Analyticas del Sur. Revista de psicoanlisis en la crtica cultural

Edición Nº 6 • Julio de 2017 •

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Con Macedonio, a la siesta

Presentación

El texto que publicamos a continuación forma parte de Ensayos macedonianos (Corregidor. Buenos Aires, 2006). En él, su autora nos hace lectores partícipes del insistente diálogo que mantiene con Macedonio Fernández, donde la conversación como modo de instalarse en el universo macedoniano confluye en un almismo yoico -dice- que conviene situar más bien lejos de los requisitos académicos.

Siguiendo la sugerencia según la cual para leer a Macedonio conviene entrar a su universo excéntrico, ¿es la Siesta (con mayúsculas) el tema de conversación? A lectura rápida podríamos responder afirmativamente pero, deteniéndonos, se trata de la Siesta como esa hora del día en que-paradójicamente-el tiempo parece escabullirse a la cronología. Se trata, entonces, del tiempo. Del tiempo del despertar-otra oposición, aquí a la tradición provinciana que hace de la siesta ese momento casi obligatorio del dormir-, hacer la siesta es más bien un ensueño diurno que abre a una dimensión tanto o más misteriosa que la noche. Es en esa desfiguración del espacio y del tiempo donde fluye en pensar-escribiendo macedoniano. Se trata de la Siesta, entonces, pero también, y principalmente; se trata del tiempo y de la escritura.

¿Qué escribe Macedonio? Destacamos de aquellos párrafos citados aquel que da cuenta de un raro “Episodio” donde, en la inquietud misteriosa de la siesta se alza una figura inefablemente conocida y dice: “…el dios humano de mi pasado, mi padre, tal como mi infancia lo vio, pues veinte años hacía que nuestra familia había asistido a su muerte. Nada más cierto para mí que su muerte, nada más cierto que estaba frente a mí, que me abrazaba y besaba y empezó prontamente a hablarme”.

Matriz narrativa y argumental, este breve texto ubica la siesta como ese tiempo donde el lenguaje opera al modo de un arte-facto: solución vía la escritura a experiencias extremas de la sensibilidad, dice la autora. En este tiempo fulminado de la eternidad macedoniana el lenguaje poético busca decir lo indecible hasta hacer emerger el neologismo. No se trata, por ende, ni de técnica virtuosista ni de ningún saber-hacer del oficio de escritor. Esta escritura tampoco tiene fines informativos. Se trata de un texto intrincado, de fraseo discontinuo, de sintaxis retorcida, vocabulario insólito “como un niño que balbucea y experimenta con el lenguaje en actitud inaugural de perplejidad”. Un pensamiento atado al lenguaje. La silueta diluida de Macedonio, la sombra entre sus pies que se diluye también al calor de la siesta, él hecho un hombrecillo, el cuerpo apenas una sombra exigua.

A partir de Jacques Lacan sabemos que conviene distinguir la lengua en términos de mera comunicación, la lengua como soporte material del significante y lalengua (así escrita) cuando la letra se conecta con el sonido, no con el sentido. Enrique Acuña en una intervención en las XXII Jornadas anuales de PRAGMA-APLP Escrituras del cuerpo-psicoanálisis y biopolítica- se refiere a la escritura de Macedonio Fernández en tanto enseña que el cuerpo implica el lenguaje. La alucinación del “Episodio”, la sombra que se agiganta y a la vez se pierde, la silueta diminuta de este hombrecillo que solía decir que al entrar a una casa “me quito el sobretodo y lo deja ahí, como si fuera mi cuerpo”, enseñan más bien de una psique sin cuerpo-otra expresión macedoniana.

¿Qué escribe Macedonio, entonces? El cuerpo, un cuerpo que se escapa. Y Ana Camblong lo explicita, de un modo sencillo y riguroso a la vez, a partir de la conversación, modo que ha encontrado para entrar al discurso macedoniano que -como señala- resultaba, y resulta aún, insoportable por no estar hecho al modo de ninguna convención social, literaria o académica, pero que no carece de una política.

Christian Gómez

Ana Camblong

Dra en Letras (UBA). Profesora Emérita de la Universidad Nacional de Misiones. Directora del Programa de Semiótica en la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la UNAM.

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Para leer los textos de Macedonio, hay que instalarse en su universo excéntrico y, desde dentro entablar una interminable e intermitente conversación. Hay que estar con Macedonio, no para avenirse a sus posiciones, sino para no convertirlo en objeto de estudio e investigarlo asépticamente desde afuera. Estar con Macedonio, conversando, es el único modo que tengo de conocerlo, desde que estoy involucrada en su pensar-escribiendo. Es más: aprendí a conversar con Macedonio, conversando…este procedimiento no implica identificaciones, ni idolatrías. Más bien evita la ignominia del erudito (Deleuze) y las previsibles operaciones de la última moda o de la Muerte Académica (Macedonio), con sus rigores vacuos. Conversar exige diferencias y, al mismo tiempo, compartir un clima de sintonías difusas, palpables y placenteras. También involucrarse en el riesgo del invento, del diálogo errático, imponderable, contingente.

