Analyticas del Sur. Revista de psicoanlisis en la crtica cultural

Edición Nº 2 • Diciembre de 2014 •

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Hans y el niño embarazado

“No hay nada de abusivo entonces en decir que es precisamente
en el momento donde Hans está expuesto a alguna cosa que
no tiene en sí misma un porqué -porque más allá del punto donde las reglas
del juego son respetadas, no hay más que confusión, falta en ser, falta de por qué-
que haga cualquier suerte de enganche un por qué que no responde a nada,
por alguna cosa que es justamente esa (x) pura y simple que es el caballo.” (1)
Juan Pablo Lucchelli

Psicoanalista. Miembro de la Ecole de la Cause Freudienne (Paris). Corresponsal de Conceptual- estudios de psicoanálisis- en París

Sergio San Martín
Escultura en metal.
www.sanmartinesculturas.com.ar

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El pequeño Hans y Claude Lévi-Strauss

En su seminario sobre La relación de objeto (1956/1957), Lacan estudia de manera minuciosa el caso del pequeño Hans, a saber, un caso de fobia. Este estudio es elaborado particularmente alrededor de la lectura del caso clínico de Freud, pero me parece claro que Lacan se aproxima al texto freudiano muñido de los anteojos de Lévi-Strauss. Esto es evidente, ante todo porque Lacan lo explicita, -las referencias a Lévi-Strauss abundan a lo largo de todo el seminario-, pero se vuelven más evidentes cuando nos tomamos el cuidado de leer a contraluz el seminario de Lacan con los diferentes conceptos del etnólogo que han contado para él.

La lectura lacaniana de la presentación de la fobia del pequeño Hans es, a mi punto de vista, un compuesto de cuatro nociones que emanan de los textos y de los intercambios que Lacan ha tenido con Lévi-Strauss:

1) Ante todo, el contenido de una Conferencia del 26 de mayo de 1956 pronunciada por Lévi-Strauss, en la que Lacan se encontraba presente: por una parte, el caso del pequeño Hans es reconstruido de la misma manera que el mito del “niño embarazado”, presentado en la conferencia por el etnólogo. Y por otra parte, encontramos el concepto de “permutación” adelantado por Lévi-Strauss ese mismo día, que servirá a Lacan para construir los cambios subjetivos del pequeño niño pero, más ampliamente, para establecer el concepto de ideal del yo, ausente en su obra hasta esa fecha.

2) “La fórmula canónica del mito” de Lévi-Strauss, evocada por Lacan mismo en su seminario de La relación de objeto: Lacan escribe unas fórmulas, relativamente complejas, con “atipías” hacia el final de cada fórmula, lo que no puede más que evocarnos la “atipía” final de la fórmula que Lévi-Strauss utiliza en su análisis de los mitos.

3) Agreguemos a estos dos puntos el concepto de “maná” en la versión de Lévi-Strauss, quien trata de responder a la cuestión: ¿por qué el niño presenta una fobia antes que un complejo de Edipo “clásico”?

4) Para terminar, el análisis levistraussiano del don, que da la base al concepto lacaniano del falo, es decir que la teoría del falo no solo no tiene nada que ver con el “pene”, sino que puede formularse la equivalencia siguiente: el don es a Lévi-Strauss lo que el falo es a Lacan.

Me concentraré en este texto sobre el primer punto evocado, y demostraré que la lectura de Lacan del caso del pequeño Hans no es otra cosa que la aplicación a la letra de un mito analizado por Lévi-Strauss.

La de ahora en más, famosa conferencia del 26 de mayo de 1956

El 26 de mayo de 1956, Lévi-Strauss pronuncia en la Sociedad Francesa de Filosofía una conferencia teniendo por título “Sobre las relaciones entre la mitología y el ritual”. Lacan ha ido a escucharla. La totalidad de la Conferencia ha sido transcripta y publicada en el Boletín de la Sociedad Francesa de Filosofía (2). El autor parte de la siguiente idea: se considera frecuentemente que el rito no es otra cosa que la aplicación del mito, o que el rito es a la acción -acto-, lo que el mito es a la idea. Sin embargo, Lévi-Strauss se interesa en los casos donde entre mito y rito se establece una suerte de analogía contradictoria: uno tratando, o al menos “aparentando tratar de negar, de desmentir, de velar, de disimular, lo que el otro parece afirmar”. Así es que mantienen entre los dos una relación “dialéctica” -la palabra es empleada por el etnólogo-.

