Herejía y transmisión en psicoanálisis
Psicoanalista en Barcelona, miembro de la ELP y la AMP. Co-director de la maestría “Actuación clínica en psicoanálisis y psicopatología” y del posgrado-experto “Abordaje interdisciplinar de la salud mental infantojuvenil”, ambos de la Universidad de Barcelona.
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S/t de la serie Tejer es escuchar.
Dibujo con plumin y tinta china sobre papel. 2025.
Inés Díaz Saubidet, IG: @inesdiazsaubidet
Introducción
Voy a partir del final del argumento: la pregunta que da título al Seminario de este año interesa también por poner en juego “el fin del análisis y su modo de transmisión”. La frase abre a la ambigüedad; elijo su sentido amplio: que apunta a la transmisión del psicoanálisis, y no solamente a la transmisión del fin del análisis. ¿Cómo transmitir el objeto, el motivo, la finalidad del psicoanálisis como práctica?
La primera impresión es que este sesgo del argumento dificulta que la segunda parte del título responda a la primera. Si nos preguntamos a dónde va la transmisión del psicoanálisis, es difícil que podamos responder “hacia el chiste, hacia la ocurrencia de la lengua”. Sí, quizás, podríamos apelar a que el esfuerzo de transmisión es de la teoría, la episteme, la clínica…
Si hay agudeza, si hay neologismo, el esfuerzo de transmisión lo lleva al concepto, a su alcance formalizado. A explicitar y elaborar lo que en el chiste es un leer entre líneas implícito. Si decimos ‘lalengua’, por ejemplo, la transmisión no pasa por el efecto de la ocurrencia (surge de un malentendido de alguien de su auditorio), sino por cómo Lacan hace de ese malentendido un concepto elucidado, articulado a otros. Basta pedir a un neófito que lea cualquiera de nuestros textos para que constate como evidencia que el esfuerzo y el razonamiento tienen ahí mucho más peso que el Witz. Ello, incluso, aunque postulemos que no es sino la agudeza lo que se transmite… Lo cual es muy posible, pero es manifiesto que no resulta fácil elucidar cómo.
Y tomando esta vez el inicio del argumento, cabe decir que hay justamente un eje del Jung de Freud al Joyce de Lacan, en lo que refiere al camino respecto del Quo Vadis del psicoanálisis; o, dicho de otro modo, un camino que va de la herencia a la herejía. Este eje que les propongo tiene su estación de origen en el texto de Freud “Historia del movimiento psicoanalítico”, en 1914; y su estación de destino en un texto de Éric Laurent: “Lacan herético”.
Tanto en un análisis, como en la propuesta de recorrido de hoy, partimos de la historia, para alcanzar la estructura, y lo que ésta delimita como no enteramente capturado por ella.
1. El cuerpo significantizado y sus bordes: significante puro y objeto voz
Propuse la siguiente cita a modo de baliza del recorrido:
“Si no hemos tenido miedo de mostrar las fuerzas de disociación a las que está sometida la herencia freudiana, hagamos patente la notable persistencia de que ha dado pruebas la institución psicoanalítica.
Tendremos en ello tanto menos mérito cuanto que no encontramos en ningún sitio confirmación más deslumbrante de la virtud que atribuimos al significante puro. Pues en el uso que se hace en ella de los conceptos freudianos, ¿cómo no ver que su significación no entra para nada? Y con todo no a otra cosa sino a su presencia puede atribuirse el hecho de que la asociación no se haya roto todavía para dispersarse en la confusión de Babel.
Así la coherencia mantenida de ese gran cuerpo nos hace pensar en la imaginación singular que el genio de Poe propone a nuestra reflexión en la historia extraordinaria del “Caso del señor Valdemar”.[1]
En 1956, no es el neologismo, sino el significante puro despojado de su alcance de concepto, lo que da unidad al cuerpo social de los analistas en esa Babel de pensamiento propio de la IPA. Eso no parece excluir el hecho de que Freud inventara conceptos, pero no es el acento del neologismo y su satisfacción el que Lacan pone en primer plano como sostén de ese saber en torno del cual se configura la comunidad analítica.
Situemos el contexto de la cita. En Freud, hay conceptos no preceptos, de una razón. Los conceptos no son intuición. Lacan menciona entonces las derivas respecto de la transferencia (pensada en los 50 como un sentimiento experimentado por el paciente, se olvida su resorte significante); y la resistencia (se usaba entonces como mera oposición, en su uso vulgar). En “Historia del movimiento psicoanalítico” Freud define la teoría psicoanalítica, enteramente, como el esfuerzo por comprender dos hechos, dos experiencias: la transferencia, y las resistencias. Ello nos da un posible marco de la ortodoxia freudiana.
