Buenos días SEÑORía Zoe
(Rosario, 1992). Egresado de la carrera de Letras (Facultad de Filosofía y Letras, UBA) y maestrando en Estudios Literarios Latinoamericanos (UNTREF). Vicedirector de la Escuela de Educación Secundaria N° 6 “Carlos Saavedra Lamas” de San Isidro. Profesor a cargo de las cátedras de Didáctica de las prácticas del Lenguaje y la Literatura en el ISFDyT N° 52 de San Isidro y de Talleres de Alfabetización Inicial en el ISFD N° 140 de Tigre. Escribe sobre educación en distintos medios digitales. Actualmente colabora en revista Panamá.
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Presentación
El futuro llegó hace rato, dice la canción. ¿Qué efectos tiene en una de las, así llamadas por Sigmund Freud, profesiones imposibles, a saber; la educación?
La técnica, y su mitología, se impone y añeja debates en torno a la sexualidad, el ambiente y la inclusión al plantear, ahora sí, el fin de la historia educativa.
Federico Cano, quien habita y es habitado por el campo de la educación y sus paradigmas desde una reflexión crítica, no abre juicios, más bien constata la irrupción acelerada de la técnica y se detiene en sus efectos tomando posición: ni actitud negadora ni optimismo tecnofílico.
Este modo de plantear el problema acaso le permite circunscribir -a partir de una lectura atenta a las bodas entre la tecnología y el capitalismo-, y aislar su imposible, despejándolo del humus de la protesta humanista tanto como de su formalización en lo real.
Y esto lo acerca al psicoanálisis y su objeto.
Christian Gómez

S/t de la serie El espacio del adentro.
Xilopintura intervenida con óleo, 2022.
Inés Díaz Saubidet, IG: @inesdiazsaubidet
La semana del pasado 11 de agosto, en una escuela de Santa Fe, se realizó la primera prueba piloto en América Latina de un curso escolar dictado por una Inteligencia Artificial, Zoe. Fue en Villa Cañás, una pequeña localidad agropecuaria del sur santafecino. El paraje es conocido por dar nacimiento a la más relevante de nuestras estrellas televisivas, Mirtha Legrand. El experimento consta de un curso extracurricular de ocho módulos, que los estudiantes de la secundaria del Colegio San José realizan a través de Whatsapp o una aplicación particular, con pequeñas clases-tutoriales de 15 minutos, en las que van interactuando de manera personalizada con la profesora virtual, que a su vez aumenta progresivamente la dificultad de las ejercitaciones. El curso está dedicado a distintos aspectos de la gestión digital y uso de Inteligencia Artificial.
El acontecimiento pasó relativamente desapercibido. Si bien contó con la cobertura de ocasión de los medios nacionales, la novedad se tramitó más en la curiosidad que en las transformaciones inquietantes que comienzan a disponerse en el campo educativo. No importan tanto los resultados de esta experiencia institucional en particular, con el acompañamiento y el andamiaje virtuoso que otorgan la excepción y el prestigio de la ocasión —con la atención de los especialistas, las publicaciones, las instituciones superiores—, sino, antes, la apertura pronta de un ciclo de debates extraños en torno al futuro de la educación. Extraños, porque los lenguajes técnicos que repentinamente asaltan las conciencias docentes no estaban ni remotamente cerca de la glosa pedagógica que fue madurando en las últimas casi dos décadas ligadas a la Ley de Educación Nacional, del 2006. Temas como la ESI, la Educación Ambiental y algo del propio paradigma inclusivo, comienzan a perder centralidad no sólo por responsabilidad de los oficios políticos (los desfinanciamientos, los recortes presupuestarios, los cierres de posgrados y formaciones docentes, etcétera, etcétera), o incluso los excesos de cierto wokismo pedagógico que allanaron sus contraculturas, sino –y quizás, sobre todo- por la imposición furiosa del desarrollo de las fuerzas técnicas y las mitologías cognitivas que ocupan la imaginación histórica de este tiempo. La rumia, cada vez más entorpecida e impotente, del problema del uso del celular en las aulas (con todas sus restricciones, sus prohibiciones, sus acuerdos de convivencia digital) empieza a quedar sorpresivamente vieja en plenarias y reuniones docentes, aún ganándole terreno a otros tópicos más recurridos hace algunos años. En última instancia, lo que está querellado es lo que se creía que la escuela monopolizaba entre niñeces y juventudes –en los planos jurídicos y simbólicos-: el conocimiento. Y su ética.