Lévi-Strauss estudia en particular un mito presente en los indios Paunis de Estados Unidos, un mito que él denomina “El niño embarazado” del cual la historia relatada se corresponde con el tema de “convertirse en Chaman” y de la iniciación que esa “conversión” supone. He aquí la historia que citamos tal como Lévi-Strauss la describe, abreviando por momentos el relato:

se nos habla de un pueblo donde nace un niño varón. Muy temprano en su niñez descubre que posee los dones de la curación. El niño ha hecho la experiencia por azar. Nadie le ha enseñado. No conoce la fórmula. Ese poder le pertenece de manera innata (…) En otro pueblo vive un brujo de avanzada edad, sólidamente establecido y gozando de una reputación oficial. Oye hablar de ese caso milagroso y concibe cierta envidia. Acompañado por su mujer (…) visita al niño, le lleva regalos y le explica que desearía intercambiar con él algunos secretos. Durante muchos días y muchas noches ininterrumpidas, le cuenta al niño cómo ha adquirido su poder (…). El viejo brujo se impacienta y dice: “Te he contado todo. Comienza a ser tiempo que de tu lado, me enseñes de donde aprendiste tus poderes” (…). Y el niño responde: “no sé nada. No sé porque soy un brujo capaz de curar”. El anciano, incrédulo, forja mucha amargura de ese aparente rechazo y hechiza al niño ofreciéndole una pipa rellena de hierbas mágicas: el niño percibe con dolor que su vientre se agranda: ¡está embarazado!

Sumido en la desesperación por una condición tan humillante, decide abandonar a los suyos, partir a la aventura y dejarse devorar por los animales salvajes. Llega a una región peligrosa. Las advertencias están por todas partes: “No entre, no avance: arriesgas tu vida”. Él responde “Me da igual”. Y se topa con miles de animales sobrenaturales que, para los indios Paunis, son los dueños de los poderes sobrenaturales. Los animales tienen piedad ante su monstruoso estado y deciden curarlo. Ciertos roedores extraen los huesos del feto y los devoran. Los osos se encargan de practicarle una cesárea (…). El niño está desembarazado y curado. Además los animales le enseñan sus poderes sobrenaturales gracias a los cuales vuelve a su pueblo y mata al viejo brujo. (3)

Inmediatamente terminado el relato, Lévi-Strauss indica que es evidente que éste está construido alrededor de una larga serie de oposiciones: chaman iniciado / chaman no iniciado; poder adquirido / poder innato; el niño / el anciano; confusión de sexos / diferenciación de sexos. Pero independientemente de esas oposiciones, no debemos perder de vista que el mito transita alrededor del tema de la iniciación al chamanismo y que implica necesariamente algo imposible, a saber, que se puede tener poderes de manera innata, sin haber sido iniciado a esos poderes: es la razón por la que el niño declara que ha conocido sus poderes “por azar” -es decir, sin nada premeditado- y que “nadie le ha enseñado nada”. Dicho de otra manera, no hay transmisión de saber de padres a hijos o de maestros a discípulos. Más aún: el mito cuenta una historia imposible y paradojal porque es el niño quien inicia al anciano y no a la inversa. La prueba de esa inversión es que el viejo brujo trata de embaucar al niño prodigio con subterfugios, “el viejo brujo invoca constantemente como argumento, que él no tiene a nadie a quien transmitirle sus poderes y que querría confiárselos al niño” (4), excusa que no hace más que describir la situación normal de la iniciación: es el anciano quien inicia y el niño el que es iniciado.

