Analyticas del Sur. Revista de psicoanlisis en la crtica cultural

Edición Nº 2 • Diciembre de 2014 •

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Lo ornitorrinco y el sujeto inclasificable

Enrique Acuña

Analista practicante, miembro de la Escuela de la Orientación lacaniana (E.O.L.) y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (A.M.P.), Director de Enseñanzas de PRAGMA –Instituto de Enseñanza e Investigación en Psicoanálisis de La Plata (APLP) y Docente del Instituto Oscar Masotta. Director de la revista gráfica Conceptual –estudios de psicoanálisis y de la revista virtual Analytica del Sur –Psicoanálisis y crítica. Autor del libro Resonancia y Silencio –psicoanálisis y otras poéticas (Edulp, La Plata, 2009). Publicó artículos en revistas especializadas en cultura y psicoanálisis así como en la web: www.aplp.org.ar

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Sergio San Martín
Escultura en metal.
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Lo ornitorrinco, ese inclasificable del reino animal, es una analogía del rompecabezas que el lenguaje como performativo realiza para armar los límites de un objeto indecible. Preferimos usar el artículo neutro “lo”, que va mas allá de los reinos y toca al ser del lenguaje; se sabe la diferencia freudiana entre decir el inconsciente y lo inconsciente: pasar de la descripción de un sistema psíquico (el inconsciente) a lo inconsciente como un potencial que puede realizarse en ciertas condiciones de lenguaje. Por otro lado el sujeto como inclasificable es una variable que designa el impasse de las nominaciones en la clínica analítica, y que Jacques Lacan aborda en su texto “La metáfora del sujeto” con la causalidad significante –la injuria- para acercarse al problema de un real en el lugar de la causa que pone en crisis a las clases.

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El ornitorrinco, es una analogía de lo inclasificable que utiliza Umberto Eco, escritor, crítico, filósofo, que no se refiere explícitamente a la enseñanza de Lacan, pero se siente deudor de Borges con respecto a lo innominado. Dice Eco, “deudor como soy a Borges de tantas ideas en el curso de mi actividad previa era un consuelo que Borges hubiera hablado de todo, salvo del ornitorrinco. Y disfrutaba así, al haberme sustraído a la angustia de la influencia. Stefano Bertesari me señaló que, por lo menos verbalmente, en un diálogo con Domenico Porzio, explicando quizá por qué nunca había ido a Australia, Borges habló del ornitorrinco”. Y cita a Borges: “Además del canguro y el ornitorrinco, que es un animal horrible hecho con pedazos de otros animales, ahora también, está el camello”. Agrega Eco: “Del camello ya me había ocupado al trabajar sobre las clasificaciones aristotélicas. En este libro explico por qué el ornitorrinco no es un ser horrible hecho de otros animales sino prodigioso y providencial para poner a prueba una teoría, cualquiera sea, del conocimiento.”

Uno podría decir que cualquier inclasificable pone a prueba la teoría como corpus de la disciplina con la cual se quiere abordar ese objeto inclasificable. Cuestionaría por ejemplo cierto clasicismo en el psicoanálisis con respecto a los casos basado en los historiales freudianos, etc. Termina diciendo: “A propósito, dado su aparición muy remota en el desarrollo de las especies, insinúo que no está hecho de pedazos de otros animales sino que los demás animales han sido hechos con pedazos de un ornitorrinco”. Se trata entonces en Eco de la dialéctica entre el ascenso al Universal como un Todo y el descenso como retorno de las particularidades.

 

El deseo del bricoleur

El armado estructuralista del que está pendiente Lacan con Lévi-Strauss, en El Pensamiento salvaje es la operación del bricoleur, que arma la clase de los ornitorrincos con elementos similares y distintos de otras clases cuando intenta clasificar. Pero el bricoleur es también un artista, supone que no clasificamos solamente en el sentido de armar una serie de nombres sobre los objetos -el concepto adecuado a la cosa- sino que intentamos una aproximación basada en el deseo del operador: ejemplo es el diagnóstico clínico como un juicio sobre lo singular, implica el gusto de quien clasifica, a diferencia de la clasificación del método cientificista de Lévi-Strauss, que supone una operación de distinguir oposiciones, semejanzas, y relaciones entre los elementos para encontrar su universalidad.