Es notable el contraste escénico: el imaginario aceleracionista del impulsor de la iniciativa, el argentino Chris Meniw, compatriota de nombre heterodoxo, y los perfiles rurales de Villa Cañás, su plaza, sus silos, su salida a la laguna. Son imágenes idílicas, bucólicas, que subestiman la tecnificación de la actividad agropecuaria. Su dicción, tan pegada al imaginario del paraje rural, podría ser convocada por Alejandro Fantino para explicarle una fórmula macroeconómica al vecino que lo está viendo en directo. Meniw es uno de los creadores de Zoe y tuvo su semana mediática. En C5N arrancó: “Zoe viene a cambiar la educación”. La aplicación fue desarrollada entre Estados Unidos, Ecuador y Argentina por la empresa Humanversum.
En una investigación minuciosa (https://huelladelsur.ar/2025/08/14/docentes-en-lucha-mientras-desde-delaware-irrumpe-zoe-la-profesora-ia/), el ensayista e investigador educativo Darío Balvidares reveló que la empresa tiene jurisdicción en el paraíso fiscal de Delawere, en Estados Unidos, anotado como “una compañía fiduciaria, una figura legal utilizada habitualmente para la gestión de activos, fideicomisos o transacciones financieras complejas”. En simultáneo, la compañía “mantiene una alianza estratégica con el Grupo Doctrina Qualitas, entidad que certifica sus programas y le otorga el ´Sello de Calidad Educativa de Excelencia EQS´. Además, sus cursos son avalados por Sabal University, una universidad estadounidense del mismo grupo empresarial”. Una red de certificación de títulos, que proyectan avanzar sin contrataciones docentes en el mercado latinoamericano de la enseñanza. Hay algo con los nombres, Humanversum o Zoe, que más acá de sus connotaciones agambenianas, remiten a las tropelías picarescas de Cositorto.
El entusiasmo de Meniw por decretar el fin de la historia educativa se desvanece rápido en el rentable objetivo de “suplir el faltante de docentes”. Habla rápido y seguro y lleva la impronta ya inconfundible del aspirante a gran empresario high tech. Tiene el físico de un marine norteamericano y el habla viril como quien viene del futuro y te pregunta seductor: “¿no te enteraste…?”. Caracteriza, enfático, pero evidenciando una intensa falta de conocimiento de campo, una “crisis educativa”, que “los chicos no entienden lo que leen” y que “ya no sirve de nada aprenderse las tablas de memoria”. Son todos lugares comunes, aceptados sin más, que tienden a ponderar los temas educativos desde ángulos improductivos. Y sin embargo, entre sus arrebatos de confianza, el argentino Meniw entrelaza conceptos de ecos, otra vez, extraños: “metacognición”, “castas tecnológicas y biológicas”, “súper humanos”, “poblaciones biológicamente inferiores”, “ondas electromagnéticas que determinan patrones de futuro de la vida de los niños”, “lectura de mentes”. Son tópicos no tan asépticos como se presentan y en sus trasfondos terribles, inconscientes, hacen sonar los tambores eugenésicos. Por lo pronto, en el terreno de las escuelas argentinas, apenas fantasías. Otros aspectos de los postulados de Meniw, en cambio, son más familiares en el campo educativo, hasta un poco gastados: el docente como coaching y acompañante, el desarrollo de las habilidades blandas o la personalización de la educación. Son manchones temáticos que colonizan diseños curriculares y propuestas didácticas. Las ideologías fragmentarias, hechas a martillazos de scrolleo, ya tienen una amplia sección en materia de educación; la “pinterestzación educativa”, puntuó en sus redes Vanesa Giordano.
