas de ciertos sectores sociales, que visten ciertas ropas, que se protegen de la luz con ciertos artículos, que consumen ciertos productos, que lucen cierto tipo de joyas indiscretas, que ostentan ciertos logos que refieren a ciertas marcas. Más allá de los gestos con las manos, el acomodamiento repetitivo de los órganos genitales, los dedos acusadores que señalan a quienes entran en su campo visual, a mí no se me ocurría otro movimiento que pudiera hacer para dar la impresión de que aquello que estaba oyendo era algo que podía hacerme bailar. Llegué incluso a googlear preguntas como “¿los hombres pueden bailar reggaetón?”, “¿cómo baila reggaetón un hombre?”, “¿hasta qué edad es aceptable que un hombre baile reggaetón?”, “¿cuánto reggaetón puede bailar un señor?”.
Al día de hoy, no supero este autodescubrimiento sobre los bailes que tanto disfrutaba y de los cuales ahora reniego con todas las excusas posibles.
Finalmente, y a pesar de todo eso, acepté venir con Memoria a una de las discos abordo. Ya dije que me costó un buen rato aceptar las invitaciones reiteradas de Memoria. En realidad, aceptar no me costó nada: para mí fue tan sólo cambiar de actitud y decir “vamos”. A ella fue a quien verdaderamente le costó traerme. Cada día que le rechazaba sus múltiples invitaciones a bailar, yo me preguntaba si ella no estaría mejor, a esta hora del día, vinculándose con otros pasajeros. He escuchado a muchos hablar de la disco a la que fueron la noche anterior. Eso ha generado, durante el día, conversaciones sobre la existencia actual de discos al aire libre, sobre discos online, discos para ancianos y discos en silencio. A muchos los he escuchado hablar sobre las discos, y eso que la gran mayoría no está en edad de saber mucho sobre discotecas. En cambio yo nunca participé de ninguna de esas conversaciones; nunca hice ningún comentario; nunca dije que me gustara bailar; nunca dije que me gustara ningún ritmo. Lo único que dije, cuando me acorralaron, fue que yo no tenía nada en contra de la música popular comercial contemporánea. Solano me dijo que “no tener nada en contra” son 3 negativos seguidos, uno detrás de otro, para manifestar supuestamente una buena voluntad. “No”, “nada”, “en contra”. ¿Será que realmente estás a favor? – me cuestionó.
¿Por qué Memoria ha insistido tanto en traerme a bailar? Y la pregunta que sigue es: ¿por qué yo he aceptado?
La música aquí dentro es inclasificable. “Horrible” no es una clasificación. Es mi apreciación sobre lo que escucho, a partir de mi gusto. Para clasificarla debería saber cómo la cataloga el mercado, porque decir que se parece a un reggaetón, o a un trap, o a un hip-hop latino, no sería justo para los impulsores de dichos géneros que, por más que no me gusten, como precursores tienen más mérito que esta respiración anhelosa, generalmente ronca o silbante, propia de la agonía y del coma.
Rescato la forma en que está bailando un grupo de jóvenes en la pista. Son unos jóvenes que jamás he visto en cubierta ni en ningún restaurant ni en la fila de ningún desembarque. Me pregunto si será parte de la tripulación, de la que trabaja escondida de la vista de los pasajeros, a quienes se ha solicitado, conociendo su buen aspecto físico, su frescura y flow natural, acudir a la pista de baile de este lugar y hacerse pasar por jóvenes pasajeros que están disfrutando. Debo confesar que, aunque esta obrantina mal rimada y de voces sampleadas que ahora suena a todo volumen por los altoparlantes, no podría animar a ningún adulto de los que aquí nos encontramos; sin embargo, la forma de interactuar entre los jóvenes está motivando a más de un asistente. No que los demás repliquen sus movimientos, pero la curiosidad de sus movimientos ha terminado generando una incipiente oleada hacia la pista.
Los jóvenes bailan como si fueran rocas y masas de agua. Alternativamente. En un momento uno es el agua, como un cubetazo, como un baldazo, que pega contra el otro y se expande. A veces chorreándose por él, otras rebotando en gotas. El que es agua luego es piedra, el que es roca enorme luego es una plancha laja. El que es cubetazo luego es ola, el que es ola luego es onda a un costado del arroyo. Y digo todo en neutro aunque parezca que estoy hablando en masculino, porque son ellos y ellas, que son elles y ellxs, que son rocola, maretazo en pleamar, en crecida, derritiéndose, agitándose, roca con agua, agua con roca, agua con agua, pero nunca roca con roca. Son cuatro o cinco personas, no termino de contarlas. No sé cuántos son hombres ni cuántas son mujeres, ni cómo se auto perciben. Yo sólo los veo entrar y salir de una bahía, hamacar los botes, desenredar las algas, salpicarnos el rostro, y me pregunto hasta qué punto están bailando o tienen una conexión orgánica con la superficie del mar que, desde la quilla, la roda y el codaste, a través de la sala de máquinas, los camarotes, los espacios comunes, las escaleras, del suelo vibrante de esta pista consiguen transmitir el vigor gélido de las profundidades oceánicas, el cual se sobrepone a cualquier cantinela grabada y pedorra que quieran hacernos fumar esta noche. La música que a mí me enferma a ellos ni les importa. Ellos bailan para nosotros al ritmo del mar que no vemos.



