Analyticas del Sur. Revista de psicoanlisis en la crtica cultural

Edición Nº 15 • Diciembre de 2025 •

universales
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El deseo en obras

Juan Pablo Lucchelli

Psiquiatra y psicoanalista. Es miembro de la Ècole de la Cause Freudienne y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, es doctor en psicoanálisis, en psicología y en filosofía, autor de numerosos libros y artículos de referencia. Ha publicado "Sexualités en travaux", con Jean-Claude Milner y Slavoj Zizek, "Introduction à l'objet a de Lacan", "Autisme, quelle place pour la psychanalyse?", "Lacan, de Wallon à Kojève", "La Perversion", "Le transfert, de Freud d Lacan" "Le malentendu des sexes", "Métaphores de l'amour", "Lacan con y sin Lévi-Strauss" (ediciones Grama),"Ce que Lacan doit à Lévi-Strauss" (2022), “Introducción al objeto a de Lacan” (2023) y Anna (Freud)y sus hermanas. El sueño diurno como opio del yo (2025); coautor de un libro de entrevistas con Jean-Claude Milner y Fabian Fajnwaks, "Clartés de tout".

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S/t de la serie Tejer es escuchar.
Dibujo con plumin y tinta china sobre papel. 2025.

Inés Díaz SaubidetIG: @inesdiazsaubidet

 

El concepto de deseo es como mínimo problemático, ya que se supone que el deseo es el deseo de algo, de un objeto, de una persona; algo que podría satisfacer el deseo, del mismo modo que el agua satisface la sed y la comida satisface el hambre. El descubrimiento freudiano, por citar sólo esta fuente, implica que se puede desear la insatisfacción del deseo, salvo que este deseo es desconocido, opaco para quien lo desea. Quien tiene hambre puede comer la nada, la nada como tal, y no comer nada en absoluto hasta morir. Así, se observa la aparición de otra dimensión, la que podemos llamar el goce, hermana del deseo. Podemos desear lo que nos hace daño, lo que nos priva de alimento, y así satisfacemos un goce que desconocemos y un deseo inconsciente.

En el fondo hay una petición de principio que nos lleva a conclusiones falaces, a saber, la que confunde el deseo con la necesidad, ya que la necesidad es vital: comemos para vivir, mientras que el deseo está contaminado por el deseo del otro, de modo que todo deseo humano es, por definición, el deseo del otro (vamos de compras, no sabemos lo que vamos a comprar, además eso no tiene ninguna importancia, de ahí que ir de compras sea una tontería, porque solo compramos lo que está a la venta, etc.). El deseo humanizado es, por definición, un deseo no vital. El deseo es un deseo inútil: ni siquiera se preocupa por sí mismo, solo el deseo del otro es decisivo (recordemos rápidamente el concepto de reificación, tan querido por los marxistas de principios del siglo pasado). De ahí, a la noción marxista de la fetichización de la forma-mercancía solo hay un paso: todo deseo es un deseo mercantil, incluido, y sobre todo, el deseo sexual.

De este modo se desprende una noción, como mínimo, confusa del deseo. Es deseable lo que el otro desea; el deseo es un deseo alienado, de modo que la expresión «yo deseo» sería un oxímoron, salvo si se interpreta a la luz del verso de Rimbaud: «Yo es otro». Esto indica precisamente que el deseo no es autónomo: donde creemos desear, en realidad solo estamos engañando a nuestro propio deseo. Pero esta última idea podría parecer extraña, ya que implica que, en absoluto, existiría un deseo que sería mío, no engañoso, un deseo al que no cedo. Podría ser, sin duda, siempre que supongamos que no sé gran cosa sobre ese deseo y que éste, una vez más, si no es inconsciente, es al menos opaco para el sujeto.

