Analyticas del Sur. Revista de psicoanlisis en la crtica cultural

Edición Nº 2 • Diciembre de 2014 •

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La biografía cuestionada

En el marco de la XIX Jornada Anual de la Asociación de Psicoanálisis de La Plata titulada “B(y)ografías –desierto real y sed de sentido”-, llevada a cabo el viernes 6 de diciembre del año 2013 en la Biblioteca Central de la Provincia, tuvo lugar como cierre una mesa final bajo la propuesta de “La biografía cuestionada”, en la cual participaron Guillermo Ranea, María Laura Fernández Berro, Enrique Acuña y quien escribe este comentario en la coordinación.

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A continuación presentamos la intervención de Guillermo Ranea, filósofo y amigo de la casa desde hace ya varios años, quien centró su intervención en la biografía de los científicos, de la cual aclaró existen dos tipos bien definidos: las académicas, que tienen como finalidad escalar posiciones en la carrera universitaria y donde la “vida” de quien se retrata es reemplazada por notas a pie de página que sirven para avalar el archivo; y las no académicas, que son las más escasas y que toman como modelo las biografías de los escritores. Apoyado en la preferencia por este último tipo, Ranea se preguntaba: “¿Es posible conocer todos los detalles de la vida de alguien? ¿Este es el objetivo de una biografía?”. Así mismo sostuvo que resulta imposible en la historia de la ciencia separar la obra de la vida de un autor. Se trata por cierto de una relación compleja, que tiene muchos matices. Existen autores que descreen de la biografía (tal es el caso de Paul Valery con su célebre frase “el autor no es el hombre”) y otros que pretenden explicar una obra por el análisis psicoanalítico de la neurosis de un autor (tal es el caso del polémico libro del profesor Frank Manuel, A portrait of Isaac Newton, de 1968).

Sin embargo, es posible verificar que muchas veces las biografías más prestigiosas son las que mejor responden a los intereses de una época, recortando la figura del autor que conviene a sus contemporáneos. Hoy se sabe que Isaac Newton no fue solo el científico consagrado con la ley de la gravedad sino un investigador obsesionado por las interpretaciones bíblicas y por los alcances de la Alquimia. Otro caso es el de Denis Papin, físico e inventor francés contemporáneo a Newton, de quien Ranea se encuentra escribiendo una biografía para una editorial francesa, donde su interés hace pie justamente en “el lado oscuro” del autor, en sus fracasos de vida, más allá del éxito de su invento (la olla a presión) o la persecución religiosa por su condición de protestante.

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Fátima Alemán
Guillermo Ranea

Doctor en Filosofía (Universidad Nacional de La Plata), Profesor Full-time del Departamento de Historia de la Universidad Torcuato Di Tella (Buenos Aires). Becario de la Alexander von Humboldt-Stiftung (Bonn, Bad Godesberg, Alemania) (1985); John Simon Guggenheim Foundation Fellowship Award (Nueva York, EEUU, 1991); The British Academy Professorship Award (Londres, Reino Unido, 2003). Programa de investigación en curso: La recepción de Galileo Galilei en G. W. Leibniz, en particular en mecánica y tecnología.

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Sergio San Martín
Escultura en metal.
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El campo de estudio al que he dedicado mis mejores años, la historia de la ciencia y de la técnica, no parece a primera vista muy propicio para hablar con provecho y entusiasmo sobre la biografía y el psicoanálisis. Su proverbial desabrimiento y falta de amenidad no son los únicos motivos de esta advertencia preliminar. Las más influyentes concepciones acerca de la historia y de la filosofía de la ciencia de los últimos ochenta años, aunque enfrentadas en muchos aspectos, coinciden en rechazar a lo “meramente personal” como irrelevante para comprender a la ciencia (1). Sin embargo, la biografía de científicos es un género muy difundido entre los historiadores de la ciencia, género que incluso le gana en ventas a cualquier otro tipo de publicaciones en forma de libro. ¿Qué atrae de ellas a los lectores y a los autores? Una respuesta tentativa debería comenzar distinguiendo entre dos tipos diferentes de biografías de científicos, a saber, las escritas para especialistas y las escritas para lectores en general.

El primer tipo incluye la obra de quienes se sitúan exclusivamente dentro de los límites del trabajo académico, es decir, profesores universitarios, o, como se los llama ahora, “investigadores”. Los profesores suelen escribir biografías de científicos con el propósito de conseguir mejores posiciones académicas, es decir, más estables y mejor pagadas. Estas biografías escritas por académicos suelen contener datos increíblemente profusos fruto de intensas y prolongadas investigaciones. Abundan en notas al pie de página que equilibran como en una balanza la extensión del texto principal. Sus precios son habitualmente altos, solo accesibles a bibliotecas dotadas con un alto presupuesto. El objetivo es que las lean los colegas profesores en otras universidades, lo que ciertamente hacen pero con espíritu crítico hacia formalidades, como por ejemplo la actualidad de la bibliografía y la precisión de las citas. Son relatos en los que la vida del científico suele estar reducida al mínimo, o lisa y llanamente está ausente.