Con respecto a lo que él llama “la ciencia de lo concreto” plantea: “¿Qué implica designar un objeto? Darle a lo real de un objeto un nombre”. Ese real de la ciencia es la materialidad de una realidad sustancial que existe a partir de su clase. Entonces, de nuevo Borges, citado por Michel Foucault donde surge la concepción de los nombres de las cosas y de la clasificación que se dispara como infinita, de los infinitos nombres a las cosas. El problema de la zoología de lo humano, si lo humano es zoológicamente clasificable, o si cada humano, en la medida que habla, se puede clasificar a sí mismo.

De modo que nosotros no clasificamos sino que hacemos un juicio de lo singular -una regla de oro de cada sujeto- que tiene en cuenta hasta dónde llegaron las cosas, en el sentido de los nombres de las cosas, es decidir cuál es el límite de la cadena significante en un análisis. Sabemos que para Lacan es el límite del real freudiano en “Construcciones en el análisis” y “Análisis terminable e interminable”, esa roca de la castración como elemento que no es asimilado por el lenguaje. Es frente a ese abismo que el neurótico debe forzar su impotencia encontrando una posición frente a lo que es lógicamente imposible. Sin embargo Freud pudo delimitar una especie de respuesta del sujeto ante esa roca sin nombre: los afectos de la envidia (procuración fálica) o la angustia de castración. Pero decir afectos y no discursos constata lo limitado de esa contabilidad de los nombres.

Sigue Lévi-Strauss: “En verdad la división conceptual (cuando uno clasifica) varía según cada lengua y, como lo señalo claramente, en el siglo XVIII, el redactor del artículo nombre en la enciclopedia: El uso de términos más o menos abstractos no es la función de capacidades intelectuales sino del interés desigualmente señalado y detallado de cada sociedad particular en el seno de otra sociedad nacional. Es decir cada estrella no es una estrella pura y simplemente. Es la estrella Beta del Capricornio, es la Alpha del Centauro, es la Delta de la Osa Mayor, etc. Entra en un picadero de caballos. Cada caballo tiene su nombre propio: Brillante, Duende, Fogoso, etc.

En la ciencia de lo concreto, estructural, se trata de designar las especies y las variedades a partir de nombres que son conceptos. La designación implica captar una propiedad de lo real que se refiere a la realidad de ese objeto que se designa. En botánica, como en zoología, esos caracteres que se captan de lo real de la especie que se clasifica, es posible utilizar o distinguir las clases según un cierto orden que permite un referente. Por ejemplo, disponer para determinadas especies el referente de una clase, para ese objeto que reina fuera del lenguaje.

Es el totemismo: referirse es apelar a un valor que está más allá de lo que voy a nombrar, pero que está de antes. Entonces la preexistencia del referente, en la zoología o la botánica, es correlativa para Lévi-Strauss a la idea que el referente está en el lenguaje desde antes, construido por la semántica social. En una tribu de pueblos primitivos el tótem es un referente nominativo que permite una significación y una jerarquía a los miembros del grupo. Los hechos se refieren y se interpretan según este operador: los hechos mágicos o inesperados que hay en la tribu son interpretados por el chamán, encargado de construir una ciencia de lo concreto, donde significar es unir el referente -el tótem que está en juego en esa comunidad- con el hecho inclasificable hasta ese momento que ocurrió como un imprevisto. Así del totemismo se pasa al nominalismo.