Lacan por su parte considera a la transferencia la consecuencia de la invitación a la palabra. Y a la resistencia eso que, en tanto fenómeno imaginario, se opone a su despliegue. Así, diagnostica: “las formas del ritual técnico se valorizan a medida que se degradan sus objetivos”. Ante esa deriva, Lacan opone su tesis fuerte: el significante precede a toda cogitación. Es el motivo por el cual sostendrá un “¡cuídense de comprender!”. Y es pertinente aquí resaltar una cita del texto que nos interesa para nuestro Seminario: “Que una de sus orejas se ensordezca, en la misma medida en que la otra debe ser aguda”. Hay que escuchar sonidos, fonemas, sin omitir las pausas y escansiones. Esto ya está planteado de forma explícita por Lacan en 1956.
Ahora bien: el significante puro que se trata de leer no es el del Witz. Lacan sentencia con su tesis fuerte del texto: «las leyes de la intersubjetividad son matemáticas». Lo cual equivale a considerar la estructura (posibilidad misma de la acción clínica) como razón última de la aparente sociología que puede situarse en los lazos intersubjetivos en la IPA.
Lean con detenimiento la segunda parte del texto, dónde Lacan describe los grupos que, en la IPA, operan como paradójicas fuerzas de disociación y persistencia. Descubrirán que se ordenan según las coordenadas del esquema L, que Lacan había trabajado en su segundo Seminario, pocos meses antes de la redacción de este texto.
No obstante, el significante puro no se sostiene por sí mismo, sino de una prefiguración del objeto voz y su efecto de sostén del cuerpo. Cabe situarlo, a partir de la imagen del señor Valdemar en el cuento de Poe:
(a) entre el ensordecedor aliento de la muerte que grita en el “muro de silencio” que Lacan constata entre las suficiencias (el ser miembro, el grado de validación de la IPA) y los zapatitos (los que, incómodos, angustiados, aspiran a ser reconocidos).
(b) en la llamada que los Bien-necesarios dirigen a las Beatitudes, de quienes esperan “el oráculo, el veredicto” que resolverá sus preguntas en falso.
Lacan es explícito: la voz que sostendrá la pervivencia de la IPA es la de Freud, la voz de un muerto. Al final de su texto, advierte: la vida que Freud insufla en un Eros que no desconoce la pulsión de muerte puede despertar; ello, siempre que su lectura “no se confunda con los cuidados de una sepultura decente”.
2. Causas y discursos
¿Cuándo empezaron a vaciarse las significaciones que propuso Freud para sus conceptos? Se los vacía para hacerlos huecos, mera sepultura, o para hacer de ellos vacío de sentido para captar las coordenadas de su alcance real, y captar lo que circunscriben.
Ya en su “Historia del movimiento psicoanalítico” un Freud furibundo denuncia las operaciones contra el psicoanálisis: desde su nacimiento, pero también en su herencia a la generación inmediatamente posterior a la de Freud.
Admite de entrada el precio que tuvo que pagar por el saber nuevo: “indignado rechazo”, “mala acogida”, “vacío”, aislamiento… En consecuencia, Freud consideró que trabajaba «para una generación de investigadores”, y particularmente en lo que refiere a las relaciones del psicoanálisis con la ciencia. Opina que ello se «realizará a penas se venzan las resistencias”. Tenemos aquí una primera pista de lo que luego Lacan leerá como el efecto imaginario que entorpece, en la técnica, la verdad inconsciente.
Pero ¿qué lugar ocupó Freud en esas resistencias del grupo analítico? En 1902 ya contaba con médicos “jóvenes” a su alrededor: querían “aprender, ejercer y difundir el psicoanálisis”. Muy pronto capta el “mal presagio”. Freud se “enajena interiormente” a ese círculo. No consiguió la armonía amistosa necesaria, ni ahogar las disputas. La autonomía, la independencia del maestro, solo lleva a buenos resultados cuando los sujetos reúnen condiciones personales harto raras, admite.
Su elección de Jung como heredero resultó «harto desgraciada«. La creación de la IPA respondía a poner coto a lo que era psicoanálisis y lo que no.
Y con ella, en buena lógica, surgieron los primeros movimientos separatistas consumados: Jung y Adler. Freud debió haber analizado el grupo analítico como analizaba la neurosis (primer paso hacia Psicología de las masas).
