La falsa inocencia de la palabra
Profesora especializada en Castellano, Literatura y Latín. Licenciada en Letras. Especialista en Alfabetización Intercultural y en Educación y TIC. Maestrada en Semiótica Discursiva. Docente del Profesorado de Enseñanza Primaria del Instituto Sagrada Familia de Iguazú y del Profesorado de Lengua y Literatura de Instituto Antonio Ruiz de Montoya de Eldorado. Coordinadora Pedagógica del Proyecto MATE.
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Grito crudo.
Bordado con hilo de seda y lana naturales sobre papel Fabriano. 2022
Inés Díaz Saubidet, IG: @inesdiazsaubidet
¿Y si la palabra no fuera solo un puente, sino también un obstáculo? ¿Y si el malentendido no fuera un error, sino una consecuencia inevitable de hablar? Parto de esta sospecha: la palabra nunca es inocente, y en su aparente transparencia se juega el poder de los signos. Allí donde creemos entender, nace el malentendido. Hoy propongo detenernos en esa falsa inocencia de la palabra para pensarla desde la semiótica.
Siguiendo a Peirce, podemos comenzar diciendo que la palabra es un signo, uno de los tantos tipos de signos con los que nos comunicamos. Todo signo —dice Peirce— está compuesto por su objeto, el signo propiamente dicho y el interpretante, que consiste en el sentido que le damos a ese signo y que constituye otro signo en sí mismo. Por ejemplo, si digo la palabra gato, todos pensamos en el mismo animal, pero algunos pensarán en el gato como animal traicionero, otro como el compañero ideal, otros como animal demoníaco y así podríamos seguir con múltiples sentidos que tienen que ver con cada uno de nosotros como sujetos.
Uno de los atributos que señala Peirce con respecto a la palabra es el fundamento o ground. Consiste en que todo signo representa a su objeto en algún aspecto y no en su totalidad. Por lo tanto, si el interpretante es el sentido que le damos a un signo que de por sí es parcial, ese sentido representará otra parcialidad producida a partir de la parcialidad inicial del signo. En el ejemplo del gato, los distintos sentidos tendrán que ver con experiencias de vida, cuestiones culturales o religiosas, entre otras, de ese sujeto. Es decir, la palabra como signo, en sí misma lleva el germen del malentendido.
La palabra nunca es neutral. Voloshinov sostiene que todo signo es ideológico, es decir, lleva implícita una forma de ver y concebir el mundo y de todos los signos, la palabra es la que tiene la mayor carga ideológica. Pensemos en palabras como pan y vino, o en la palabra grieta, por nombrar algunas. La palabra solo es neutra en el diccionario, ese cementerio de palabras como lo llama Cortázar, pero en cuanto es pronunciada y escuchada por los sujetos, se llena de carga ideológica. Y siguiendo con la evocación de Cortázar, él llamaba a las palabras “esas perras negras” que se van con cualquiera y se acomodan a la voluntad de cada uno.
Ahora bien, la palabra, como todo signo nunca funciona aislada, siempre lo hace en relación con otras palabras con las que forma una red de sentidos. Pensemos en un enunciado, es decir en un grupo de palabras que se combinan para comunicar un sentido. Si seguimos a Bajtín, podemos comenzar diciendo que todo enunciado tiene un contexto que lo desambigua y llena de significado. Por lo tanto, el mayor o menor conocimiento de ese contexto puede contribuir en la producción del malentendido. Sin embargo, la cuestión es más compleja. Bajtín sostiene que la lengua es polifónica, es decir que está constituida por múltiples voces en un entramado de tradiciones, hegemonías y disidencias. Ningún enunciado se pronuncia desde la nada, en cada uno de ellos se fusionan enunciados anteriores que de una u otra manera nos han marcado. Muchas veces nos sorprendemos repitiendo frases de nuestros padres, maestros, amigos. Este eco de voces se reproduce en cada interlocutor de manera diferente, enredándose con otras voces.
Y como si esto fuera poco, Bajtín agrega otro ingrediente más: la entonación, que siempre —afirma este autor— lleva consigo una valoración. Esta entonación se percibe en la oralidad, pero se esfuma en la escritura y muchas veces el lector repone una entonación que no coincide con la original.
El panorama del malentendido se vuelve más y más complejo cuando vamos más allá de los enunciados particulares. Nos plantemos ahora qué sucede entonces si no referimos al discurso social, a lo que Angenot define como todo lo decible, escribible, visible que circula dentro de una sociedad. Aquí podemos identificar dos elementos constitutivos del discurso social: la hegemonía y la heteronomía, disidencia o transgresión. El autor afirma que la hegemonía es el discurso impuesto por las instituciones y que, como discurso hegemónico, tiene varias funciones: decidir quién está habilitado a hablar y quién no, de qué manera y en qué condiciones. De qué se habla y de qué no se habla, entre otras atribuciones.
Tanto el discurso hegemónico como contra hegemónico adquieren muchas veces la forma de su opuesto para imponerse. Este travestismo discursivo es también otro ingrediente que contribuye al malentendido.
Por otra parte, hablar de hegemonía y disidencia es también hablar de ejercicio de poder a través del discurso. Foucault habla del discurso como efecto e instrumento de poder. “En toda sociedad, la producción del discurso está a la vez controlada, seleccionada y redistribuida por cierto número de procedimientos […].» Prohibición, exclusión y la construcción de verdad, entre otros procedimientos, permiten a la hegemonía hacer un ejercicio de poder, pero al mismo tiempo, como dice Foucault, donde hay poder hay resistencia. Y estos procedimientos provocan el discurso contra hegemónico o disidente.
El malentendido nace en esas tensiones que tienen que ver con la palabra como signo, con los enunciados de la lengua y con la actividad discursiva en la trama social. Permítannos decir también en defensa del malentendido que éste no es sólo un obstáculo, sino que, por el contrario, puede abrir otras interpretaciones, debates e intercambios. Quizás el problema no sea el malentendido sino la forma en cómo nos aferramos a nuestras convicciones de manera rígida y unilateral. Tal vez la palabra que llega envuelta en una ilusión de transparencia lo que hace con su complejidad es abrir el juego de los sentidos y las significaciones, y esa palabra y ese malentendido puedan acercarnos o alejarnos según si decidimos abrir o cerrar nuestro corazón a lo diverso.
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Este texto fue presentado en ocasión de las IX Jornadas Anuales de la Red de Asociaciones Analíticas y Publicaciones Periódicas (A.A.P.P) tituladas: «Del malestar al malentendido -El psicoanálisis entre las prácticas de la palabra-» en la ciudad de Puerto Iguazú, 19 y 20 de Setiembre de 2025.-
Bibliografía:
• Angenot, M.: Interdiscursividades. De hegemonías y disidencia, Córdoba, Editorial Universidad de Córdoba, 1998.
• Bajtín, M.: Estética de la creación verbal, México, Siglo XXI, 1992.
• Foucault, M.: El orden del discurso, Tusquets Editores, 2004.
• Peirce, Ch.: La ciencia de la semiótica, Ediciones Nueva Visión, (s/f).
• Voloshinov, V: El signo ideológico y la filosofía del lenguaje, Nueva Visión, 1976.



