Analyticas del Sur. Revista de psicoanlisis en la crtica cultural

Edición Nº 2 • Diciembre de 2014 •

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Adolfo Bioy Casares y las perplejidades de la conducta

Silvia Renée Arias

Periodista y escritora. Autora de Bioy en privado y Los Bioy (finalista del Premio Comillas de España) y de Paola Kaufmann, una vida iluminada. Se desempeña como reseñista del Suplemento Cultura del Diario Perfil. Sus cuentos han sido publicados en diversas publicaciones y antologías.

Sergio San Martín
Escultura en metal.
www.sanmartinesculturas.com.ar

El escritor Adolfo Bioy Casares (Buenos Aires, 1914-1999) solía mencionar que una vez una amiga le dijo que él parecía un psicoanalizado al que la terapia le había hecho bien. En cierta forma, uno sabe que ese no era más que otro modo de aludir a una vida en la que no faltaron las desdichas y las tragedias, por supuesto, pero que Bioy Casares vivió con una plenitud desbordante.

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Referirnos a “la conducta en la obra de ABC” merecería un estudio detallado que supera la intención de este artículo. Convocaré aquí sólo algunos aspectos relacionados con ella. La primera viene de la mano de un hecho de su vida privada, vida que se entrelaza, por supuesto, con su literatura. Vamos a dejar de lado su proceder con las mujeres: “Uno es como es”, decía acerca de sus infidelidades. Si bien esta conducta hizo sufrir a su esposa, la también escritora Silvina Ocampo, Bioy confesaba que en su alma no había lugar para el arrepentimiento. Del mismo modo, declaraba no haber sabido nunca si alguna vez se había realmente enamorado. En su obra, las historias de amor nunca son de amor, sino de algo parecido: la imposibilidad de lograrlo.

Dicho esto, la primera conducta que aprende Bioy Casares es la que le inculca su madre, Marta Casares: la estoicidad. Uno debe ser el amo de su propia vida, de sus propios sentimientos, respetar a los demás por sobre todas las cosas y jamás incomodar al otro. Le enseña a no sentirse el centro del mundo. Bioy será fiel a estos mandamientos. Pero en su temprana juventud, ya decidido a que su vida no fuera más que el empeño que pondría a favor de la literatura, lo que no lograba controlar era la impaciencia. Y la impaciencia es, como dijo Kafka, la madre de todos los vicios.

La familia Bioy, como se sabe, poseía una estancia (hoy propiedad de sus tres nietos) en Pardo, localidad cercana a Las Flores, llamada Rincón Viejo. Este lugar fue su lugar en el mundo, su paraíso. Bioy vivía entonces entre Buenos Aires y Pardo. En la ciudad vivía apurado, se abocaba fervientemente al estudio de las vanguardias literarias, y al regresar a Pardo hablaba rápidamente de las cosas, quería ir al grano. Impaciente, necesitaba poner todo en claro para seguir con su vida y no robarle tiempo a la literatura. Pero pronto comprendió que la gente de campo, en cambio, toma la vida con tranquilidad, habla de otra cosa primero, nunca deja de tener unos comentarios corteses como introducción a la conversación. Se dijo entonces que debía aprender de esa conducta, la de moderar sus impaciencias, no sólo en el diálogo sino en cualquier cosa de la vida. Le estaban enseñando, en definitiva, a ser un faquir, que era lo mismo que continuar la educación de su madre.

