Analyticas del Sur. Revista de psicoanlisis en la crtica cultural

Edición Nº 6 • Julio de 2017 •

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Un cuerpo-alambique según María Moreno

Fátima Alemán

Miembro de Pragma-APLP, de la Escuela de la Orientación Lacaniana (EOL) y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP). Profesora Adjunta de Psicoterapia I de la Facultad de Psicología (UNLP).

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¿Amnesia o recuerdo? ¿Autobiografía o ensayo? ¿Crónica o novela? Black out (Ramdom House) es esto y mucho más. El libro de María Moreno, publicado a fines del año 2016 y elogiado por la crítica en los suplementos culturales y en la Feria del libro de este año, arrasa con cualquier estereotipo. Su autora, al referirse a su proyecto colosal en algunas entrevistas, aclara el modo de producción más allá de la apariencia confesional o testimonial: la estrategia y la coartada como matrices de escritura.

Black out es un libro sobre el alcohol, la experiencia de beber y “de parar a cambio de nada”. Sin embargo, no es el caso clínico de una bebedora que cuenta los avatares de su adicción y la escritura como trampolín de salvación. Lejos de una empresa de este estilo, la astucia de Moreno consiste en hacer de una experiencia de consumo el glamour-hardcore de un “estilo de vida” entre varones, trazado por el periodismo cultural de Primera Plana en los 60, por la literatura argentina cruzada con el alcohol (con ejemplos como el Martín Fierro, el Facundo o La excursión de los indios ranqueles), por la amistad de los compañeros de ruta “no militantes” en la década del 70 (Norberto Soares, Jorge Di Paola, Miguel Briante, Charlie Feiling) y por el circuito de turismo etílico porteño (Alex bar, La Giralda, el BárBaro, el Ramos, La Paz). Para Moreno el alcohol se vuelve la contraseña necesaria para ingresar al grupo de los periodistas-escritores de su generación: “comencé a beber para ganarme un lugar entre los hombres”, “pero nosotros bebíamos ginebra porque queríamos escribir; ya comprendíamos que en nuestra literatura la ginebra es estructural: beberla nos hacia pertenecer”.

En la novela familiar, la hija única de un padre fotógrafo y fanático del foto-periodismo como corresponsal de guerra, resalta la identificación viril presente en el juego infantil con una ametralladora de lata declarando la guerra a los vecinos ingleses de la casa de los abuelos paternos. Pero hay algo más que ser la hija-varonera-compinche del padre. Está también la boca insaciable de una pasión solitaria: “Mi padre bebía para liquidarse, igual que yo. Primero, para darse ánimo, pero, enseguida, para perder la conciencia, calmando así cualquier angustia, mucho y rápido con su boca insaciable”. Si Moreno bebe en exceso, lo hace porque allí se recorta la boca pulsional del amor al padre. Nada más poético que el testimonio de quien no solo hace la experiencia de un consumo sino también la experiencia de un análisis. Del lazo con la madre, el libro nos acerca perlas increíbles por la destreza metonímica con el significante “alcohol”. Hija de una madre doctora en química y abstemia, Moreno relata la fascinación por la magia de la alquimia que no sólo aparece en los trucos caseros de la infancia sino como presagio de una mutación acontecida en el cuerpo femenino: el alcohol se convierte en sangre. De una infancia “higienista” pero no necesariamente higiénica (el baño no entraba como ritual en el linaje materno) el agua cede su gracia al alcohol que oficia “de purga de bacterias”. Entonces, más allá de la asepsia materna, el cuerpo femenino de la adolescencia porta la marca de una sangre en exceso (hemorragias) y de un dolor menstrual inigualable: “mi feminidad era una esponja que se derramaba sobre las sábanas de mis amantes”. Y en la búsqueda de diagnósticos médicos y compresas que oficiaran de diques seguros, el alcohol materno deviene en un maravilloso calmante: “el alcohol me calmaba los dolores con un plus de placer del que carecía el sedante”. Pero la transmutación divina sangre-alcohol sólo se completa en la construcción de un cuerpo-alambique. La metáfora no solo alude al método efectivo de destilación, sino que hace posible que la “sustancia excesiva” se convierta en sangre a partir de la gravedad de los cuerpos.

Sin embargo, el pasaje del alcohol-antiséptico al alcohol-calmante no fue sin una experiencia subjetiva del placer negativo, donde una serie infinita alterna sucesivamente encuentros y pérdidas: “Yo, como todos, comencé a beber para encontrar placer y terminé bebiendo, como algunos, para no sufrir. En esa carrera, cada vez los períodos de abstinencia fueron más cortos, y la cantidad requerida para terminar en un black out, menor. Me gustaría que esta experiencia fuera tan graciosa como esa película de Sandrini en la que un millonario, cada vez que se emborracha se lleva a vivir a su mansión al imborrable Felipe y al día siguiente, al despertar, no lo reconoce en absoluto y lo echa como a un ladrón. Y eso se repite noche tras noche y día tras día”. Es así como el recurso al “diario íntimo” en Del otro lado de una puerta vaivén, instala por única vez el testimonio autobiográfico en estado puro: allí encontramos el relato de la abstinencia, la pelea pírrica contra el alcohol y la utopía del ejercicio de la escritura como bálsamo protector, la función del alcohol como objeto amoroso sin par (“yo no amaba mi objeto por lo que él me hacía ser, lo amaba simplemente”), el alcoholismo como experiencia de la excepción y no de lo homogéneo (anti-AA), el alcohol como una identidad de la que se puede tomar distancia (el alcohol Patria o el alcohol Dios).

Pero como decíamos al comienzo, Black out no adscribe al relato autobiográfico sino como una trampa, la trampa para cazar miradas en un cuadro vivo que tiene en su centro el secreto más preciado. Moreno se jacta de venerar con su letra la función insondable del secreto: “reverencio tanto el secreto, es lo actual de aquello que me repito. (…) ¿Y si el coraje radicara en escribir lo que no publicaré?”, “si escribo lo que escribo, ¿me desnudo?”, “un libro de memorias no exige evidencias”. Por eso Moreno aclara, ya casi al final del libro y para que el lector no se inquiete demasiado en su lectura de rondas, pasarelas y puertas, que la experiencia del cuerpo-alambique tiene un fin, el fin de beber sin límite y el fin de la muerte como denominador común de sus crónicas cuidadas que tienen como protagonistas a sus compañeros de ruta. De la amistad intrigante con Norberto Soares y su análisis picante de Gente que baila, pasando por el relato risueño de la amistad con Miguel Briante y su gusto por los relatos sintéticos, siguiendo por la glosa ambivalente sobre Claudio Uriarte, llegamos al retrato querible de Charlie Fieling, casi un hermano de sangre británica en el que reaparece la chispa del padre. Todos ellos compañeros de ronda por bares porteños durante largas noches, ninguno muere a causa del alcohol. La muerte no es la moraleja de la pasarela del alcohol: se trata de accidentes triviales o enfermedades comunes. Por eso Moreno relata su punto de llegada como el encuentro con una soledad sobria: “Dejé de beber sin saber cómo, del mismo modo que no sabía cómo había llegado a despertar sin ningún recuerdo de la noche pasada. Lo hice por alguien, pero eso es un secreto. No lo hice sola, y ese es otro secreto que es fundamental para mantenerme sobria”. Así el cuerpo-alambique sucumbe junto al “cuerpo común de bautismo precario: Los muchachos, La barra, El bar”. La Moreno que cierra el libro, hoy sostenida por su “resistencia de ogresa” y por “sus ficciones de comediante”, abjura del cuerpo-alambique no sin reconocer en él su valor metafórico.

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