Uno de los temas recurrentes en estas conversaciones es la siesta. Horarios enigmáticos si los hay. Tal vez no para todos. Los hábitos y los ritmos cosmopolitas, han perdido no solo el descanso y la magia de la siesta, sino que han borrado la existencia de esta unidad antropológica del día. Las culturas actuales de los grandes centros urbanos desarrollan sus febriles quehaceres en continuidad productiva y eficiente; la actividad plena no puede detenerse al mediodía y la siesta como tiempo de recogimiento, de sosiego tras la comida, ha dejado de ser viable. Con la abolición de su posibilidad, cae una constelación del imaginario que ponía en danza una serie de significaciones míticas, eróticas, extrañas, indescifrables. Un ensueño diurno que abría una dimensión tanto o más misteriosa que la noche.

Quedan vestigios, sin embargo. Aunque la mayoría de los habitantes de las metrópolis no tengan ya el gusto de dormirla y gozarla, ni de participar activamente en sus mitologías, quizá tengan noticias de sus antiguos fueros y de su incidencia en las vidas cotidianas. Todavía quedan añoranzas del ritual siestero, y mucha gente aprovecha sus fines de semanas y feriados para recuperar, con hedonismo anacrónico, los placeres de una buena siesta. El mito se ha disipado irremediablemente, pero todavía perduran ramalazos ancestrales de su vigencia.

En las vidas de provincia, la Siesta (con mayúscula) sigue siendo un ritual con todos sus atributos. La globalización dice estar entre nosotros, pero nadie pone en tela de juicio la relevancia absoluta de la Siesta. Forma parte de los componentes más íntimos de la vida diaria, conserva intacto su potencial simbólico y su universo indolente, recóndito y misterioso. Un gesto arcaico que coexiste con las velocidades y las tribulaciones tecnológicas, y que la gente respeta como a una abuela querida, sabia, llena de historias.

La Siesta respira sus efluvios extraordinarios en muchos espacios regionales, pero en Misiones posee un culto fantástico evidente, una fuerza y un fervor tan acentuados, que se vuelve una deidad cósmica, sin ateos. Se podrá hacer o no-hacer la Siesta, se podrá creer o no en los sucesos y ‘aparecidos’, pero nadie ignora la vitalidad de su liturgia instalada en el ritmo, en el relato, en el deseo, en el vigor extraño de su poesía.

Todo este introito, para ubicarnos en la conversación: apelo a los restos de memoria cultural de los moradores de los complejos urbanos; explicito que hablo desde el otro extremo, en Posadas, Misiones, y que, uno de los textos más raros que Macedonio escribe sobre la Siesta, alude precisamente a un “Episodio” del que fue protagonista en este lugar del mundo. Por supuesto, no estoy sugiriendo una relación groseramente casual, ‘dado que estuvo en…escribió tal’; tampoco habría que inferir que mi cultura siestal me otorga prerrogativa alguna, o me acerca más al autor.

Sucede simplemente, que este paisaje, a plena siesta, se estampa en el imaginario macedoniano con caracteres indelebles de exotismo mágico y con perfiles utópicos. El recorte del locus amoenus pierde su inscripción geográfica y se convierte en el paisaje del pensar, en el escenario fantástico, ideal para sus experiencias místicas. Veamos lo que anota en un borrador de 1908:

Si distante de los hombres en una ribera remota y salvaje me imagino un hombre tendido desnudo, cara arriba, en plena siesta contemplando entregado al desenvolvimiento real, concibo bien que en una intensa absorción desaparezcan todas las ubicaciones: sus propios estados y los exteriores.

En tanto que el testimonio infaltable del memorioso Borges, contribuye a ratificar el aura mística de la escena imaginaria:

En un traspatio de la calle Sarandí, nos dijo una tarde que si él pudiera ir al mediodía al campo y tenderse en la tierra y cerrar los ojos y comprender, distrayéndose de las circunstancias que nos distraen, podría resolver inmediatamente el enigma del universo.

Se indican entonces, cruces y coincidencias que pueden enriquecer nuestro encuentro con Macedonio a la Siesta. Y retornamos al texto “Episodio” cuyo manuscrito, bello, prolijo, impecable, dice:

Caminaba yo quietamente con un alma ligeramente fantaseadora, como quien a un tiempo levemente piensa y vive, en las inmediaciones de Posadas, por un sendero que afluye a la población en terreno alto desde el cual se ven marchar las aguas del Paraná bajo las sombras y agitarse las espesuras de las costas y se siente sed de la frescura de esas umbrías: eran las dos de la tarde de un día cálido en el claro misterio de la siesta.