En diálogo con Página 12 (https://www.pagina12.com.ar/846068-zoe-una-ia-que-dara-una-clase-en-santa-fe), Chris Meniw –que es embajador de la ONU en temas educativos- contó un poco de su historia y sus ganas repentinas, mientras trabajaba en la India como director de la Cámara de Comercio Indo-Argentina, de “hacer cosas por los demás” y que “la gente tenga un mejor futuro”. Relata que fue víctima de bullying durante su escolaridad y que le decían que “no (le) daba la cabeza”. Por este motivo, Meniw tuvo que cursar el secundario en condición de libre. Ya en la universidad, utilizaba grafitis como ayuda mnemotécnica y un dispositivo como el que él creó, Zoe, le hubiese cambiado la vida “porque no tenía un acompañamiento que me ayudara con la hiperactividad y con el déficit de atención. Yo hubiese necesitado un asistente que esté conmigo las 24 horas para que me guíen en lo que a mí me apasionaba”. Son hilados que nos llevan a su faceta más reprimida, pero latente.
Su caso actúa como testigo de una proliferación notable en las escuelas, “para los niños pobres que tienen hambre y los niños ricos que tienen tristeza”, de diagnósticos como los que, se ve, también le tocaron: la hiperactividad y los déficits de atención. Esas dos palabras construyen alrededor de una masa inmensa y creciente de pibes y pibas mecanismos excepcionales de cursada o acreditación de materias que, si no se está sólido para bancar estos arrebatos de la premura diagnóstica de los adultos, sólo colaboran a exacerbar las angustias de nuestros chicos. La extensión del mercado de medicalización precoz es, por momentos, menos inquietante que la fiebre de nominalización que es la evidencia dolorosa de una profunda incomprensión adulta (de las familias, de las escuelas) sobre los pesares y deseos de la muchachada –es cierto, subjetivada con los dispositivos electrónicos en la mano. Dejar de poner carteles abrumadores en la frente de los chicos y favorecer una escucha sensible y amorosa, creativa, son tareas urgentes, en el camino de humanizar una educación que tiende hacia nuevas incorporaciones técnicas.
Y también la cursada libre de su trayecto por la secundaria. La crónica de un niño solo frente a la pantalla. Su caso importa en tanto expresa una modalidad que, a diferencia de la extendida pulsión diagnóstica, actúa más fantasmáticamente: la educación en casa. Es evidente que no es lo mismo abandonar la escuela que cursarla virtualmente en el hogar. En una, es probable que una variedad de contextos y circunstancias hayan horadado una trayectoria escolar débil, que tiende a palidecer. Es un fenómeno más propio de los sectores empobrecidos y golpeados. En cambio, la educación online se convirtió en una demanda cada vez más extendida. En carreras universitarias y profesorados docentes ya es casi un derecho adquirido. Pero en la primaria y la secundaria –legalmente prohibido- tiende a incorporarse en excepciones débiles pero insistentes (la clase que un profe falta, el día que hubo una inclemencia climática, la jornada del paro de transportes, la reunión del equipo docente). Son otras formas del acto educativo y, como durante la pandemia, la creatividad pedagógica garantiza aprendizajes valiosos. Otra cosa es, sin embargo, la exigencia de alguna familia, la radicalidad de un diagnóstico terapéutico, o más sencillamente, algunas mamás que, frustradas por lo imposible de sacar a sus hijos de la cama luego de una noche interminable de pantalla, piden y piden fotos del pizarrón, de carpetas, audios de profesores, videos de formaciones, generando un acostumbramiento perezoso, que aleja al pibe, la piba, del contacto educativo[1]. Si el abandono escolar era caracterizado desde la perspectiva de las circunstancias que empobrecen una trayectoria educativa, la decisión de estudiar solo y desde casa implica otros imaginarios libidinales alrededor de los caminos hacia el conocimiento. Ya en su ley ómnibus de principios del 2024, el gobierno de Milei había intentado, sin éxito, desregular la obligatoriedad de la educación presencial y habilitar el “homeschooling” o educación a distancia a partir del cuarto grado de la primaria. Anticipos.