Lévi-Strauss explica que tenemos en este mito tres términos: hombre, mujer y niño, de los cuales hay dos bien diferenciados y un tercero (el niño) indiferenciado (primero es un niño, luego una mujer ya que queda embarazado; primero iniciado porque tiene los poderes chamánicos, luego cayendo en la trampa que le tiende el viejo brujo y habiendo así perdido el poder, reducido al estatuto de no-iniciado -el niño es el elemento inestable del mito-). Según el autor, tenemos también cuatro “funciones” esenciales: mayor/menor; hombre/mujer. Pero más importante todavía -lo que no pasa desapercibido para Lacan- es que el análisis de este mito nos mostrará la existencia de una serie de inversiones y permutaciones, a saber, los intercambios de lugar de cada término implicado que finalizan en una solución de la paradoja existente en el comienzo de la historia: sin esas inversiones y permutaciones, la historia sería sin salida y sin sentido. Detengámonos sobre la influencia decisiva que ella tiene sobre el análisis lacaniano del pequeño Hans, análisis presentado en su seminario solamente algunos meses después de la conferencia de Lévi-Strauss.

El Pequeño Hans y el mito del niño embarazado

No podemos avanzar sobre nuestro texto sin evocar a grandes líneas la lectura lacaniana del caso del pequeño Hans. Si nos contentamos con el punto de vista de Freud (5), la fobia del pequeño Hans es producida por un conflicto edípico, es decir, las ganas del niño de estar con su madre y el proceso de rivalidad (algunas veces de amistad) que presenta en relación al padre a medida que el caso evoluciona. Existe para Freud una relación entre el síntoma de la fobia y el Edipo tal como él lo concibe. Agreguemos también la importancia de la vivencia subjetiva de la castración que es inherente al complejo de Edipo.

En lo que respecta a Lacan, éste concibe en otros términos el caso del pequeño Hans. Se apoya en los textos de Freud pero para decir otra cosa. Para él, es en la dialéctica entre la falta y el falo que se inscribe el caso del pequeño Hans. Evidentemente es lo que el caso presenta de más característico, a saber, la relación a sus padres, en particular a su madre, así como el síntoma de su fobia. Lacan estipula que el síntoma del niño está en relación con lo que le falta a la madre y que encarna su deseo. ¿Qué significa esto sino que Lacan considera el caso de manera completamente distinta a Freud? El pequeño Hans de Lacan no es el pequeño Hans de Freud.

Para Lacan, el niño es para la madre todo lo que ella desea, es decir lo que no tiene (partiendo de la premisa que solo se puede desear lo que no se tiene). Lacan agrega que para ella, el deseo de ser madre no implica necesariamente el deseo de un hombre que podría aparecer como un “intermediario” del don: en su caso, se trata de un “don” sin donador -Lacan diagnostica una “carencia paterna”, ahí donde Freud solo ve un conflicto edípico.

Como sabemos, en el caso del pequeño Hans tenemos tres personajes: el padre, la madre, el niño, pero también Freud, personaje lejano pero que cuenta como cuarto personaje. Para Lacan, el punto de partida es una identificación “normalizante” del niño con el deseo de la madre. En ese sentido, parece evidente que el niño “colme” a la madre, que se ha vuelto la cosa más importante en su vida, que en la vida de la madre todo pasa por el niño y que el resto no es más que una descolorida realidad, bien secundaria. Para permanecer en la misma línea de lectura que Lacan, admitamos que la madre sea plenamente colmada por su hijo. Según Lacan, el pequeño Hans “es captado al comienzo en la relación engañosa donde predomina, ante todo, el juego del falo”. Eso basta para sostener entre la madre y el niño “un movimiento progresivo del cual el punto central, la perspectiva, el sentido, es la perfecta identificación al objeto de amor materno” (8). Evidentemente, este estado de cosas no es una sorpresa y la situación así considerada es normal. Salvo que Lacan detecta que se trata de una situación “sin salida”, en la medida en que nada viene a relativizar ese valor del niño para su madre: se ha vuelto todo lo que le falta, ella no tiene ninguna otra necesidad.