La ubicación tan precisa, no sugiere una búsqueda de efectos de exactitud autobiográfica o de realismo mimético y verosímil: nada más alejado del sentido estético y metafísico macedonianos. En el punto mismo en que se escribe, el episodio, el escenario y los personajes, gozan de no-existencia fantástica. El dato histórico y lugar geográfico se transforman en fantasías poderosas que configuran un mundo, al que podemos acceder, siempre y cuando convengamos en que la realidad-real no existe. La que sí existe, es la tremenda Todo-Posibilidad de encontrarnos en la invención que la escritura sostiene: como quien a un tiempo levemente piensa y vive. Entonces, cuando menciono mi propio contexto, el de Macedonio y el del conjetural-lector, no intento saturar nuestros intercambios de realismos funcionales, sino de virtualidades lúdicas, imaginarias, imprevisibles. Retomemos el “Episodio” que sigue así:

El luminoso ambiente, poblado de calientes hálitos y olores de la tierra, se vertía en mi interior y me inquietaba ya cuando en la luz del camino alzóse una figura inefablemente conocida de mi alma. Era el dios humano de mí pasado, mi padre, tal como mi infancia lo vio, pues veinte años hacía que nuestra familia había asistido a su muerte.

Nada más cierto para mí que su muerte; nada más cierto que estaba frente a mí, que me abrazaba y besaba y empezó prontamente a hablarme.

Nuevamente los datos pueden ser leídos en uno y otro sentido: por un lado, los veinte años de la muerte paterna indican que este suceso habría tenido lugar en el transcurso de 1911, o a comienzos de 1912, las fechas en las que Macedonio se encontraba en Posadas, firmando expedientes en su calidad del Fiscal del Juzgado Federal (se conservan seis expedientes con su firma: uno de 1910, uno de 1911, tres de 1912 y uno de 1913). En cambio, el manuscrito no tiene ningún indicio que permita datarlo, y queda flotando en el tiempo, como el recuerdo del escritor, quien toma la pluma para colocar en un presente-perpetuo esta curiosidad, esta joya resplandeciente de su memoria. Tan solo se puede afirmar que el texto es posterior a tales años, pero por el papel, por los rasgos caligráficos, podríamos aseverar que se trata de un Macedonio joven.

Por otro lado, la Siesta convoca, como en la más pura tradición lugareña, a los ‘aparecidos’. El deslumbre enceguecedor permite ver duendes y almas errantes, hay encuentros pavorosos y alucinantes. No se trata de plegar las configuraciones del relato a la vena mítica local, sino de apreciar un cierto espejeo entre discursos que traman en una atmósfera propicia para las divagaciones fantásticas y para la concreción de imposibles. También habría que hacer notar, la identificación del Padre con el dios humano, tal como mi infancia lo vio, porque la fe del ateo adulto, se deposita en esta mirada-de-niño que no pone a duda la presencia espectral. A la vez, se articula con el título del poema dedicado, a la no menos adorable, figura materna: Dios visto, mi madre. El pensador niño, el poeta-niño, tiene dioses particulares y habla con ellos, estén vivos o muertos, detalle que no tiene la menor importancia, porque están en su Afecto eternamente. Lograr la Realidad-del-niño resulta inexcusable para acceder a estos territorios místicos y poéticos del pensar-escribiendo. Las certidumbres aquí devienen audazmente paradójicas: Nada más cierto para mí que su muerte; nada más cierto que estaba frente a mí. Un enunciado irrefutable en el pensamiento-niño, pero inaceptable para los principios básicos del logos racional.

El instante mágico de plena luminosidad atrae a los ‘fantasmas’, como la tiniebla nocturna. Esta visión alucinante engarza la figura del protagonista del trágico Hamlet. Pero, como todo lo que hace Macedonio con sus lecturas, lo invierte y en lugar de acontecer en la noche, sucede a la Siesta. El diálogo, fantástico y eterno, que mantiene con el alma-en-pena de su padre, adquiere el estatuto místico, que se va acentuando y expandiendo en el pensador maduro, con el que nos encontraremos más adelante. Nuestra lectura halla en este texto, una piedra filosofal, una matriz narrativa y argumental, que se ramifica y prolifera en las exploraciones discursivas de la Siesta, que vuelve y vuelve con variaciones múltiples, cada vez más crípticas y sofisticadas. Seamos más explícitos: no me refiero al episodio en sí, ni a la figura del padre, sino a la Siesta en tanto metáfora de las experiencias extremas de la Sensibilidad y el Intelecto.

Pero veamos ahora el antiguo poema (circa 1907-1908), anotado de ‘un plumazo’ (con una única corrección que señalamos entre corchetes), con apretada letrita, ubicado en la parte superior de la página 238 de su diario íntimo (jurídicamente foliado, por que escribe en un Libro de Actas, lo que nos permite afirmar, risueñamente, que ‘consta en actas`) y que figura en las Obras Completas con el título La siesta:

Amor y misterio

a ti, a quien tengo del alma

tan grande parte entregada

bien quisiera

cuando tierra y cielo ensalma

la hechicera

divina luz encantad

llevarte, ebrios los pechos

de una misma vehemencia,

fuego y fuego,

bajo las móviles sombras,

bajo la Música idílica

que del bosque

las sonoras copas vierten.