Adler crea una Unión para el psicoanálisis libre, por oposición al “oficial”, el “ortodoxo”. Desarrolla una teoría sistemática, punto que el psicoanálisis siempre evitó, poniendo el acento en una racionalización yoica que cubre el motivo inconsciente reprimido. “El yo juega ahí el risible papel del payaso de circo” ironiza Freud: busca hacer creer a los espectadores que todo lo que sucede en el espectáculo es por su voluntad. El yo aparece como denegación de la sexualidad, y el conflicto yoico recusa la verdad reprimida.
Jung, por su parte, presenta su teoría como nuevo modo de vencer las resistencias. Freud replica: cuanto más se sacrifiquen las verdades ganadas a duras penas por el psicoanálisis, en efecto más desaparecen las resistencias. El ‘avance’ suizo no era otra cosa que renunciar al factor sexual: la vaguedad del sentido religioso opera la denegación de la sexualidad, y viene a erradicar el punto real de la transferencia.
Represión y transferencia son pues los dos ejes que, rechazados, indican el factor sexual. Las resistencias se visten de novedad conceptual, de sistema.
Esto, si lo pensamos con detenimiento, interpela la posición de Lacan: ¿Cómo es posible una formalización asistemática? Cabe considerar que la herejía de Lacan respecto de la IPA tuvo coordenadas más allá de su estilo, del Retorno a Freud, de sus críticas a la IPA. Lo asistemático en su formalización es el lugar central del acto herético, que encuentra su lógica.
Éric Laurent, en su texto “Lacan herético”, indica que Lacan perseguía “instaurar una nueva formación psicoanalítica que no fuese mentirosa”. A este respecto, tiene valor considerar la polisemia de la palabra ‘formación’: los heréticos no hacen ejército, sino que serían vectores disparejos, y prestarles atención lleva a la desorientación. ¿Qué desorienta? “La turbulenta carga libidinal del que actúa out of the box”: es aquél que no dice ‘piensa’, sino que dice ‘actúa’.
Laurent también advierte que Lacan colocará finalmente, a diferencia de Freud, a la ciencia y la religión del mismo lado, como modos de cristalizar el sentido. Se distinguen así del psicoanálisis, esta vez como índice de lo real. Permite precisar, afinar el sinthome, que es en último término (pero también desde un inicio) elección forzada (haeresis). El esfuerzo epistémico y ético de Lacan pueden situarse de ese mismo lado, el de la herejía. Son particularmente dos las operaciones herejes de Lacan que Laurent indica:
La primera, es el postular el inconsciente como radical, pues se desvela como amor al Otro. Laurent indica que “el camino herético no es el de la opinión, sino el de la certeza del amor” al Otro radical, el que no puedo conocer. Del lado del no todo, el amor reemplaza a la garantía fálica que proporciona el amor a lo mismo. Se obtiene la certeza a partir de su consecuencia: el acontecimiento de cuerpo. La oposición entre amor narcisista y amor héteros permite ubicar el lugar y la función del amor de transferencia en la experiencia analítica.
La segunda, implica el giro de Lacan hacia Joyce. En el escritor irlandés, en su obra, Lacan encuentra un orden inmanente en su propia escritura, ese fuera de sentido (“catecismo matemático” lo llama Joyce) que insiste en fijar el “ruido de la lengua”. Hay aquí haeresis también, pues para Joyce todo el arte consistía en elegir el orden de los significantes en la frase. Más allá, su literatura es siempre fiel a lo que sucede en los cuerpos, no tanto desde las percepciones (como sucede en la modernidad romántica), sino como despertar del sueño de la religión, de la eternidad y de la historia.
3. El porvenir del psicoanálisis depende de lo real
Cabe distinguir, así, esa voz del muerto que da su persistencia a los significantes puros; de la carga libidinal de ese herético, Lacan, que busca causar una formación más real, tanto respecto de la transferencia como del cuerpo, Otro del acontecimiento. Se deriva un real distinto al que el saber científico hace proliferar, y del que la religión alimenta con el sentido. Sería apresurado circunscribirlo al decir, a la enunciación: el esfuerzo epistémico en Lacan se opone a cualquier modo de decir ‘lo que creo a mi manera’, como se opone a la ocurrencia o a la retórica (aunque haga uso de ambas).
¿Qué posición fundamenta la subversión freudiana, para Lacan? Se trata de inaugurar en lo existente de la estructura un corte que posibilite la producción de un nuevo sujeto. El Seminario 14 nos puede orientar.