El padre no es un personaje secundario, ni mucho menos, pero no parece contar en esa relación primaria entre el niño y la madre. Agreguemos a esta situación todo lo que sabemos sobre cierta promiscuidad de la madre, del hecho que el niño la acompañe cuando va al baño, etc. El padre no acompaña a su mujer al baño y, en principio, no es el desenfreno sexual lo que predomina entre ellos. Como sabemos, terminarán por divorciarse años más tarde.

Nada ni nadie (menos el padre) modifica una suerte de “omnipotencia” fálica del niño en la consideración de su madre, que incluso el niño mismo parece ignorar, a saber, de dónde procede esta “omnipotencia”: ésta le es otorgada por el deseo de falo (de don) de la madre, por la “omnipotencia” del sistema fálico del “don”, donde poco importa qué se es en tanto ser, ya que lo que cuenta es que el pequeño ser vale mucho, puesto que es el objeto de un gesto simbólico, el gesto del don. He aquí como Lacan ve el punto de partida de la historia del caso del pequeño Hans: el niño vale más de lo que es.

Pero hay más, ya que no solo existe la “omnipotencia” del niño que le otorga el sistema del don, es decir, el sistema del falo. Lacan inaugura otra lectura del caso cuando pone el acento sobre la vivencia “corporal” del niño. En efecto, lo que le parece esencial en esta observación clínica, es el hecho que si el niño está identificado al falo, al objeto precioso que colma a la madre, esta situación no podrá durar mucho. El niño no podrá contentarse con ser el objeto que le falta al otro. ¿Y por qué? Porque tiene un cuerpo. ¿Qué es lo que esto significa? Que el niño tiene erecciones. Entonces está “desconcertado” por esa actividad corporal, onanista, que tiene el mérito de despertarlo de un largo sueño de la relación idílica y engañosa con la madre. Ese pene que el niño se pone a hurgar, como lo describe Lacan, le preocupa y lo lleva a buscar una solución a esa situación contradictoria: la madre lo quiere como un sustituto del falo, objeto de un don simbólico, pero no quiere saber nada del pene que se agita en él.

En cuanto al padre, éste pasa largos momentos interrogándolo sobre su propia vivencia, sus sentimientos e impresiones de las relaciones que tiene con él mismo y con su madre, consagrándose así a encontrar una solución a la fobia de su hijo gracias a las herramientas teóricas del psicoanálisis (las “ávidas preguntas del padre”) (9), al mismo tiempo que tiene a Freud al corriente de los avances de la “cura” que lleva adelante con su hijo. Muchas veces, las conversaciones con el niño no brindan nada importante y el padre redobla la partida. No olvidemos que Hans no sabe gran cosa, se encuentra en una situación subjetiva particular, que es la de ser el objeto de un don, porque después de todo, ¿desde cuándo el objeto del don “sabe” por qué es objeto del don?

Este impasse, esta situación sin salida encuentra un happy end. En efecto, como el padre, según Lacan, no llega a asegurar su función de padre, a saber, la de “castrar” simbólicamente al niño, son necesarios sustitutos del padre que trabajen en su lugar: es el rol del plomero, del instalador. Hans dice: “El plomero ha venido y primero me ha sacado el trasero con sus tenazas y me ha dado otro; y después lo mismo con mi hace-pipí. Lacan describe la situación de esta manera: “Si del lado del padre no hay un castrador, tenemos por el contrario, un cierto número de personajes que han venido al lugar del castrador -el Schlosser que ha comenzado por destornillar la bañera y que después taladra y otro (…) que figura en el fantasma del 2 de mayo, el cual viene a cerrar la situación-. Como Dios no asegura muy bien todas sus funciones, se hace ingresar al personaje (Deus ex machina),el plomero, al que el pequeño Hans le hace desempeñar una parte de las funciones del castrador exigida por el complejo de castración (…) Eso que viene a cambiar el fontanero es el trasero del Pequeño Hans, su asentaderas” (10). El niño, perdido como estaba, no puede más que concebir el mundo de manera imaginaria, por fuera de marcas simbólicas. Es porque ha podido imaginar -y Lacan le da una gran importancia a ese hecho-, que pudo ser un padre que “tuvo hijos”, como las pequeñas salchichas que Lacan y Freud interpretan como siendo un fantasma de embarazo: “Ese momento tan singular de oscilación en el diálogo (con el padre) muestra el carácter rechazado en él de todo lo que es del orden de la creación paternal, puesto que a partir de ese momento articula lo contrario, que va a tener niños”. (11)

