Algunas puntuaciones sobre la práctica de la letra y sus resonancias
Miembro y docente del Instituto Pragma- APLP. Miembro de la Red AAPP (Asociaciones Analíticas y Publicaciones Periódicas). Actual coordinadora del grupo de investigación “El caso, del conflicto a la solución”. Autora de diversos artículos publicados en libros y revistas de psicoanálisis.
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S/t de la serie Tejer es escuchar.
Dibujo con plumin y tinta china sobre papel. 2025.
Inés Díaz Saubidet, IG: @inesdiazsaubidet
Buenos días a todos, agradezco al consejo de la Red que haya aceptado mi propuesta para participar en los comentarios de esta primera clase del seminario de la Red AAPP. Siempre genera entusiasmo el encuentro con los amigos de la red, un entusiasmo que se renueva este año a partir de la propuesta del programa y de un trabajo de seminario que implique la transmisión de un modo de leer de cada uno, según su interés o su cosquilla particular como decía Christian Gómez.
El argumento de este programa, que acaba de desarrollar Christian proponiendo un recorrido de lecturas que nos permita debatir sobre la pregunta acerca de hacia dónde va el malentendido analítico, incluyó también el tomar referencias a otros campos del saber que interesan al psicoanálisis, entre ellos la literatura. Lacan se valió de la literatura a lo largo de toda su enseñanza, y, como señalaba Christian, en su última enseñanza y a partir de la referencia a James Joyce, propuso la solución sinthome como fin de análisis.
Muchas veces se retoma la frase en la que Lacan, en el “Homenaje a Marguerite Duras”, se refiere al artista como aquel que precede y le abre el camino al psicoanalista. El artista como el que tiene un saber hacer, un procedimiento a través del cual se produce un nuevo decir, que aquí ligamos al significante nuevo del que habla J.-A. Miller en el fin de análisis; un decir que no se refiere a una retórica bella, sino que dice algo sobre aquello imposible de decir de la muerte y la sexualidad. Más allá de la hystorización y los efectos de significación que se producen por la vía del desciframiento en un análisis, resta lo no dicho, un goce silencioso, goce de lalengua de cada uno que, en tanto se haga agudeza, resuene en otros.
Elegí retomar un texto de Enrique Acuña sobre Aurora Venturini [1], porque creo que nos sirve para introducir algunos de los temas propuestos en el programa.
La práctica de la letra
Una de las cuestiones que subraya Enrique en Aurora Venturini es la influencia del surrealismo en su obra, y de los llamados poetas malditos, entre ellos Isidore Ducasse, el conde de Lautremont.
Me interesó retomar, en este sentido, algo que plantea Miller en su curso La fuga del sentido[2], donde se refiere al debate de Lacan con la escuela surrealista en su escrito “La instancia de la letra en el inconsciente o la razón desde Freud”. Miller subraya en el surrealismo una práctica de la letra que excluye la semántica o la dimensión de la comunicación del lenguaje. Se trata de un método que implica el juego de palabras, la experimentación con la homofonía. Se toma a las palabras, en su dimensión de materia fónica, más allá de su deber de significar. La operación surrealista implica los siguientes pasos[3]: Primero, se separa a la palabra de su deber de significar (palabras sin arrugas, sin memoria, despojadas de una semántica normalizadora); segundo, lo que se toma es su dimensión de materia literal y sonora; tercero, se manipula esa materia con “rigor matemático”; cuarto, surgen nuevas palabras “creadoras de energía”; quinto, se apunta a una función de conocimiento, captación de un sentido particular[4]. Toma el ejemplo de una serie de juegos de palabras creados por Duchamp y retomados por Breton. Se trata de 6 juegos de palabras que “en el fondo hablan de una sola cosa (…) hay allí la insistencia de una representación del acto sexual”. “El primero, con su maquinaria elemental, juega simplemente con la palabra incesto y con la palabra insecto y (…) con todo el rigor matemático, pues formamos la segunda palabra permutando simplemente dos letras en relación con la primera (…) Tenemos luego el vocablo que va a desprenderse en relación con este juego de palabras: incesticida (…) Podemos, a partir de la estructura verbal del francés (también del español) concluir que se trata de matar al progenitor con quien uno se ha acostado.”[5] Se trata de un neologismo, palabra que deja pasar un sentido nuevo y que Breton subraya como “creadora de energía”, cuestión que, señala Miller, indica la influencia freudiana de la libido como energía.
Enrique Acuña señala en Aurora Venturini su práctica de la letra y un modo de decir lo que no está dicho “sino en los lapsus de cierta retórica”. Subraya por ejemplo el uso de neologismos (abrupteces, baratijada) o los brutales e ingeniosos insultos (Inés Orete, la empleada malvada que la envenena en Los rieles), que producen “un fenómeno estético único en español”.