 

Una mujer es cogida

Supongamos que nuestro ejemplar masculino está enamorado de una mujer, atraído por el siguiente fantasma (fantasme), reducida a una sola frase como debe ser: «una mujer es cogida» —precisemos: por otro—. La mujer en cuestión encarna efectivamente ese placer que el hombre neurótico solo puede suponer. Ella encarna a la mujer libre, gozosa; se le escapa como tal porque podría estar con otros hombres (y es precisamente esta posibilidad la que alimenta la fantasía sexual y el deseo de este objeto). Pero surge un problema: el hombre se enamora de ella, a pesar de —o gracias a— que es una mujer menospreciada. Reconocemos el síntoma de los celos, directamente relacionado con la afirmación fantasmática «una mujer es cogida» (como en Freud, el síntoma siempre está relacionado con la fantasía). Al igual que en la fórmula de la fantasía (fantasme) descrita por Freud, «Un niño es pegado[1] » o «Se pega a un niño», también podríamos decir: «se coge a una mujer»; pero esta acción supuesta nunca podría implicar al sujeto mismo: el «se» está ahí para mostrar la multiplicación imaginaria en la que el hombre en cuestión se ve a sí mismo a través de los diferentes rivales (los amantes potenciales de su novia).

A este respecto, vale la pena mencionar a un joven con un fantasma de este tipo: durante el acto sexual, imagina y, casi literalmente, «ve» a su novia acostándose con otros hombres. Dos sesiones después de haber expresado el fantasma en cuestión, fue agredido por un grupo de hombres en la calle, un acto en el que participó activamente, de modo que los hombres con los que se pelea no son otros que los rivales con los que imagina a su novia. ¿Cómo se puede asegurar al neurótico en cuestión de que esta mujer no puede ser otra cosa que su fiel compañera, si por definición ha sido elegida precisamente porque corresponde a la fantasía (fantasme), es decir, la mujer infiel por definición? El joven se cuenta así una historia, una historia en la que él es espectador. Se cuenta una historia que le excita: solo consigue alcanzar el orgasmo imaginando que su novia se acuesta con otros hombres.

La atracción y el vértigo son una misma cosa en este sujeto. Para garantizar la integridad lógica del fantasma, el Otro al que se enfrenta tendrá que respetar el axioma básico «una mujer es cogida», es decir, lo que le atrajo hacia ella: pero si lo acepta, es él quien es traicionado, ya que ella también será la mujer de otros, de rivales. Se siente atraído por el objeto del fantasma, pero, frente a este objeto, él mismo queda excluido: así, el fantasma reserva un lugar de voyeur al neurótico que está sometido a él.

El lugar del sujeto se caracteriza aquí por una captación imaginaria en la que la mujer cogida «se regocija de ser mirada»: ahí es donde el sujeto está implicado. Se vería reducido a voyeur, captado por una mirada que le hace disfrutar (en todos los sentidos de la palabra). Pero cuidado: ¿no se puede decir que, en última instancia, es él mismo quien queda cautivado, fascinado e incluso atrapado por la escena? Porque toda la cuestión en psicoanálisis se reduce, en última instancia, al hecho de que el sujeto no es autónomo, como querría el fantasma que se cuenta a sí mismo. El neurótico prefiere incluso luchar con otros hombres antes de ceder en este punto placentero: ahí es donde retrocede.

 

El deseo a contracorriente

¿Qué nos inspiran estos hechos? En primer lugar, el hecho de que el deseo está alienado a algo que se nos escapa. En segundo lugar, la idea de que, a través de este deseo, el sujeto se encuentra con una dimensión en la que su autonomía se ve comprometida (en el ejemplo citado, nuestro sujeto masculino cree controlar la relación con su novia, pero en realidad todo el asunto se le escapa por completo).

Por último, se puede considerar que, si bien el deseo responde a una especie de guión ya escrito, no deja de intentar satisfacer un goce muy silencioso, menos visible, producto del encuentro contingente con el otro. Un goce opaco, silencioso y sin ley.

 

Notas:

[1] Freud, S., (1919). «Un niño es golpeado» en Neurosis, psicosis, perversión, París, PUF, 2008.

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Analytica del Sur Número 1. Aparición en web: julio 2014.

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