Fuera de esta descripción de los hechos, la trama que Lacan viene concibiendo en su seminario La relación de objeto, que se extiende entre el 6 de marzo y el 26 de junio de 1957, es decir, un poco menos de un año después de la conferencia de Lévi-Strauss del 26 de mayo de 1956, coincide, casi punto por punto, con la historia del “niño embarazado” estudiado por el etnólogo.

Pasemos revista a los puntos de analogía:

1) El “niño embarazado” está en la posición imposible de ser un chamán innato, omnipotente: antes de “embarazarse”, el niño tiene todos los poderes, es un iniciado al chamanismo sin haberlo sido él mismo anteriormente (hay una “carencia” de iniciador), y por ese hecho es un “super-iniciado” para retomar una palabra empleada por Lévi-Strauss. Encontramos la misma situación en el pequeño Hans (en la lectura lacaniana, ya que Freud no lo presenta en estos términos): es en cierto modo, un “superfalo” en la medida en que vive “una identificación perfecta al objeto de amor materno”; está identificado al falo que le falta a la madre, lo que le otorga todo los poderes.

2) El “niño embarazado” es engañado por el viejo brujo pero, en realidad, es engañado por la situación de creer que tiene todos los poderes, puesto que en realidad él mismo no sabe de dónde obtiene esos poderes: “no tiene la fórmula”, es engañado por la relación que él sostiene con su omnipotencia, más que por el viejo brujo. Encontramos la misma situación en el caso del pequeño Hans, según la versión lacaniana -porque Freud jamás ha concluido la idea de que el niño era omnipotente-: está en una situación “engañosa” en relación a la madre, porque es eso lo que le hace creer que es todo lo que le falta.

3) El “niño embarazado” es interrogado por el ávido brujo (“durante varios días y varias noches seguidas, le cuenta al niño como él ha adquirido sus poderes (…). El viejo brujo se impacienta y dice: “te he contado todo. Comienza a ser tiempo que de tu lado me enseñes de donde obtienes tus poderes”). Asimismo encontramos para el pequeño Hans un paralelismo similar en “las preguntas ansiosas del padre” (Lacan dixit).

4) El niño embarazado se da cuenta que está embarazado -de la misma manera que el pequeño Hans está agobiado por su pene en erección- para no evocar el fantasma del pequeño Hans “embarazado” del cual Freud habla (12).

5) Finalmente, el “niño embarazado” es salvado por las bestias salvajes que abren su vientre y comen su feto. Misma historia según la interpretación lacaniana, en el caso del pequeño Hans: es “salvado” simbólicamente por el plomero, el instalador que “taladra” (en el imaginario del niño) la bañera pero también su vientre y permite una castración simbólica benéfica (13).

¿Analogías y/o “invariantes”?

El dato inicial y paradojal según el cual el niño no ha sido iniciado me parece fundamental porque es un niño que no tiene necesidad de padre, asimismo, es el “padre” (el viejo brujo) quien viene a aprender alguna cosa del prodigio que tiene como “hijo”: la situación es entonces doblemente paradojal, de la misma manera que en el caso del pequeño Hans donde los “diálogos” entre padre e hijo están destinados a “procurarse” las informaciones del niño que ocupan el lugar del saber, de lo que sabe. Como lo señala Lacan, “el niño (el pequeño Hans), es quien hace apariencia -semblante- o que juega a hacer semblante”. (14)