Allí donde solitario

el árbol su copa inclina

y abismado

en un hosco (perplejo) pensamiento

ve en torno de él levantarse

de la siesta

la Visión deslumbradora.

La alta techumbre cerúlea

en vivo fuego inflamada

febriciente;

la amorosa tierra herida

inerme.

Cuando Tierra, Cielo y Aire

se unifican;

vencidas nuestras dos almas

en rapto venturoso

Lejos, los trémulos ámbitos.

la Siesta omnipresente gravita

donde el Tiempo fulminado

se detiene.

Aunque el documento original no tenga título, cabe, y es atinado, el sugerido por Adolfo de Obieta. En esta miniatura poética, vale la pena detenerse para analizar algunos tópicos, desde perspectivas diversas. Podríamos apuntar, por ejemplo, una concatenación de palabras-clave, que constituyen experiencias capitales para el universo macedoniano: Amor – Misterio – Visión (deslumbradora) – Siesta (omnipresente) – Tiempo (fulminado). Si bien en otros textos se detecta una utilización abusiva de mayúsculas, aquí cumple la función de balizas que permiten una rápida operación de conjunto en la lectura. Los componentes relevados confrontan con el otro conjunto, Tierra – Cielo – Aire, que condensan el universo ´natural´. Nótese que la conjunción de estos elementos: Cuando Tierra, Cielo y Aires / se unifican, se conjuga simétricamente con el acontecimiento denominado por Macedonio Almismo ayoico: vencidas nuestras dos almas / en un rapto venturoso.

La otra cuestión a considerar se centra en el logro de un eclipse total, en la hora meridiana, entre la Visión deslumbradora, y, un rapto venturoso. Esto es: la máxima intelección (logro del entendimiento) y el máximo placer (logro de la emoción y la sensibilidad), se intersectan en un instante que inaugura la eternidad. La eternidad macedoniana no debe entenderse como la duración interminable, sino como un instante de Tiempo fulminado, un punto de inflexión en la experiencia que destruye el sentido de esta categoría. En efecto, Tiempo y Espacio no tienen sentido en la experiencia mística.

Tampoco dejaremos pasar por alto la fuerza erótica de la primera estrofa: llevarte, ebrios los dos pechos / de una misma vehemencia, / fuego y fuego. Pocos pasajes de su producción, resultan tan explícitos, si se tiene en cuenta un lirismo que se caracteriza por las idealizaciones muy abstractas, las mediaciones complejas y las alusiones difíciles de desentrañar. Sin embargo, la delicada imagen se mantiene en los lindes estrictos de un decoro pudoroso y de una corporalidad romántica, etérea, a la que el poeta se aferra con tenacidad vitalicia.

Finalmente, señalamos una incipiente emergencia del neologismo, que aquí asoma tímido y aislado: febriciente. Todavía el lenguaje poético no se anima a decir lo indecible. Esta violencia paradójica que presiona el léxico creando monstruos únicos, al borde de lo intolerable, se multiplica con audacia en el poema tardío -1940-1943- titulado Poema de trabajos de estudio de las estéticas de la siesta. Para no interrumpir el hilo de nuestra charla, incorporamos ahora, un breve catálogo de inventos lexicales recogidos de dicho texto:

      –el Mundo un Botón Reventicio 

      -como un botón reventicio es el rumor de la Siesta Oída

      -un ‘lento’ procesional

      –embebimiento de Luz; la vasta embebición de tensa luz.

      -La Luz opera una embebición de separaciones y hace Todo un Continuo.

      -en al verticación abrumante del Todo.

      -Tensión de plenitud verticante envuelve;

      -fantasmas de palidecimientos de la fulgencia verticante

      -La luz Siesta Evidencial se enscreta en la reverberación,

      -La Siesta evidencial envuelve.

      -Fantasma de la Siesta Evidencial,

      -La sin Estrellas Noche de la Reverberación Siestal.

El acotado repertorio consignado, no tiene otro propósito que visualizar rápidamente los extraños ensambles morfológicos, las repeticiones, el trabajo forzado en determinadas canteras semánticas, toda la tarea ejecutada con obstinación apasionada. Los hallazgos, por denominarlos de algún modo, no buscan la originalidad literaria, sino la manera de diferenciar el concepto metafísico enclavado en la experiencia viva. Este denuedo, plasmado en engendros lingüísticos, halla su justificación estética en su universo discursivo que hace del enrarecimiento y la extravagancia una puesta en Beldad con alto riesgo de catástrofe comunicativa.