Encontramos ahí una pregunta de Lacan a Jakobson: “le preguntaría si (…) piensa que esta enseñanza [de la lingüística] es de tal naturaleza que exige un cambio radical de posición en el nivel de lo que constituye, digamos, el sujeto entre quienes la siguen”.
Precisa luego que el sujeto lógico que permite situar el psicoanálisis no implica la ascesis (ninguna liberación moral), ni la mutación (el sujeto no muda). Aún más sorprendente: tampoco sería una enseñanza que conllevaría la posición de discípulo. ¿Implica eso que no hay maestro? Da a suponer en cambio que implica disciplina, como algo distinto. Disciplina sin maestro.
Se pregunta entonces: ¿qué es el saber psicoanalítico? ¿Cómo pasa a lo real? En 1956, los significantes puros pasan sin saber para compactar realmente la Babel de la IPA. Pero pasar a lo real, precisa Lacan en 1967, remite a la ‘operación psicosis’: lo forcluido reaparece en lo real.
Si consideramos la alucinación del dedo cortado en ese niño que devino el hombre de los lobos, vemos que se da ahí una recusación del S2, tanto de una palabra dirigida a un interlocutor, como de lo que haría hilo de sentido. Eso será luego compensado por la elaboración delirante.
Lacan, en este momento del Seminario 14, modula luego la pregunta ¿Cómo pasa lo que Lacan enseña a lo real? Responderá que por otra clase de rechazo efectivo (verwerfung, forclusión): el de la posición del analista… que, dice, vemos producirse en cierto nivel de las generaciones. Advierte: “Una generación no quiere saber nada de lo que sin embargo es su único y singular saber”. El saber en juego no hace generación. No obstante, Lacan precisa: eso rechazado en lo simbólico “debe localizarse” en un campo subjetivo para reaparecer en “un nivel correlativo dentro de lo real”.
No es, una década después de 1956, rechazo de la significación de los conceptos freudianos… sino rechazo del deseo del analista, producto del saber obtenido en el análisis. Si algo se transmite, es que se hereda: si del análisis se deriva lo singular, en su acepción lógica, eso es justamente lo que no puede heredarse, no conlleva filiación alguna. El asunto es: ¿por qué eso sería objeto de forclusión?
En cualquier caso: la transmisión de una enseñanza lacaniana en psicoanálisis no pasa a lo real por el amor. Tampoco por la claridad, la justificación, o el argumento. Pasa por el rechazo efectivo de una posición, la que se obtiene como resultado de un análisis. Es una aseveración a todas luces impactante.
En este momento de la enseñanza de Lacan, lo real es la estructura. La transmisión del psicoanálisis tiene efecto en la estructura por el hecho de que la inercia generacional rechaza el producto mismo del dispositivo, el cual tuvo incidencia subjetiva. Una tal que, si es la justa, permite el acto analítico. El margen del acto es forcluido por la transmisión, que es siempre resistencia generacional.
¿Qué indicio se tiene de dicho rechazo? Lacan indica que los prejuicios que supuran en la literatura analítica; pero también, en la generación a la que Lacan habla en 1966-67, la “cogitación” de un saber en lo real promovida por la filosofía: el estructuralismo. Quiere arrancar a sus oyentes de ahí para evitar su extravío ante lo que ya está ahí, el amo contemporáneo.
Es de recibo, entonces, conocer el rechazo en juego en la pretensión de transmisión en cada generación, y advertir que hay resistencia producida por el éxito mismo de una enseñanza.
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Clase dictada en el marco del Seminario de la Red de Asociaciones Analíticas y Publicaciones Periódicas (AAPP) “¿Hacia dónde va el malentendido analítico? –de la agudeza que hay en lalengua-”, el día 26 de julio de 2025
Notas:
[1] Lacan, J.: ‘Situación del psicoanálisis y formación del psicoanalista en 1956’. En: Escritos I. Buenos Aires: Siglo XXI. p. 456. 2009
Bibliografía:
• Freud, S.: “Historia del movimiento psicoanalítico” (1914). En Obras completas, tomo XIV. Buenos Aires: Amorrortu. 1992.
• Lacan, J.: ‘Situación del psicoanálisis y formación del psicoanalista en 1956’. En: Escritos I. Buenos Aires: Siglo XXI. 2009.
• Lacan, J.: El Seminario, libro XIV, La lógica del fantasma. Buenos Aires: Paidós. 2023.
• Laurent, E.: “Lacan, herético”. En: Lacan hispano. Buenos Aires: Grama. 2021.