Pero el análisis de Lacan no se detiene en la situación “engañosa” del niño como sustituto del don = falo ya que tenemos la introducción de un elemento nuevo: el niño de hecho está en una posición “engañosa”, encarna todo lo que le falta a la madre, está identificado al don, pero tiene también un cuerpo, una vida pulsional. Lacan describe la intrusión de ese elemento corporal de la siguiente manera: “Sobreviene un elemento nuevo” (15), a saber, que su realidad “genital” (su pene) no está a la altura de las expectativas del otro, tanto que Lacan insiste además, la madre del pequeño desprecia su pene. Lacan precisa ese momento angustiante con estas palabras: “confrontado a la brecha inmensa que hay entre satisfacer a una imagen y tener alguna cosa real para presentar -para presentar cash… (16), se encuentra así en una situación embarazosa, su cuerpo aparece, por el sesgo de sus erecciones, como una realidad aparte, una realidad bien diferente a la que es valorizada en el don, de la identificación al falo, del encarnar el objeto que le falta al otro. Encontramos el mismo difícil momento en el niño del mito del “niño embarazado” cuando el viejo brujo lo exhorta a explicar de dónde o de quién él obtiene sus poderes. Recordemos las palabras de Lévi-Strauss: “el niño responde: “No sé nada. No sé por qué soy un brujo capaz de sanar”. El pequeño Hans, como el niño del mito, no puede asumir “cash” y sobretodo no sabe del todo de dónde obtiene sus poderes sobrenaturales, los de ser el falo (el don) que le falta a la madre, según la idea de Lacan.

Pero hay más todavía en este paralelo evidente entre la lectura del pequeño Hans y la historia del “niño embarazado” de Lévi-Strauss. Cito a Lacan entonces: “Del hecho que nada esté predeterminado sobre el plano imaginario, un fenómeno completamente distintivo, pero que para el niño, si conecta ahí imaginariamente, viene a aportarle un elemento esencial de perturbación al momento donde la primera confrontación con la creencia se produce -es el fenómeno de la turgencia-.” También como el niño embarazado se percata, después de haber sido engañado por el viejo brujo, de su extraño estado: “el niño muchacho se percata con dolor que su vientre se agranda: ¡está embarazado!”.

Y eso no es todo, porque la conferencia de 1956 ha tenido sobre Lacan efectos de descubrimiento -o sobre todo al menos, de confirmación-, las intuiciones que germinan en él: el plomero que desenrosca y enrosca la canilla y que hace un pequeño agujero en el vientre del pequeño Hans es decisivo para la evolución del caso clínico. Es esta intervención quien “sana” al niño. Estos datos, me parece, nos permitirán prestar atención a lo que sigue y abordar otras facetas sorprendentes del punto de encuentro entre Lacan y Lévi-Strauss.

Podemos y debemos hacernos la pregunta siguiente: ¿estas analogías son el hecho mismo de la influencia de Lévi-Strauss sobre Lacan o ellas son suficientes para hablar de “invariantes” en los dos relatos? Después de todo, Freud no estuvo presente en la conferencia del 26 de mayo de 1956. Pero propongo una tercera posibilidad que consiste en suponer que una cosa no excluye a la otra. De cierta manera, sería necesario:

1) Conocer las analogías entre Freud y Lévi-Strauss (es decir, entre el pequeño Hans “el verdadero”, y no la lectura de Lacan, y el mito del “niño embarazado”).

2) Comprender las analogías entre el mito relatado por Lévi-Strauss y la versión de Lacan del caso estudiado por Freud.

¿A qué llamamos “invariantes”? Son las constantes estructurales que se pueden encontrar en diferentes casos que no tienen relación entre ellos (casos clínicos, mitos, ritos, historias del folklore, etc.). La pregunta en la que me apoyo es: ¿hasta qué punto el caso del pequeño Hans y el del mito del “niño embarazado” no comparten entre ellos una misma estructura? Hay elementos que no son “reconstruidos” (modificados) por Lacan: por ejemplo, la idea de agrandamiento imaginario del vientre de hecho ya estaba presente en Freud (17). Diría que asimismo la idea de omnipotencia del niño postulada por Freud en otros escritos, y no en el caso de Hans, darían cuenta a la vez del mito del “niño embarazado” y del caso de pequeño Hans: otro ejemplo “invariante”. O tomemos todavía las preguntas ansiosas del padre que espera una limosna del hijo, lo que nos recuerda la situación paradojal del viejo brujo que busca ser “iniciado” por el niño mientras que este no sabe cómo responder. Esta situación “invertida” puede ser una invariante que se encuentre en los mitos y en las situaciones clínicas.