Si tomamos el ejemplo de las variaciones sobre la ‘verticalidad’, se podrá apreciar que las marcas semánticas diseminadas en diversos pasajes del poema, configuran un aspecto nodal en la metáfora caleidoscópica de la Siesta: la caída a plomo de la luz y el intelecto erguido, enhiesto en su potencia máxima. Esta confluencia instala un movimiento aporético: el dinamismo activo, absoluto, gesta una tensión estática. El presente eterno, ya mencionado. Dice el texto:

     Su estática o figura: (…) Tensión. Su dinámica: Mínima, no advertida.

     Su moción: un ‘lento’ procesional, sin dirección, columpio.

     Su acento: murmullo de vibraciones interiores, no sonido de traslaciones.

     Su sentido: un Presente no fluente. Vibración sin Traslación, No Rumbo, No perfil, No Andar.

El corte del flujo de las discontinuidades abre un vacío en el que se suspende todo movimiento, y al mismo tiempo, inaugura una continuidad absoluta, un agujero cósmico en el que nada acontece y todo está pasando o puede pasar; un continuo presente, un momento infinito; un lugar cuya condición es no albergar la espacialidad, no hay traslaciones, no hay direcciones, no hay sentido. Y sin embargo, todo es absolutamente posible en este crono-topos de la siesta.

En cuanto al proceso de escritura de este extenso poema, si bien no cabe exponerlo, sí se puede informar que ratifica los hábitos de trabajos macedonianos de modo ejemplar: un manuscrito que podría tomarse como embrión, por lo general breve, o al menos notablemente más breve que el texto publicado, y luego una serie de expansiones, que se cumplen de copia en copia. A cada versión copiada, la mano escritora retoma su pieza artesanal y tacha, arregla algún detalle, pero principalmente agrega y agrega. La escritura macedoniana no hace del pulido un culto. No hay técnica virtuosista, un savoire faire-del oficio. Lo que no debe interpretarse como ‘ligereza’ en las construcciones. Por el contrario: el retorno perpetuo a los textos comenzados, a los temas constantes, a los conceptos teóricos, muestran una obsesión que relee, reescribe y vuelve a decir lo mismo pero diferente. En esta dicción incesante, no se llega al punto de conformar y dar por concluido el proceso de escritura y cierre del arte-facto. La reiteración variada no persigue la redundancia, sino una empecinada manera de mostrar lo inacabado e interminable de la tarea intelectual, el flujo infinito de la vida misma.

Intentemos un primer acercamiento al abigarrado mundo de la Siesta, poniendo la lupa en los títulos de lo que sería el proto-texto, que presenta dos variantes:

    Los pies de Tinta china de la Siesta

    Hora evidencial y cegadora.

(Pliego suelto, hológrafo de Macedonio)

    Busca de la Metáfora de la Siesta

    Dedicada

    A los pies de Tienta China de la Siesta

    Hora Evidencia. Fiesta de la Intelección.

(Pliego suelto, hológrafo de Macedonio)

Estas versiones de encabezamiento pasan a una primera copia dactilográfica, con pocos agregados y correcciones; pero existe una segunda variante, en la que la copia a máquina, registra el título siguiente: Los pies de tinta de la Siesta, y Macedonio agrega de puño, con una línea indicativa de la inserción, de tinta china. El texto se incorpora subrayado al cuerpo del poema, en las copias posteriores, tal como figura en las publicaciones: Dedicado a los Pies de Tinta China de la Siesta, Fiesta de la intelección, Siesta, Evidencia.

Este mínimo contraste genético de los textos, tan solo pretende detener la atención en el privilegio que tienen los elementos reiterados, configurando un motivo, que distribuye la topología del paisaje del pensar. Así, tenemos un componente privilegiado: el fenómeno de lo evidencial o la evidencialidad, estallando en la luminosidad de dicha hora, El estallido ocupa toda la atmósfera, si así puede decirse. Lo Evidencial no tiene ni Perfil ni Figura. Es un todo que envuelve, disipa y reverbera sin atenuantes, sin fronteras. Pero esa luminosidad inconmensurable y arrasadora de los límites, expandida arriba, vierte su concreta presencia abajo, en las manchas de tinta china. Marcas movedizas, densas y de difícil desciframiento, pero contundentes en su mero estar hablando también, el lenguaje de la evidencia mística.

Las manchas del título salpican todo el poema irregularmente, materializando el rastro oscuro, los restos corpóreos de tanta luz y transparencia:

Al pie de cada muro, todo a lo largo, al pie de cada arbusto, de cada cerco, pincela un trazo o deja caer una gran gota de tinta china, la luz estrujada en su tensión, vertiendo de su ser la sombra más espesa, en al verticación abrumante del Todo.

Sombras más fuertes que no tiene la noche, noche más unida porque no la desunen estrellas, gotea pies negros a los cercos y muros y sobre cada agujero o lista de tinta de la luz estremece un pequeño enjambre de resplandor.