Aunque así lo pretendan los Humanversum, la aparición de la IA Zoe en las aulas de Villa Cañás no será el asesinato de los Francisco Fernando de Austria de la educación argentina. No constituye en sí ningún cambio de paradigma, pero sí suma y sedimenta en la reflexión educativa (la de sus referentes teóricos e intelectuales, claro, pero sobre todo en la base terrosa del ejercicio escolar cotidiano) sobre las dificultades y desafíos que presenta la tecnificación acelerada del trabajo, el conocimiento y la cultura, en superposición con la tecnología escolar, dispositivo organizador de tiempos y espacios, forma de atribución de valores y ciudadanías, que está sufriendo –un sufrimiento que es cansancio, desánimo o aplacamiento intelectual- de tanto correr de atrás las derivas sensibles del tiempo. Paradigmas básicos del ejercicio pedagógico —cómo se aprende a leer y a escribir, qué implica transitar por las prácticas del lenguaje y la cultura, cómo operativizar el ejercicio matemático, las maneras equilibradas de contacto con la naturaleza y la comprensión crítica de los acontecimientos históricos legados— están todos puestos en revisión. El pibe no puede agarrar más o menos la lapicera, pero es un crack en la motricidad que exige el jueguito en cuestión. La piba recupera mejor el imaginario mítico de los griegos producto de sus noches largas en la cultura fantasy de YouTube, que la hacen llegar siempre tarde. La maestra que frunce el ceño para escanear un QR; el profe que se niega al Google Classroom. La polémica resulta tierna cuando se ve un debate agitado entre dos compañeros sobre cómo incorporar responsablemente herramientas como el ChatGPT cuando los chicos lo usan como machete en los exámenes, en una escuela en donde el personal administrativo se comparte los datos del celular para poder trabajar en un Drive. El desfasaje no contempla, además, ciertos aspectos sensibles: no sabemos decir si la IA dimensiona el rol de una preceptora que, lista de papel en mano, cuenta cabecitas con su lapicera a la vuelta del recreo. Ese sustrato, para bien o para mal, no logrará ser capturado por la ecuación algorítmica. Da la sensación de que hay quienes pretenden apurar el cambio antropológico que pregonan, que anticipan. Hay mucha ansiedad. También límites económicos, ambientales y sociohistóricos que ponen paños fríos a tanta gula; Alejando Galliano ensayó al respecto (https://revistasupernova.com/nota/la-banalidad-de-la-ia).
Tampoco serviría de nada una actitud negadora o un repliegue sobre la “vieja escuela”, constructo más bien mítico de orden y respeto. En el progresismo educativo, la IA sigue siendo mirada con sospecha; se observa este nuevo trazo del desarrollo técnico como parte de una escenografía hostil para batallas políticas en curso contra las derechas expansivas. Motivos no faltan. Están también los docentes más desamparados, que están al borde de perder todas las expectativas, que frente a la imagen de un chico haciendo una tarea con un celular sólo ven abulia y desinterés. También circulan los optimistas tecnofílicos, convencidos de que pronto serán prescindibles y está bien que así sea: un conservadurismo disfrazado, que en el fondo piensa que los enormes déficits de la escuela para dar respuesta a las demandas aceleradas se solucionan, de una vez por todas, con un pasaje de manos, la papa caliente que va del docente al robot.
Es evidente que la IA, en su edad temprana, comienza a modular las formas de la socialización, el trabajo y la cultura. Como con la computación hace no tanto, o los idiomas un poco antes, trazará nuevos márgenes de inclusión/exclusión en los proyectos personales de los chicos y adolescentes. Si la reflexión educativa es ajena a esta realidad, que impacta en la articulación posterior con los estudios superiores y el mundo del trabajo, y encara el problema sólo desde iniciativas prohibicionistas, quedará aún más relegada en la tarea histórica de impartir conocimiento válido y significativo. Pero si se enamora del objeto sin valorar las dimensiones intensas y silenciosas del quehacer de los cuerpos en la escuela, como el náufrago se apega a la tabla de madera, acentuará su condición de perdida. El pensamiento pedagógico y la acción educativa tienen que apurar el trote para asumir estos desafíos.
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Este artículo fue publicado originalmente en revista Panamá en agosto de 2025 (https://panamarevista.com/buenos-dias-senoria-zoe/)
Notas:
[1] En su Realismo capitalista (2016), Mark Fisher intuía: “Muchos de los jóvenes a los que he enseñado se encontraban en lo que llamaría un estado de hedonia depresiva. Usualmente, la depresión se caracteriza por la anhedonia, mientras que el cuadro al que me refiero no se constituye tanto por la incapacidad de sentir placer como por la incapacidad para hacer cualquier cosa que no sea buscar placer. (…) En buena medida, este fenómeno es consecuencia de la ambigua posición estructural de los estudiantes, que se divide entre su antiguo rol como sujetos de las instituciones disciplinarias y su nuevo estatus como consumidores de servicios”.