El otro tipo de biografías científicas, menos habituales y poco promocionadas en ámbitos académicos, toman sus modelos de las biografías de artistas o escritores. Se trata de biografías mucho más vívidas y atractivas para quienes se interesan más por la vida de los científicos que por la ciencia misma. Es interesante saber que Charles Darwin es quien acumula el mayor número de biografías de este tipo (algo más de ciento ochenta). Ellas han encontrado sus lectores entre quienes consideran de importancia secundaria la cita erudita de fuentes, propia de la llamada “industria internacional académica” (2), y prefieren conocer la experiencia vital de quienes se dedicaron a la ciencia.

Los profesores que quieren mejorar su posición laboral y su reconocimiento profesional han comenzado a dudar de las ventajas de emprender la redacción de una vida como la de Charles Darwin. Desde hace varios años hay un sitio en internet en el que se pueden encontrar ediciones de sus obras y sus traducciones, así como digitalizaciones de sus manuscritos y transcripciones de todas sus cartas (3). El estudio de todos esos documentos es abrumador, pero a la vez inútil desde el punto de vista de quien quiera escribir una biografía académica de Darwin. La erudición en notas al pie ha perdido el valor que se le atribuía, hasta el extremo de haberse transformado en superflua. En efecto, cualquiera con tiempo y paciencia suficientes puede conocer multitud de datos referidos a Charles Darwin que antes de la aparición de Internet sólo eran accesibles a quienes tenían la fortuna de leerlos directamente en archivos y bibliotecas especializadas. La erudición se vuelve así pedantería superflua, una tarea que cualquier usuario de la red podría realizar si lo quisiese. Cabe preguntarse entonces si es necesario conocer todos esos detalles para escribir la vida de un científico. Todo sugiere que no. La tarea de investigación se equilibra a partir de este cambio tecnológico en favor de la interpretación y de la trasformación de la letra de los documentos en un relato vívido. El segundo tipo de biografías recibe así un impulso imprevisto. Sin embargo en reductos universitarios recalcitrantes los profesores aún creen que la tarea seria consiste en escribir para otros profesores piezas de pesada erudición.

Yo nunca escribí una biografía, aunque hace veinte años estoy redactando una. En verdad, la biografía no existe como “trabajo en elaboración”. Como la vida de la persona sobre la que trata, la biografía adquiere entidad sólo cuando ha llegado a su fin, cuando su autor (o sus editores) la consideran terminada. Es el mito de la “biografía oficial” o de la “biografía definitiva” mezclado con la visión filosófica de la existencia que, al acabarse, se vuelve esencia. Las biografías de científicos comparten con sus pares del género el requerir mucho tiempo para su redacción. No se trata de la pereza de los autores, sino de la naturaleza peculiar de la relación que el biógrafo entabla con el personaje de su biografía. Sin duda en toda biografía el escritor desarrolla una cambiante y compleja conexión con su tema. En efecto, a poco que reflexionemos acerca de por qué nos hemos embarcado en la redacción de una biografía, descubriremos que hemos entrado en una relación con nuestro personaje que hace que sea difícil demarcar el límite entre lo que a uno le interesa de él o ella y lo que le interesaría saber de uno mismo.

Muchos son los ejemplos que se podrían mencionar. El caso de las ambiguas y contradictorias reacciones de Robert C. Tucker a medida que avanzaba en su biografía de Josef Stalin es ampliamente revelador (4). En el caso de la biografía de científicos, esa relación es más tortuosa y oculta aún, en particular si el autor de la biografía carece de vínculos directos con el mundo de la ciencia. ¿Por qué motivo un historiador o un filósofo elegiría a una mujer o a un hombre de ciencia como tema de una biografía? ¿Espera darse a sí mismo o a sus lectores alguna lección moral o humana al escribir una biografía de quien ha dedicado sus mejores energías a la ciencia? ¿Es posible que los científicos o inventores puedan interesar como casos de vidas humanas en nuestros días como lo hacían, por ejemplo, en la segunda mitad del siglo XIX, cuando era posible llenar un teatro en París con una dramatización de la vida de Denis Papin o de Johannes Gutenberg? Es muy probable que la respuesta mayoritaria sea rotundamente negativa.