En 1984, a sus setenta años, Bioy escribe el cuento “La rata o una llave para la conducta”.Trata la relación entre un maestro y su discípulo. Un día este maestro anuncia a su discípulo que ha encontrado una llave para la conducta humana: la confrontación de sentimientos y acciones con la idea de la muerte. Una persona que se muestra muy ansiosa de honores, muy susceptible, muy deseosa de juntar bienes materiales, muy vanidosa, podría sentir que todos esos sentimientos son un poco absurdos al pensar en la muerte. Ante ella es ridículo haberse pasado la vida tratando de juntar bienes materiales y honores. Ahora bien, este maestro está muy contento con su idea, y mientras habla con su discípulo en su casa, éste nota la presencia de una rata. El maestro le asegura entonces que todas las casas buenas tienen un defecto. En este caso es la rata. La explicación a la que se llega en esta historia es que esa rata inmensa, que un día va a devorar al maestro, es la muerte. Justamente, eso es la confrontación con la muerte. Pero el discípulo, que se siente muy seguro de su amor propio, muy sensitivo y de una gran ambición, tiene también una inteligencia rápida y le pregunta al maestro por el sentido de la cobardía. Es evidente que la cobardía posterga el encuentro con la rata, pero esa postergación no sirve para nada comparada con la muerte, que no tiene límites, que concede apenas unos días más. Con esa misma lógica, el homicidio queda justificado, porque si una persona va a morir, ¿qué importa si lo matan en ese momento? En ese duelo verbal, el maestro reconoce que el discípulo ha descubierto una limitación a la llave de la conducta, porque ha estado imaginando seres como ellos. Los criminales quedan fuera del mundo que él imagina. En ese cuento, en definitiva, Bioy juega al abogado del diablo. En sus propias palabras: “Yo estoy con el maestro porque no creo en las ambiciones ni en el amor propio, pero el asunto es que un día el discípulo encuentra muerto al maestro. Con el cuerpo destrozado por las dentelladas, el discípulo lo primero que piensa es que fue la rata. La policía no piensa igual y sospecha de él por su buena dentadura… pero al poco tiempo las sospechas se desvanecen. Todo vuelve a la normalidad: el discípulo recibe la casa del maestro como herencia y se va a vivir allí con su novia”.

 

En otro orden, Bioy Casares aseguraba que para él el suizo Benjamin Constant (1767-1830) era el mejor escritor francés de todos los tiempos. Una devoción que comenzó con la lectura del libro más conocido de este autor, Adolphe, y siguió con su biografía. A modo de testamento amoroso, Adolphe –un jovencísimo Don Juan introvertido que no desea atarse a nadie porque vive muy ocupado en sí mismo- relata sus desventuras en la ardua tarea de poner fin a una relación con Elléonore, una mujer diez años mayor que él (Silvina Ocampo era once años mayor que Bioy). Las contradicciones, las justificaciones y la fatalidad no faltan en este espléndido relato de apenas ciento veinte páginas, como tampoco la sensibilidad de Adolphe, aunque es incapaz de sentir pasión. En definitiva, un relato sobre el desamor.

Pero fue después de leer Cécile, también de Constant, obra donde se narra la relación que éste mantuvo con Charlotte de Marenholz, su segunda esposa, que Bioy escribió un ensayo titulado Cécile o Las perplejidades de la conducta. En él expresa: “Nuestra conducta es, frecuentemente, injustificable, y cada acto es quizá la consecuencia de todo nuestro pasado”. Señala Bioy que es posible que se engañe, pero se inclina “a vincular la debilidad de Constant con el principio de que debemos sacrificarnos por los demás, con la indiferencia por la propia suerte, con el diligente y ansioso temor de apenar a las personas queridas”.

Cécile, a pesar de que sus amigos le aconsejan que deje a su esposa y se vaya con su amante, siente que no es tan fácil llevar a la práctica los buenos consejos. Bioy se pregunta en este ensayo por qué amamos y por qué dejamos de amar, y transcribe otro pensamiento de Constant: Mi corazón se cansa de lo que tiene y añora lo que no tiene. Agrega: “Ignoramos nuestros sentimientos, pero no nuestro corazón y tememos –todo es tan delicado- que algún día, cuando esté perdido, lo que dejamos caer se revele, tardíamente, como el amor verdadero, el que debió ser feliz, el que nos desgarra”.

Las mujeres que amaron a Benjamin Constant fueron desdichadas. Las que amaron a Adolfo Bioy Casares, también.

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