(L)a sombra fija de lo enhiesto y vertical, ennegrece al pie de los cercos de los muros. En el momento de la Sombra Corta, breves sombras negrísimas recogidas a los pies, que no alcanzan de una a otra cosa que no se alzan por los muros; las cosas aminoradas por transparencias, las sombras al pie más fuertes. (…)

Elevación en la luz de las cosas y sombras tintas al pie, caídas, sin tenderse ni alzarse en tanto todo lo que parte de lo terrenal, perfumes, rumores, es un Ascenso. ¿Por qué cortas las sombras, por qué tanto más negras como cortas, por qué, Siesta, son así tus Sombras? Tu luz es la Intelección ¿pero estas manchas espesas calzando todo pie?

Hemos relevado el mundo terrenal de las manchas con sus enigmas y sus misterios, de ahí la iteración interrogante del propio poema. La presencia reiterada de los pies, hace contacto con la tierra, con las cosas condenadas a la tierra, aquí abajo. Todo el universo de luminosidad, de transparencia e intelección, se vuelca en estas huellas negras expandidas sobre las superficies provocando sentidos entrevistos, de equívocos significados, imposibles de comunicar. Las sombras negras de tinta china corporizan una escritura tendida a los pies de este universo desmesurado, indescriptible: una escritura de sombras, que en su humildad, intenta decir algo acerca de lo inconmensurable.

Una escritura que habla de experiencias y existencias imposibles de convertir en una mera información. De ahí lo intrincado del texto, el fraseo discontinuo, la sintaxis retorcida, el vocabulario insólito y, al mismo tiempo, repetido, como un niño que balbucea y experimenta con su lenguaje, en actitud inaugural de perplejidad. El discurso no puede hablar claro, no puede referir con precisión lo inconcebible, sino que alude, emite señales, pergeña figuras anormales, contornos nunca vistos. Aunque las manchas de tinta se repitan, son diferentes, irregulares, imprevisibles, móviles, breves, efímeras, fragmentadas, un discurso de la Siesta que se va diciendo con extrema inconveniencia no solo porque las convenciones entran en crisis, sino también porque resulta poco conveniente hablar de ciertas cuestiones.

Las apariciones, las alucinaciones, las prácticas metafísicas, el rapto místico, el delirio fantástico, el contacto con las abstracciones intelectivas, el pensamiento alzado en inconcebibles contradicciones paradójicas, configuran un territorio de alto riesgo en el campo intelectual y en la hegemonía ideológica del proyecto moderno, racionalista, empirista y de pruebas positivas. Para comprender, desde el punto de vista sociocultural, hasta qué punto el discurso macedoniano, tanto poético como ensayístico, resultaba, y resulta aún insoportable, hay que ponderar los discursos políticos, académicos y periodísticos cuyas coordenadas respondían con vigor a las consignas: orden, progreso, control racional, disciplina, categorías rigurosamente definidas en metalenguajes especializados.

Lo que estoy sugiriendo es catar, tener una idea aproximada acerca de lo intransitable de esta escritura, lo inviable de este proyecto estético, lo inaceptable de esta epistemología paradójica, en vida de Macedonio. No repitamos la fórmula consoladora del descuidado y displicente que no le importaba publicar. Macedonio con trágica lucidez que no podía publicar, que su discurso incómodo e inadmisible no podía salir a la calle. También tenía pruebas fehacientes de haber publicado (p.e. este mismo poema) y recibir obtusas lecturas, o ninguna lectura de sus contemporáneos.

Ahora bien, veamos cómo en ese mundo Místico, la máxima luz sumerge al sujeto en la máxima oscuridad; vemos como la Siesta, toda sol y calor, entraña una nocturna frescura que despabila el pensar. La Siesta y la Noche se disputan el imaginario paisaje del pensar que alberga el intelecto en sus extremos experimentos:

La sin Estrellas Noche del Deslumbramiento: las Cosas perdidas en todo-transparencia;

De la noche estrellada no nació metafísica; en la Siesta duerme lo individual; nace el panteísmo.

La Siesta Evidencial envuelve. Borrados en su deslumbre los perfiles, hácesenos nocturna la hora (…)

Nocturnidad de la Siesta. (…)

Sombras más Fuertes que no tiene la noche, noche más unida porque no la desunen estrellas, (…)

Noche mejor para la intelección, porque no turba con las pavuras que habitan la noche, se despliega por todas las Cosas, sin perfiles pintados que embebió la siesta.

La Siesta, una sola, que no se disminuye con el adorno menor de las estrellas. (…)

Aquel que por el camino que la Siesta hace blanco aléjase moviendo ante sí las manos como se camina en la noche, pero para apartar las tinieblas del deslumbramiento, cree vivir individual y proponerse un fin de camino, …

La sin Estrellas Noches por Deslumbramiento.

Discusión con los noes totales del silencio.

La sin estrella Noche de la Reverberación Siestal.

Más rumbos otorgan las estrellas; la Luz-Sol los niega todos.

Total negación nos opone la Noche sin estrellas a la perfilación, dirección e identidad de lo real. Los sin Rumbo tiene la verdad; todo Rumbo y Perfil son un error. (…)

Quien tenga la metáfora de la Siesta, la dé.