Cuando habla de las clasificaciones totémicas dice: “Cuando un brujo del este canadiense recoge raíces, hojas o cortezas medicinales no deja de conciliar al alma de la planta depositando al pié una menuda ofrenda de tabaco, pues está convencido de que sin el concurso de ese alma el cuerpo de la planta no tendría por sí solo ninguna eficacia.” Es decir, lo que está en juego es el “deseo del operador” que está dotado de la significación. No tendría ninguna eficacia el nombre si el intérprete no juntara el alma de la planta con el nombre de la planta y la eficacia curativa para el enfermo. De modo que el chamán introduce un deseo mas allá del referente previo (el hecho que la planta ya tenga un nombre antes). El lenguaje empieza a funcionar con un referente nuevo que depende del uso de la planta, el asunto es para qué sirve.

 

Hacer metáfora de la división: la injuria

El problema que va a plantear Lacan en el escrito “La metáfora del sujeto” es el desplazamiento del significante y su imposible reducción a su referente. Hay un resto, que aquí llama “causa” ligada a la función de número cero: un agujero paradójico con función de referencia para la contabilidad de los otros números.

Lacan, en 1961, asiste a la presentación de este libro de Chaim Perelman que se llama Tratado de la argumentación. La nueva retórica (con Lucie Olbrechts-Tyteca) y hace una intervención rescatada por Francois Regnault que corona el final de sus Escritos, como si fuera un agregado. Tengamos en cuenta que están pasando otras cosas en Francia como, por ejemplo, El pensamiento salvaje de Lévi Strauss. De modo que hay una discusión de época acerca de las clasificaciones. El libro de Foucault Las palabras y las cosas es del ´65, más adelante, hay una discusión acerca de las transformaciones de la lingüística de Jackobson, etc. “La metáfora del sujeto”, es “la reescritura, realizada en junio de 1962, de una intervención hecha el 23 de junio de 1961, en respuesta al señor Perelman, quien argumentaba acerca de la idea de racionalidad y de la regla de justicia ante la Sociedad de Filosofía. Da testimonio de una cierta anticipación, a propósito de la metáfora, de lo que formulamos después acerca de una lógica del inconsciente”. Este es un agregado de Jacques-Alain Miller.

Lacan comienza diciendo: “los procedimientos de la argumentación interesan al Sr. Perelman por el desprecio en que los tiene la tradición de la ciencia” (…) “he llegado a desarrollar una teoría de los efectos del significante en que doy con la retórica (…) la metáfora, por ejemplo, acerca de la cual se sabe que articulo en ella una de las dos vertientes fundamentales del juego del inconsciente”

La metáfora no es analogía. Por ello las convenciones semánticas que requieren una clasificación no pueden ser fieles a la metáfora de un sujeto –su significante, heterogéneo no reducible al universal-. En la clasificación se apela al paradigma y a un acuerdo de los que instalan la legitimidad del paradigma. Si decimos este caso es una histeria, hay una convención semántica de acuerdo a la realidad de los juicios sobre ese objeto clasificado. Pero entonces ese paradigma obtenido por convención semántica, sigue la lógica de la argumentación, que depende de la retórica, aquella legitimada en la tradición filosófica de Aristóteles. El sueño de Perelman es también el de la ciencia: que la argumentación legitime una hipótesis. La buena retórica del consenso depende de cómo digo las cosas –la seducción que convence de lo verosímil- y de quién está argumentando y no de quién es el clasificado.

Ahí donde Perelman se preocupa por la argumentación de un paradigma que requiere la convención semántica, Lacan se orienta por las manifestaciones del inconsciente. El caso –lo que cae del paradigma- plantea el problema de la falla de la convención semántica y el síntoma se presenta como una regla particular cuya validez sirve solo para ese sujeto. Se acerca a la lógica de lo contingente y tiene carácter de improviso, surge sin que lo calculemos. De modo que cada análisis es un análisis nuevo y cada caso es único. La trasmisión de la enseñanza de ese caso si requiere una argumentación segunda y el analista mismo es dos: el de su práctica y el de su trasmisión. Para Lacan “las manifestaciones del inconsciente, de las que me ocupo como analista” no responden al curso de razones que tiene una teoría de la argumentación como la que presenta Perelman. Sin embargo, dice Lacan, nos sirve porque las formaciones del inconsciente en tanto efecto del significante -hay una causa y un efecto- siguen una retórica, juego homofónico con “red tórica”, figura topológica de un adentro y un afuera que dibuja algo indecible: el objeto “a”.