Leamos el caso descripto por Freud:

Al otro día, someto a Hans a un interrogatorio a fin de descubrir por qué ha venido a reunirse a la noche y, después de algunas resistencias de su parte, ha dado lugar al diálogo siguiente que escribo inmediatamente (subrayo):

Él: Había en la habitación una gran jirafa y una jirafa arrugada y la grande ha gritado que le había arrebatado la jirafa arrugada. Ha parado de gritar, entonces me senté sobre la jirafa arrugada.

Yo (intrigado): ¿Qué? ¿Una jirafa arrugada? ¿Qué era eso?

(…) ¿Por qué has venido a nuestra habitación?

El: Yo mismo no sé nada de eso (subrayo).

Aunque se ve el viejo “escribe inmediatamente” la información dada por el niño, éste último “no sabe nada”. La situación es perfectamente superponible al relato del niño embarazado -y se puede excluir toda influencia recíproca de las fuentes-.

Es sin duda en ese entrecruce entre la fuente levistraussiana (Lacan aplica los instrumentos de Lévi-Strauss) y las “invariantes”, presentes en los objetos estudiados por los dos autores, independientemente de su “diálogo”, que reside la clave de esta lectura. La conferencia de Lévi-Strauss sirve a Lacan para desarrollar toda su teoría del falo, tanto por su teoría del don (el niño no es un “pene” de la madre sino un objeto que simboliza lo que le falta) como a través del ejemplo “clínico” del “niño embarazado”.

 

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Texto extraído de la revista Conceptual –Estudios de Psicoanálisis- Nº 15, Ediciones El Ruiseñor del Plata -Asociación de Psicoanálisis de La Plata, Octubre 2014. Por acuerdo editorial con la revista Conceptual –Estudios de Psicoanálisis.

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Notas:

Traducción: Daniela Ward. Versión revisada por el autor.

N. de E.: Este artículo se refiere a un capítulo de la Segunda parte del libro Lacan avec et sans Lévi-Strauss de Juan Pablo Lucchelli. (Colección Psyché-Nuevas ediciones Cécile Defaut, Nantes, 2014)

 

(1) – Lacan, Jacques: Le Seminaire, Livre IV, La relation d’objet. p. 317 (el subrayado es del autor)

(2) – Lévi-Strauss, C. : Sur les rapports entre la mythologie et le rituel. 1956, 50 (3): 699-722. El documento está disponible en internet.

(3) – Sur les rapports entre la mythologie et le rituel. pp. 702-3 (el subrayado es del autor)

(4) – Sur les rapports entre la mythologie et le rituel. p. 703

(5) – Freud, S. : Analyse d’une phobie chez un petit garçon de cinq ans (le Petit Hans), en Cinq Psychanalyses. Paris, P.U.F., 1970.

(6) – Para no evocar el potlatch, donde somos directamente confrontados con una pérdida y con la imposibilidad de suprimirla.

(7) – En efecto, el padre del niño sigue el camino de Freud y se interesa por el psicoanálisis (además la madre del pequeño Hans fue una paciente de Freud).

(8) – La relation d’objet. p. 300

(9) – La relation d’objet. p. 350

(10) – La relation d’objet. p. 366

(11) – La relation d’objet. p. 384

(12) – Analyse d’une phobie. p. 184

(13) – Cito a Freud: «Hans crea sin la intermediación de nadie, un fantasma nuevo: el cerrajero o el plomero ha destornillado la bañera en la cual Hans se encuentra y le ha dado entonces un golpe en su vientre con su gran taladro”. Analyse d’une phobie. p. 183

(14) – La relation d’objet. p. 206

(15) – La relation d’objet. p. 300

(16) – La relation d’objet. p. 226

(17) – Analyse d’une phobie. p. 184

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Analytica del Sur Número 1. Aparición en web: julio 2014.

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