Ganancia de placer-displacer, la risa y el horror
Otra de las cuestiones que subraya Acuña, a diferencia de los surrealistas que planteaban su método como “la alianza del rigor matemático y la ausencia de elementos cómicos”[6], es el efecto en el lector, ya que, en Venturini “la risa escapa en el lector”. Aquí pone en juego lo que Christian Gómez señalaba en relación a la ganancia de placer en Freud, ganancia de placer que se plantea en el receptor, y señala un pasaje del goce solitario de cada uno (del escritor) al goce que se produce en el receptor, allí donde algo de lalengua de cada uno pasa en la agudeza y toca al receptor.
Miller plantea que en la enseñanza de Lacan hay un pasaje del chiste al juego de palabras. Comienza por tomar el chiste como formación del inconsciente en Freud, ligado al inconsciente estructurado como un lenguaje, a una sintaxis, y más avanzada su enseñanza se produce un pasaje a los juegos de palabras, al equívoco, a los juegos homofónicos. Pero agrega en esta dirección que no se puede separar como dos lugares disyuntos el chiste por un lado y el juego de palabras por otro [7]. Hay chistes que no se fundan en la homofonía, hay juegos homofónicos que no producen efecto cómico. Pero plantea una subclase de chistes que juegan con la homofonía y el equívoco, como el famoso famillonario de Freud. En este tipo de chistes es necesario que tanto el interlocutor como el receptor pongan en jaque al Otro de la lengua que indica cómo se debe decir y escribir. Se trata de la agudeza que permite decir algo nuevo y que produce lo que Freud situaba como la ganancia de placer.
Enrique Acuña ubica este efecto de ganancia de placer, la risa, así como de displacer, tristeza o el horror, en los textos de Aurora Venturini. La escritora platense da muestras de un nuevo decir acerca de lo real de la muerte (Los rieles), sobre la minusvalía (Justina, Nanina y el Doctor Rorscharch, Las primas), o sobre las mujeres una por una en los personajes que crea y recrea.
Otra cuestión que podemos situar en el texto de Enrique es lo que Christian planteaba, siguiendo a Freud en “El chiste y su relación con lo inconsciente”, en relación a la capacidad de algunos para la agudeza como una potencia del alma.
Dice Acuña: “el Daimon griego, el Genius latino, un ser fantasmal que baja cada tanto del Cielo como asciende desde el Infierno, causando un acto creador. Su paso por el lenguaje designa una instancia superior que Sócrates percibía como el relámpago que duraba un instante, iluminando su Banquete con la palabra. El Daimon es una voz que puede pendular entre lo dulce de un ángel o lo ronco de un demonio, según predominen los prodigios de Eros o los destinos funestos de Tanathos. De esa posesión testimonia Aurora Venturini. Pero sucede que ese espíritu inspirador viene a tocar otra instancia, la de la letra, que en el inconsciente del autor se cifra como un jeroglífico y se descifra en el ejercicio de la interpretación según los fantasmas de cada lector. Por eso el escritor -si hace resonar esa cuerda- se anticipa al psicoanalista y le muestra el camino por el que “la práctica de la letra converge con el uso del inconsciente.”
En Aurora, quien incluye en su genealogía poética la tradición de los poetas malditos, podemos suponer ese demonio causando el acto creador. Ella traduce los Cantos de Maldoror, en los que se construye una trinidad satánica conformada por el Padre Isidore Ducasse, el Hijo conde de Lautremont (l`autre mont, otro monte, no el conde de Montecristo), y Maldoror, un Espíritu maldito; los tres componen una unidad maldita dirá Aurora, quien a su vez se inscribe en ella a partir de la homofonía entre Maldoror y “mal d`aurore” o mal de Aurora[8].
Se trata del mal que habita al sujeto, el goce imposible de decir, que el poeta es capaz de captar o transmitir por la vía de la invención, generando efectos de interpretación según la cuerda que haga resonar en cada lector. Como decía Christian, cabría esperar que un análisis conduzca al sujeto, luego de las vueltas dichas y los efectos de desciframiento, a la producción de un significante nuevo que resuene en otros.
Gracias.
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Intervención, a modo de comentario de la clase dictada por Christian Gómez, en el marco del Seminario de la Red de Asociaciones Analíticas y Publicaciones Periódicas (AAPP) «¿Hacia dónde va el malentendido analítico? –de la agudeza que hay en lalengua-«, el 26 de abril de 2025.
Notas:
[1] https://analyticadelsur.com.ar/el-paso-del-daimon-mujeres-en-aurora-venturini/
[2] Miller, Jacques Alain: La fuga del sentido, Buenos Aires, Paidós, 2012.
[3] Aquí Miller se refiere al texto de André Breton “Los pasos perdidos” publicado en la revista Littérature en el año 1922.
[4] Miller, Jacques Alain: La fuga del sentido, Buenos Aires, Paidós, 2012, pág. 80.
[5] Ibid., pág. 74-75.
[6] Ibid., pág. 73.
[7] Ibid., pág. 102.
[8] En Cantos de Maldoror: Satánica Trinidad, Buenos Aires, Alberto Verdaguer Editor, traducido por Aurora Venturini, pág. 178.