Hay tantas retóricas como tipos de síntomas: modos de decir el síntoma. Un obsesivo, dice Freud usa la manera elíptica, una histeria dice fragmentos, etc. Esos modos de decir, el cómo se dicen las cosas es en el caso de las manifestaciones del inconsciente, una guía para ver los efectos del significante, pero hay el objeto indecible que lo causa. El modo de decir las cosas está causado por el significante: “(…) he llegado a desarrollar una teoría de los efectos del significante en que doy con la retórica; lo atestigua el hecho de que mis alumnos, leyendo sus libros, reconocen el brete mismo en que los he metido” al tratar de introducir en el psicoanálisis una teoría del lenguaje: las formas, los tropos de la retórica: metáfora, metonimia.

Esos tropos -metáfora y metonimia- modos retóricos de decir del inconsciente, responden a una lógica que es posible de transmitirse, pero un psicoanalista debería hacer el esfuerzo por contar un caso por las líneas de fuerza de esa retórica, de ese sujeto, de ese caso. Ahí el caso no es un ejemplo para otro caso, no es “imitable” por otro caso.

Lacan no deja de concordar con Perelman con respecto a la metáfora: “La trata al descubrir en ella una operación de cuatro términos y hasta con su justificación por el hecho de separarla decisivamente de la imagen. No creo que tenga por ello fundamento para creer que la ha reducido a la función de la analogía”. En el Tratado de la argumentación Perelman dedica un capítulo especial a la analogía y otro a la metáfora. ¿Cuál es la signatura rerum, cuál es la firma de las cosas, o el nombre que va a pretender ser la firma de las cosas? Según el método. Para Lacan es posible que pueda usarse en el método analítico la analogía, la metáfora, la metonimia, etc.

En el apartado que se llama La metáfora (capítulo 87, pág. 610) Perelman lo explicita: “según la tradición de los maestros de retórica, la metáfora es un tropo, una figura, un acertado cambio de significación de una palabra o de una locución. Incluso sería el tropo por excelencia. Se traslada, por decirlo así, la significación propia de un nombre a otra significación, que sólo le conviene en virtud de una comparación que se encuentra en la mente del operador”.

 

Veamos lo que dice de la analogía. La analogía no es simplemente comparar un elemento con otro sino que es “el uso figurativo eficaz para generar la significación compartida”. Si se trata de ponerse de acuerdo tendríamos que usar ciertas analogías que me permitan entrar en la enseñanza de lo que estoy tratando de contar. Si hay un hablante ser, el ser humano no entra en las taxonomías. El problema es que entre la figuración de la analogía y el cambio de significación que supone la metáfora, habría que aislar el ejemplo y lo que no es ejemplo (para Agamben es exemplum). El ejemplo debe ser ilustrativo, es la argumentación por el ejemplo usada en medicina: “Vean un hígado que provoca algo amarillo en la piel, es una ictericia porque además el laboratorio cuantifica este valor”. Son ejemplos a partir de generar índices y signos repetidos que, si se aíslan y ubican en una serie estadística, pueden darme la misma significación. Ese es el ejemplo. Entonces escribimos ejemplo del lado de la analogía y exemplum del lado de la metáfora.

“La argumentación por el ejemplo implica, puesto que se puede recurrir a ella, cierto desacuerdo respecto a la regla particular que se trata de fundamentar mediante el ejemplo. Pero la argumentación supone siempre un acuerdo previo” (…) “Sobre la posibilidad misma de una generalización a partir de ese caso particular o, al menos, sobre los efectos de la inercia. Por lo tanto, el problema filosófico de la inducción queda fuera de nuestro propósito actual”.

¿Qué introduce en el discurso, el ejemplo? Es un particular se puede generalizar.

