Analyticas del Sur. Revista de psicoanlisis en la crtica cultural

Edición Nº 11 • Diciembre de 2021 •

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El sujeto sobre el que opera el psicoanálisis no es otro que el sujeto de la ciencia

Juan Pablo Lucchelli

Psiquiatra y psicoanalista, miembro de la Ecole de la Cause Freudienne y autor de más de una decena de libros y artículos especializados, es también médico jefe del Hôpital du Jura bernois en Suiza.

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Elisa Ferreira López @chu.alma

 

Empecemos por esta afirmación de Jacques Lacan, en principio muy paradójica, como él mismo lo reconoce: el sujeto sobre el que opera el psicoanálisis no es otro que el sujeto de la ciencia (1). El texto «Ciencia y verdad» se publicó en Cahiers pour l’Analyse en enero de 1966. La afirmación que nos ocupa es, cuanto menos, paradójica, ya que, en principio, si tanto el psicoanálisis como la ciencia se oponen en un punto, es precisamente en el estatus otorgado al sujeto. ¿No fue Lacan quien dijo que la ciencia es una ideología de la exclusión del sujeto? ¿Cómo entender entonces el paradigma que equipara, o incluso hace idénticos, el tema de la ciencia y el tema del psicoanálisis?

Es en L’oeuvre Claire donde Jean-Claude Milner declina la fórmula de Lacan «el sujeto sobre el que opera el psicoanálisis no es otro que el sujeto de la ciencia». Esta fórmula supondría tres afirmaciones implícitas: 1) que el psicoanálisis opera sobre un sujeto (y no, por ejemplo, sobre un yo); 2) que hay un sujeto de la ciencia; 3) que estos dos sujetos son el mismo sujeto. Está claro que, como señala Lacan, el término «sujeto» es diferente de «cualquier forma de individualidad empírica» (2).

Como señala Milner, la idea del «sujeto de la ciencia» no es en sí misma lacaniana. Aunque nunca haya hablado de este tema de manera explícita, se lo debemos a Koyré. Koyré estipula que la ciencia moderna comienza con Galileo, que introduce un «corte» (esta palabra tampoco se encuentra en la obra del epistemólogo) en todo conocimiento. Así, el corte galileano produciría efectos en diferentes discursos: la economía material (hipótesis de Althusser), la literatura (Barthes), la filosofía política (Leo Strauss, Carl Schmitt), las imágenes (Panofsky), la filosofía especulativa (Heidegger), la lista es elaborada por Milner. Estos son los autores del corte: cada uno de ellos ha elaborado un conocimiento afectado por el corte, el introducido por un cambio entre la episteme y la ciencia moderna.

En su comentario sobre el Menón, Lacan seguirá también a Koyré en el siguiente punto: aunque el niño (pais) sea capaz de recordar las matemáticas, «el hecho es que empieza por equivocarse » (3). Ante la «oscuridad del pasaje» en el que Platón expone el problema matemático presentado por Sócrates, el esclavo comienza a responder con un error: un error que cualquiera sería capaz de cometer (se trata del sentido común). El sentido común se guía por las apariencias. Para Platón, el sentido común sería lo que mejor se comparte: todos, la mayoría son capaces de ello: poetas, sofistas, retóricos, oradores. Es decir, todos aquellos que no hablan el lenguaje filosófico. Para Platón, la percepción no es la inteligencia (dianoia). El filósofo busca esto último. La episteme representa el conocimiento ya constituido, la ciencia, pero también cualquier profesión. En el Menón, Sócrates insiste con la famosa distinción entre la realidad de una cosa y su cualidad. Es en este punto donde Menón formula la paradoja que Sócrates se toma en serio, y la teoría de la reminiscencia es una respuesta a la misma: ¿cómo se puede pretender conocer algo de lo que no se tiene idea de lo que es? No se puede buscar conocer ni lo que se conoce (ya que sería estéril) ni lo que no se conoce, ya que aunque se encontrara no se sabría qué es lo que se busca.

Ahora podemos desvelar el significado de nuestro título. La ecuación de Lacan, relativa a la identidad entre el sujeto de la ciencia y el del psicoanálisis, debe más a Max Weber que a Descartes. En 1917, tres años antes de su muerte, Weber pronunció una conferencia en una librería de Munich titulada «Wissenschaft als Beruf«, que se puede traducir como «La ciencia como vocación» (4). La idea central de esta conferencia es que «el trabajo científico está ligado al progreso» (5). Apresurémonos a distinguir el progreso (escrito en cursiva en el original) de cualquier idea progresista, es decir, del significante «progreso» considerado como parte de un conjunto de valores. Por ejemplo, la obra de arte, dice Weber, no envejece. Por el contrario, gana valor con el tiempo. Mientras que, en la ciencia, una obra envejece en cuanto se publica. Entonces, “¿cuál es el destino, o más bien el sentido, al que está sometido y subordinado todo el trabajo científico, en un sentido muy concreto, como todos los demás elementos de la civilización que obedecen a la misma ley?”. Lo que nos interesa es que Weber no sólo piensa en la ciencia, sino también en «otros elementos de la civilización». Admitamos que el psicoanálisis podría estar incluido en este último grupo. Aquí Weber estaría siguiendo a Koyré sin saberlo. La respuesta de Weber es: toda obra científica está destinada a envejecer y a ser sustituida por otra. En cuanto se publica una teoría, ya está desfasada, ya no pertenece al campo de la ciencia como «plus-de-savoir» («más de saber»). Este «más-saber» es en cierto modo antinómico al conocimiento constituido de la ciencia (lo que Kuhn llama “ciencia normal”). «En principio, este progreso continúa al infinito», añade Weber, utilizando la palabra muy koyreana de infinito. Si hay un «sujeto de la ciencia», sólo puede ser el mecanismo, e incluso el circuito, del «más de saber » que hace que todo conocimiento constituido sea insuficiente, ya que, en cuanto se conoce, deja de formar parte del «más de saber». Sólo puede ser un «fragmento» de saber (la palabra fragmento es utilizada por Weber). No hace falta mucha imaginación para ver la posible analogía entre lo que se acaba de describir y el comentario lacaniano sobre el «cogito» cartesiano, su carácter «discontinuo, puntual y evanescente». En el seminario Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Lacan recoge los rasgos esenciales que Gueroult ya había atribuido al cogito cartesiano. Pero volvamos a Weber. No hace falta decir que el «sujeto» de la ciencia no se confunde con el individuo, el propio científico. Corresponde al circuito descrito anteriormente. Es el circuito propio de la ciencia moderna en el que el científico se ve impulsado por una insuficiencia de saber, impulso que podemos identificar con el «más de saber» propuesto por Milner. En cuanto se sabe, este nuevo conocimiento se excluye automáticamente del circuito. Supongamos entonces que el psicoanálisis, ese elemento de la civilización que obedece a la misma ley que la ciencia, en su exigencia de aportar siempre algo nuevo, de considerar cada sesión como la primera, participa de la misma estructura de «más de saber» que caracteriza a la ciencia.

Notas:

1- Lacan, J.: “La ciencia y la verdad”, Escritos 1, Seuil, París, p. 858.

2- Milner, J.-C.: La obra clara, Seuil, París, 1994, p. 34.

3- Lacan, J.: El seminario 2, El yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica, Seuil, París, 1978, p. 27.

4- Aquí seguimos a Milner, Le juif de savoir, Grasset, París, 2002, p. 60 et ss.

5- Weber, M.: El político y el científico, 10/18, 1963, p. 87.

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