No menos inquietante es la peculiar relación que se da entre el contenido de las investigaciones científicas y los episodios de la vida de un científico, incluyendo sus circunstancias políticas, étnicas y afectivas. Son elementos heterogéneos que se pueden mezclar pero no combinar para que de ellos resulte la vida de un científico. En este punto la biografía toma su tono de las autobiografías. El caso de Albert Einstein es proverbial. En su relato sobre su vida, la persona es eludida y elidida apenas aparece el tema de su disertación doctoral, sus publicaciones sobre relatividad o sobre el efecto fotoeléctrico. A este híbrido le corresponde la “biografía científica” o “biografía intelectual” de Einstein. Otro caso relevante es una biografía del físico irlandés William Thompson (Lord Kelvin, 1824-1907), de ochocientas páginas de extensión, de las cuales seiscientas están dedicadas a sus ideas científicas y técnicas. Unas ciento sesenta de las doscientas restantes tratan de la vida de Lord Kelvin fuera de la ciencia. Su matrimonio, por ejemplo, a pesar de la profunda crisis emocional que le acarreó, queda despachado en sólo una página (5).

Se trata sin duda de casos extremos, pero no menos representativos por ello de un género que refleja lo que para algunos es sólo un cliché sin fundamento real, es decir, que el científico suele parasitar y engullirse a la persona. ¿Es ésta una buena respuesta a la pregunta por qué se tiende a creer que la vida del científico está separada de su obra? ¿Es así en la vida real o es un problema que surge únicamente por la incapacidad de los biógrafos para conectar la vida y el pensamiento de quienes los han vivido como una indisoluble unidad? ¿Es posible entender la tela sin la araña o a ésta sin aquélla? En la Inglaterra del siglo diecinueve se inició un género muy peculiar de biografías, las llamadas “vida y obra”. No debemos engañarnos por la conjunción. Si bien es extraño suponer que se trata de dos realidades independientes entre sí, el intento de conectar “vida” con “obra” es tanto o más descorazonador que tratarlas por separado. ¿Es o no decisivo que una biografía de un científico abunde en detalles de su vida privada? Después de todo, ¿qué es lo que se quiere saber sobre él o ella? ¿Cómo llegó a sus resultados científicos o cómo fue, por ejemplo, su vida sexual? La respuesta espontánea es elegir entre una de esas dos opciones: o la vida o la obra, pero no ambas. Sin embargo, ¿no es acaso la obra parte de la vida, como también lo son la época y muchos otros detalles que debieran aparecer en su biografía? Separarlas es sin duda una torpeza, pero hay que reconocer que cuando se las quiere relacionar, aparecen dificultades en apariencia insalvables.

Paul Valéry escribió en 1894 un valioso texto acerca de su experiencia de escribir sobre Leonardo da Vinci, en el que hace una crítica lapidaria al género biográfico. Valéry se pregunta ¿cómo es posible que no se pueda entender la obra de un artista aunque se conozcan todos los detalles de su vida? Si es así, ¿qué valor puede tener pues una biografía de un escritor o de un inventor? “Je savais que ces oeuvres (se refiere a las biografías) sont toujours des falsifications, des arrangements, l’auteur n’étant heureusement jamais l’homme” (“Sabía que esas obras son siempre falsificaciones, arreglos, no siendo el autor nunca, felizmente, el hombre”). El autor no es el hombre. Es un texto formidable para plantear el problema central de la biografía de escritores y de científicos. No llegaremos nunca a entender la obra a partir de la biografía de su autor: “Toute la critique est dominée par ce príncipe suranné: l’homme est la cause de l’oeuvre, – comme le criminel aux yieux de la loi est cause du crime. Ils en sont bien plutôt l’effet!” (“toda la crítica está dominada por este principio obsoleto: el hombre es la causa de la obra, -como el criminal a los ojos de la ley es la causa del crimen-. ¡Ellos son en realidad el efecto!”). Juntemos todos los datos de la vida de Racine, y no podremos llegar a conocer el arte con el que escribía sus poemas (6).