Yo se la pediré al gallo insomne de la noche.

Esta extensa transcripción escande pasajes referidos a la conflictiva relación Siesta-Noche, en la que se instaura una dinámica que avanza sobre el territorio del intelecto, entre estos extremos simbólicos contrarios, que se superponen hasta convertirse uno en otro: la Noche de la Siesta. Tal movimiento atenta contra el principio de identidad y de no contradicción. Los términos contrapuestos, incompatibles, también pueden llegar a ser la misma cosa. Son diferentes y son idénticos. La paradoja de la Siesta-Noche cobija, a la vez, otra serie de juegos aporéticos que hacen al fondo de la posición epistémica del discurso macedoniano.

En primer término, destacamos la exasperada insistencia en la metáfora de las estrellas. En esta figura el poema plantea la alternativa de buscar una posibilidad que no tenga establecida las pautas de los correlatos que implica la representación. Esas marcas cristalizadas, rígidas, y para colmo bellas, seducen la inteligencia con rumbos y perfiles prestablecidos. Las estrellas son signos que forman figuras en la antiquísima tradición antropológica de los diferentes discursos (religiosos, astrológicos, poéticos, científicos). A estas constelaciones frías, brillantes, inmóviles, lejanas, que permiten estipular lucubraciones de altos desciframientos, les contestan unas escrituras calientes, de aquí nomas, tan humanas, de marcas garrapateadas, trazadas con la dificultad de las contradicciones, con la imprecisión de la contingencia, unos esquivos garabatos desprolijos, que dan lugar a extrañas y desatinadas interpretaciones. Los manuscritos de Macedonio.

Pero, recorramos de nuevo los discursos: no se está discutiendo una cuestión poética. Lo que está en juego son las operaciones del pensamiento atado al lenguaje, en primera instancia, y todas las demás representaciones sígnicas también. ¿Cómo puede un pensamiento incursionar en una dimensión abierta, transparente, sin huellas, sin direcciones, sin sentido? Esta es la Todo-Posibilidad macedoniana. Imaginar tal posibilidad, resulta prácticamente imposible, no solo para experimentarla en el pensamiento, sino más aún para escribirla.

Así, el crono-topo de la siesta involucra un sujeto exento de Rumbos, de Perfiles, sometido a la abrumante verticación del Todo y a los noes totales del Silencio, sin embargo, no se turba con las pavuras que habitan la noche. El protagonista es Aquel que por el camino que la Siesta hace blanco alejase moviendo ante sí las manos como se camina en la noche, pero para apartar las tinieblas del deslumbramiento, un sonámbulo enceguecido que ve demasiado claro, que se lanza al camino sin tener ningún camino, sin proponerse un fin de camino.

El impacto lumínico del intelecto que Macedonio denomina Visión siestal, indica con dificultad extrema, la experiencia profundamente paradójica que afecta la lógica del sentido y abisma la imaginación en un vacío inconmensurable y fascinante. El pensador vuelve, una y otra vez, a sus ejercicios con la luz, horrorosa y atractiva y con la soledad más absoluta. Una actitud activa cumplida en la inmovilidad, una actitud receptiva que acepta el pensamiento en sus movimientos arrolladores, una ceguera que ve claro, una claridad que se logra en la oscuridad del anonimato, de la inexistencia.

Hay una callada valentía en este viaje intelectual, hay también una neutralización de los asedios del miedo. Las pavuras nocturnas amenazan la integridad y la entrega del pensador a los avatares del deslumbramiento. Este camino sin salida (llamado aporía) interpela al sujeto y lo coloca imperativamente en un estado que lo inviste de una condición absurda, ilógica y por ello, inverosímil. En efecto, la voz de la siesta le ordena textualmente: Ahora sé tú el deslumbrado que ve.

El portador del mandato siestal, el deslumbrado podríamos decir, pierde su identidad, ya no será el que cree vivir individual, puesto que atraviesa el dormir de lo individual y queda incorporado a esa Toda-Posibilidad en la que puede ser el mismo y el otro, o puede ser todas las cosas. El punto de inflexión metafísico, que la Noche no puede alcanzar, ubica su dimensión en la Hora de la Siesta. En prosa ensayística se despliega la alta intelección como una experiencia única, con condiciones exclusivas de un estado de existencia que suspende la pluralidad de categorías para instaurar una continuidad en modificación infinita. Dice el texto:

En ciertos momentos de plenitud mental olvido mi ‘yo’, mi cuerpo, mis vinculaciones, mis recuerdos, el pasado, todas las impresiones y actos que determinaron mi alejamiento y todo el largo trayecto de evasión y distanciamiento. Paréceme que siempre he estado allí o que acabo de comenzar mi existencia. Pero pronto ni mi existencia misma es asunto del más leve pensamiento mío, ‘tiempo’, ‘espacio’, son ya nociones desvanecidas; todo ocurre sin ubicación alguna; ni próximo ni separado ni durando o perdurando ni anterior o posterior.