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El particular Ǝ (no negativo) por inducción se puede generalizar, se puede hacer universal. Dora puede ser ejemplo de otra histeria, por inducción. Ahora si a la otra histeria la empiezo a hacer hablar… Ya está generalizada Dora con las otras histerias. Pero hago hablar a cada una de ellas y hago una deducción, aunque sea por analogía, el ejemplo se va derritiendo y cae en la metáfora, entonces se puede volver un particular negativo. Es metáfora ahí donde la significación cambia.

 

El exemplum que no se imita

La metáfora es un exemplum en el sentido de Agamben, no imitable. Giorgio Agamben en Signatura Rerum. Sobre el método habla del paradigma, el ejemplo y el exemplum. Este texto de Agamben recorre muchos elementos de la lingüística, de la semiótica y de la filosofía, capta también algo de psicoanálisis, no se refiere a las clasificaciones ni al juicio de lo singular que hay en el psicoanálisis, pero sí pone en juego algo que es muy interesante, que es el exemplum, diferente del ejemplo. No puedo ascender a un universal cuando tengo un exemplum. En toda clase hay algo del orden de “esto que es solamente de este caso; no se puede sancionar en otro”.

Sobre lo inimitable pero en otros términos, las clases paradójicas basadas en “lo irreductiblemente distinto”, se ocupa Jean-Claude Milner, quien aclara en su libro Los nombres indistintos que “la noción de clase paradójica permite reproyectar la determinación lacaniana del tiempo lógico en lenguaje de clase. La clase paradójica es una clase que se construye a partir de lo que cada uno de sus miembros tiene de irreductiblemente distinto. En lo que tiene de real el “género humano” es una clase paradójica; a la inversa construir el género humano en términos de rasgos comunes (sea que se arranque de ellos o que a ellos se llegue) significa fabricar una entidad imaginaria que también es, casualmente, una entidad masiva. He aquí una respuesta sobre lo que es lo universal difícil y sobre el nexo que reúne universal fácil y masividad.”

A diferencia de las clases “inestables” en las que abreva Ian Hacking en su libro sobre las clasificaciones relativistas diferentes a Agamben que comentamos en otra parte (1), aquí en J.-C. Milner no se trata de la construcción por la “interacción” con los nombres del otro social que contempla un efecto bucle –desidentificatorio de la clase- sino de una dificultad propia de lo Universal para absorber un real móvil a costas del tiempo subjetivo.

El Tratado de la argumentación toma otra vía: “En mi argumentación yo puedo usar el ejemplo para elevar un particular a un general”. Si se funciona por el ejemplo se puede llevar al particular por inducción al universal. En el caso de la metáfora, no. En el caso de la metáfora, la metáfora sustituye la significación propia de un nombre a otra significación. Se traslada.

Lacan ataca esto y dice que el problema es que un psicoanálisis demuestra que los términos de una metáfora son heterogéneos, “pasa una línea divisoria y se distingue por ser la del significante al significado”, la barra que hay ahí. “Para precisar una fórmula que he dado en un artículo intitulado La instancia de la letra en el inconsciente, lo escribiré de este modo”:

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Y el plus que da la metáfora, el más de sentido. El fora, la sustitución que hay en la meta, Lacan la había usado previamente en la metáfora paterna, donde la sustitución de los términos, la metáfora que hay entre el Deseo-de-la-madre y el Nombre-del-padre van provocando el deslizamiento de la significación hasta una nueva significación, que es el sujeto como falo. Es decir, como un vacío sobre el que se adviene un decir de otra cosa. La metáfora resiste a la analogía porque tiene, en ese más de sentido, un vacío. ¿Cómo transmitir el vacío?

 

La metáfora se origina en el sujeto hablante a partir de su barra, es decir, de su división. Y que la mayor expresión de la metáfora es, para un sujeto, la injuria. Si la metáfora es la expresión del sujeto dividido, del $ tachado, como ejemplo, “la metáfora radical está dada en el acceso de rabia narrado por Freud del niño, aún inerme en groserías, que fue su Hombre de las Ratas antes de consumarse en neurótico obsesivo, el cual interpela a su padre al ser contrariado por éste: “tu lámpara, tu servilleta, tu plato y… qué más”. En lo cual el padre titubea en autentificar el crimen o el genio”.