¿Debemos pues bajar los brazos y aceptar que la biografía de un científico no es la de su vida fuera de los hallazgos, equivocados o no, de sus investigaciones, y que, por lo tanto, está condenada a ser una biografía de eruditos para eruditos? ¿Debemos aceptar pues la suposición de positivistas y cientificistas acerca de la ciencia como una actividad por encima y separada de todo lo humano? Una biografía de Isaac Newton puede darnos una pista para salir del laberinto que nosotros mismos hemos construido con el fin de quedar atrapados en nuestras ilusiones de pura objetividad y rigor científicos. Se trata de A Portrait of Isaac Newton (Un retrato de Isaac Newton), del historiador norteamericano Frank E. Manuel, publicado en 1968. El libro está dedicado a “Newton, el ser humano, su persona, su visión del mundo, su estilo de vida”. Manuel no pretende desentrañar el secreto del genio de Newton o el de su extraordinaria energía creativa, pero coloca su biografía en el contexto de los trabajos de S. Freud sobre sujetos excepcionales como Leonardo y Dostoievski: “la existencia de un inconsciente con un lenguaje simbólico diferente del de la vida cotidiana consciente es una suposición fundamental de este estudio” (7).

El núcleo del libro de Frank Manuel es el análisis psicoanalítico de la vida de Newton a partir de lo que Manuel llama “el sentido de despojo” que le habrían provocado la prematura muerte de su padre y el consecuente nuevo matrimonio de su madre. La biografía se apoya en el estudio de gran parte de los manuscritos de Newton que comenzaron a salir a la luz en el siglo XX, en particular la colección Portsmouth, subastada en Londres por Sotheby’s en 1936. En estos manuscritos se descubre un Newton diferente del que aparece en biografías del siglo XIX y comienzos del XX. Se trata de un Newton distinto también del que conocieron sus contemporáneos, tal vez incluso del que él mismo creía conocer. En el retrato que hace Manuel de Newton, el físico y el matemático conviven con el estudioso de las profecías bíblicas, de las cronologías históricas, de la Patrística cristiana, de la alquimia.

La vida de Newton ha cambiado a partir del libro de Frank Manuel. El olvido, no la muerte, sella el punto final de nuestras vidas y de nuestras biografías. La existencia no antecede a la esencia en los seres humanos ni en sus biografías. La existencia se antecede a sí misma en ambos casos. Si Jorge L. Borges hubiera escrito una biografía, tal vez habría encontrado insatisfactorias las líneas de su Poema Conjetural en las que Francisco Narciso Laprida señala el punto de inflexión entre el final de sus deseos y proyectos (“Yo que anhelé ser otro”) y el comienzo de su estática esencia (“Al fin he descubierto / la recóndita clave de mis años […] El círculo se va a cerrar”) (8) en el momento de su asesinato. No hay clave para los años de nadie, menos aún para su biografía: un papel escrito o una acción que permanecieron ocultos pueden transformarla radicalmente. La biografía es boceto, bosquejo, proyecto como la vida que describe.

Pero, ¿cómo puede el libro de Frank Manuel ayudarnos a comprender la radical indeterminación de una biografía? El autor no intenta explicar ni discutir la carrera científica de Newton. Su objetivo es analizar su personalidad a partir del momento en que su madre vuelve a casarse y delinear consecuentemente un retrato (por lo demás, muy vívido) de la vida de Newton. Sin embargo, Manuel interpreta el annus mirabilis de Newton, 1665, pletórico de invenciones científicas, como resultado del regreso de Newton a la casa solariega en Woolsthorpe donde vivía su madre, debido a la plaga en Cambridge que obligó al cierre de la universidad. Manuel sostiene que la cercanía de su madre le dio a Newton el estímulo psíquico para los grandes descubrimientos de ese año, la gravitación, el cálculo de fluxiones, la óptica. La atracción gravitatoria resultaría de la atracción hacia su madre, la óptica llenaría su deseo de contemplar de manera constante a su madre. Cuando Newton recordaba ese año en su vejez, asociaba su descubrimiento de la atracción gravitatoria a distancia con el episodio de una manzana que cae en un jardín. La alusión bíblica con el Jardín del Edén y el pecado original, aunque parezca forzada, era habitual en la época, como podemos verlo también en René Descartes una generación antes y en otro contexto religioso.