Este experimentador no es un titán, no es una figura de corte heroico, sino una silueta diluida, apocada, dispersa, disipada en la Luz. Se trata de un sujeto transido por la contradicción: solo es fuerte, en su debilidad, la sombra entre sus pies, más vista que él hecho un hombrecillo, adivinado, el hombre allá se hormiguea en la mancha fuerte, entre sus pies, de su cuerpo. El cuerpo, apenas una sombra, no extensa, sino una exigua sombra provocada por el sol cayendo aplomo. El verbo hormiguea pone las cosas en su lugar: el hombre que piensa se mueve aquí abajo con proporciones y actitud de hormiga, el pequeño ser vivo hace su tarea cotidiana, ennegrecido por la Visión de su propio intelecto. Se trata de un Perfil apenas adivinado como el de todas las Cosas involucradas en el crono-topo de la Siesta: Las Cosas recogen sus perfiles hasta un mero ser, adivinado. Desde este paisaje, tendido al ras de la tierra, hecho una sombrita, perdido en las paradojas de las categorías puestas en disponibilidad, un sujeto descubre que la Siesta atesora las claves de su universo.

Para mí la Siesta es el Llamado al Camino de la Evidencialidad Mística, y está en el ángulo de oscuridad y deslumbramiento, lo oscuro por reverberación, la claridad del darse del Ser por supresión de la Figura y Rumbo que se nos antoja imposible. El mundo de la Siesta no marcha; a la Noche las estrellas le ponen direcciones múltiples. Por ello la Inteligencia prospera en la Siesta y no en la Noche.

Hacia el final del poema, sale a escena el carácter místico de todo este tránsito, retomando los contrastes barrocos de luz y de sombra, y levantando su máxima posición excéntrica: si habitamos una consolidada tradición de las virtudes de la noche para el pensamiento de los hombres inteligentes, lucubrando y escribiendo, mientras los comunes duermen, el universo discursivo macedoniano se desplaza al otro extremo y elabora una extraña retórica de la Siesta. Esta es una hora del día sin linaje intelectual, sin prestigio filosófico, sin antecedentes metafísicos. Y no solo la adopta y la trabaja para gestar un lenguaje que la metaforice y la construya, sino que además, sale al cruce de la tradición nocturna, la discute, la invalidad, la ironiza. La discusión también transita la metáfora, se trata de la Noche con su prosapia longeva, la gota de tinta emparentada con la noche sublime (Mallarmé), con todos sus atributos consagrados, el símbolo del prestigio y del saber legitimado.

Muchas son las alternativas de conversación que nos quedan en el tintero (¿de tinta china?), pero para cerrar esta travesía por la siesta, incorporo un fragmento de la Última novela mala, Adriana Buenos Aires, con el propósito de apreciar la consistencia del discurso siestal, en un contexto casi antagónico al de la poesía:

-La noche lunar habla más bien de la muerte que del ser. Habla del individuo más que del existir. Es la hora plena diurna, la siesta, la que nos da el modo como se hace secreto el ser, nos manifiesta que el ser es sin misterio, es misterio por deslumbramiento, por exceso de visión. Cuando la siesta estival esplende, somos ciegos de la luz y hasta las formas límites de cada cosa se borran. Las formas humanas en un aire punzante de sol se licúan, todo se desindividualiza, y si el ambiente es de gran limpidez y seco en un día ardiente, nos hacemos transparentes y las sombras de nuestros cuerpos en el suelo casi no lo son, están llenas de luz.

En el poema, en el ensayo y en la novela se dice y se reitera la Metáfora de la Siesta, portadora del trance místico, de la visión intelectiva, del encuentro fantástico. Una Visión fascinante que nos atañe, porque ha sido concebida para nosotros, lector, una plática en la que Macedonio lo dice directamente, de viva voz poética: Al lector, lectura de ver hacer, sentirás lo difícilmente que la voy tendiendo ante ti Trabajo de formularla; lectura de trabajo; leerás más como un lento venir viniendo que como una llegada.

Notas:

Trabajo publicado en Revista Estudios regionales. Entre letras. Año 9, Nº13, Posadas: Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales-UNaM. Nov/2000. 7-16 y en Ensayos macedonianos, Buenos Aires, Corregidor, 2006.

Bibliografía:

• Borges, Jorge Luis (1961) Macedonio Fernández. Buenos Aires: Ed. Culturales Argentinas.

• Fernández, Macedonio (1974) Obras Completas. Adriana Buenos Aires. Buenos Aires: Corregidor. V. 5.

• Fernández, Macedonio (1987) Obras Completas. Relato. Cuentos, Poemas y Misceláneas. Buenos Aires: Corregidor. V.7.

• Fernández, Macedonio (1990) Obras Completas. No toda es vigilia la de los ojos abiertos. Otros escritos metafísicos. Buenos Aires: Corregidor. V.8.

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