El designio previo era “serás un gran hombre o un criminal” y acá dice el padre “titubea” al nombrar, falla en su nombre, pero el sujeto se nombra. Ahí está la respuesta de la metáfora del sujeto a partir de su división: se hace de la barra –la injuria- su metáfora. Esto es lo que es incomprensible en cualquier ciencia. Que la causa de la división de alguien sea, a su vez, su mejor respuesta. O su nombre propio.

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Aislamos tres formas en que “lo ornitorrinco” como inclasificable hace aparecer al sujeto dividido ($):

1- En Lévi-Strauss aparece en el bricoleur que no es al objeto al que designo. No es la histérica ni el obsesivo. Es el deseo del bricoleur: qué uso está dando el chamán a la planta, no solamente la clasificación de la planta. La planta se clasifica según su uso: esto sirve para curar la fiebre. El deseo del bricoleur es el que está operando, a la manera de la pureza del deseo del operador en la magia y la figura del alquimista.

2- En Agamben el exemplum, lo que es inimitable de la singularidad, lo contrario del “ejemplo” de Perelman. Lo que hace que un caso sea, absolutamente único.

3- En Lacan la función de la injuria como lugar del número cero: el “titubeo” del padre del Hombre de las Ratas, funciona causando un vacio (real) que hace agujero, más que el buen decir (simbólico) del padre. Ahí está la división (cero), que permite se cuente como sujeto. Es el titubeo del padre que no designa ni el criminal, ni el gran hombre. En esa división, en la injuria, aparece la causa de la metáfora del $. Porque uno podría pensar en el Lacan estructuralista, la metáfora ¿qué te daría?: el buen sentido, el buen significado del sujeto, como falo; sin embargo aquí se trata de otra causa.

 

Pero también hablar de la metáfora es interesante porque el ornitorrinco es un nombre también, es una metáfora del sujeto. Pero puede servir decir “este es el límite de la cadena significante de ese caso”. Ahí donde el deseo del bricoleur ha llevado las cosas al exemplun no imitable, tocar la causa de una injuria con su causalidad significante. El resultado no es el objeto que el bricoleur armó como ornitorrinco sino la parte del ornitorrinco que puede elevarse como un nuevo paradigma. Soledad del “ese” único caso que correspondería a tal clase pero se encuentra al final con esa causa real que es el sujeto del inconsciente como inclasificable.-

 

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Desgrabación: Verónica Ortiz.

Texto establecido y corregido por Enrique Acuña.

(*) Intervención del autor en la Jornada de apertura del Instituto PRAGMA -clínica y crítica-: Lo ornitorrinco como un exemplum. La Plata; abril 2014.

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Notas:

(1) Ver “La construcción entre lo universal y lo particular” en: http://www.aplp.org.ar/index.php/e-textos-10/323-la-construccion-entre-lo-universal-y-lo-particular

Bibliografía:

• Eco, Umberto: Kant y el ornitorrinco, Ed. Lumen, Barcelona 1997.

• Lèvi-Strauss, Claude: El pensamiento salvaje, Ed. FCE, México, 1998

• Lacan, Jacques: “La metáfora del sujeto” en: Escritos 2, Ed.Siglo XXI

• Milner, Jean-Claude: Claridad de todo- De Lacan a Marx, de Aristóteles a Mao, Ed Manantial, 2012

• Perelman, Chaim y Lucie Olbrechts-Tyteca: Tratado de la argumentación –La nueva retórica, Ed. Gredos, Madrid, 1989.

• Agamben, Giorgio: Signatura Rerum. Sobre el método, Ed. Adriana Hidalgo, Bs.As., 2008

• Miller,Jacques-Alain: Los inclasificables de la clínica analítica, Ed Paidos, Bs.As. 1999.

• Hacking, Ian: ¿La construcción social de qué?, Ed Paidós. Barcelona, 2001.

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