No me siento capaz de evaluar la validez del intento de Frank Manuel de conectar con esa perspectiva la vida de Newton con su obra. Con toda seguridad, los datos de los que parte bien podrían merecer una interpretación diferente o incluso contraria a la ofrecida en el libro. Richard S. Westfall, en su no menos influyente y admirable biografía de Isaac Newton, ha señalado aspectos débiles del análisis de Manuel. En particular, el cuaderno en el que Newton asentó su experiencia en Woolsthorpe durante la peste de 1665 está lejos de justificar la interpretación de Manuel de que la cercanía de su madre le habría provisto a Newton con una energía creadora inagotable. Por el contrario, ella habría sido para Newton una pesadilla (9). La aparente contradicción entre ambas versiones sobre el año 1665 de Newton no debe desalentarnos; ya sea como felicidad o como pesadilla, Manuel y Westfall nos alientan, cada uno a su manera, para que conectemos la obra científica de Newton con el fondo más íntimo de su persona. Pero debemos ser precavidos al respecto. Joseph Litchtenberg, miembro del Washington Psychoanalytic Institute (EEUU) y director en jefe de Psychoanalitic Inquiry, afirma que si bien la biografía se puede beneficiar mucho con la contribución del psicoanálisis, no podrá nunca converger con él en los mismos resultados. Mientras que los biógrafos crean sus obras a partir de una unidad de conocimiento que comparten con los lectores, “el psicoanalista no es fundamentalmente alguien que conoce sino alguien que pregunta” (10). Lo que para el biógrafo es conocimiento, para el analista es un interrogante; sin psicoanálisis, la biografía es insuficiente, pero sólo con psicoanálisis deja de ser biografía. Salvo que entendamos a ésta como proceso permanente de redacción, de indagación. Pero para ello deberíamos primero considerar a nuestras vidas como procesos nunca terminados a pesar del drástico momento de la muerte.

¿Por qué entonces nos ponemos a escribir una biografía, si sabemos que nunca estará acabada y que, si la consideramos terminada, ya no es biografía? Tal vez porque queremos saber más de nosotros mismos, o afianzar y justificar lo que consideramos muy propio de nosotros mismos. Comenté al comienzo que hace mucho tiempo que escribo una biografía. Se trata de la vida de Denis Papin, quien nació en Blois en 1647, pero de quien se ignora dónde y cuándo murió. Las biografías que se escribieron de Denis Papin en el siglo XIX y comienzos del XX hacen de él el caso típico de quien fracasa por persecuciones religiosas. En efecto, su condición de hugonote le habría obligado a abandonar Francia una década antes de la revocación del Edicto de Nantes en 1685, para nunca regresar. Sin embargo, no hay ninguna prueba de que Papin hubiera explicado su condición itinerante y su sensación de fracaso como resultado de la persecución religiosa. Papin explica los innumerables problemas que enfrenta en todos los sitios donde se asienta de otra manera: la maldad humana, la envidia, el desprecio de la invención técnica por parte de los príncipes y los gremios son para él los responsables de su sensación de fracaso y persecución. Los biógrafos ni siquiera le creen a la propia persona que vivió la vida, y en base a leyes de las estructuras sociales y políticas le dicen a través del tiempo a Papin que no ha conocido su propia vida, y le obsequian una, a medida de la talla del biógrafo. Pero Papin ya no puede defenderse. Su vida ha sido plegada de una manera que él no hubiera reconocido. Biografía y psicoanálisis podrían entablar en este punto una nueva relación, pero sólo si se logra acostar en un diván a quienes han decidido escribir una biografía.

 

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Transcripción realizada por Sebastián Ferrante, y revisada por el autor.

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Notas:

(1) – Michael Shortland: Richard Yeo, “Introduction” en: Telling lives in science. Essays on scientific biography. Edited by M. Shortland & Richard Yeo. Cambridge: Cambridge University Press, 1996, pp. 1-44.

(2) – Frank Manuel, A: Portrait of Isaac Newton, New York: Da Capo Press, 1990 (1968), p. 8.

(3) – http://darwin-online.org.uk/

(4) – Robert C. Tucker: “Stalin Biographer’s Memoir” en: Introspection in Biography. The Biographer’s Quest for Self-Awareness. S. H. Baron, C. Pletsch (eds.), Hillsdale (EEUU): The Analytic Press, 1985, pp. 249-271.

(5) – Crosbie Smith; Norton Wise, Energy and Empire: A Biographical Study of Lord Kelvin. Cambridge: Cambridge University Press, 1989.

(6) – Paul Valéry: “Introduction à la méthode de Léonard de Vinci (1894)” en: Oeuvres, I. Paris, Gallimard, 1957, pp. 1230-1231.

(7) – Frank E. Manuel: óp.cit, p. 9.

(8) – Jorge Luis Borges: “Poema conjetural” (1943), en El otro, el mismo (1964). En: Obra poética. Buenos Aires: Emecé, 1989, p. 186-187.

(9) – Richard S. Westfall: Never at Rest. A Biography of Isaac Newton. Cambridge: Cambridge University Press, 1980, pp. 53; 60-61; 64, entre otras.

(10) – Joseph D. Lichtenberg: “Psychoanalysis and Biography” en: Introspection in Biography. The Biographer’s Quest for Self-Awareness. S. H. Baron, C. Pletsch (eds.), Hillsdale (EEUU): The Analytic Press, 1985, p. 62.

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Analytica del Sur Número 1. Aparición en web: julio 2014.

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