Analyticas del Sur. Revista de psicoanlisis en la crtica cultural

Edición Nº 7 • Marzo de 2018 •

editorial
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Vidas pulsionales: escribiendo “x”

La pregunta sobre cómo vive una época la pulsión nos podría conducir a la falacia del colectivo donde “no hay” sujeto del inconsciente, o bien tomar el guante por su reverso: sí, “hay” en ese colectivo un saber para cada vida.

Se aloja ahí el sueño de la excepción neurótica (elogio al vacío en la histeria), la caída de los paradigmas (por el caso diferencial), o la invención de los neológicos (la poética de Macedonio, la despalabra de Beckett). Ese sueño no es el de la infatuación de un Yo, amo creyente en el progreso de la ciencia-capital, sino el de hacer existir a un sujeto creador. Hay un Uno entre todos, inventando un estilo para un buen vivir lo imposible de la pulsión de muerte.

Si el deseo del analista es “lo que opera en último término en un análisis” es porque permite el empalme del inconsciente con lo real de la pulsión. Ese deseo permite articular el reverso pulsional vida-muerte, como dos caras de una misma moneda. En el cotidiano contemporáneo los cuerpos de los individuos anónimos que marchan en las calles revueltas por la angustia social que generan las biopolíticas, adquieren un nombre en el síntoma particular como lo más propio de cada sujeto, sólo si se los extrae de la masa. Luego, ya en la experiencia analítica, vida-muerte se implican dando un sentido que se juega entre placer-displacer, sufrimiento-satisfacción; porque sin ese goce -que es también el Mal de cada uno- “sería vano el universo” (Lacan).

Ese sentido responde a las coyunturas dramáticas y es la política de cada sujeto con respecto a su deseo, porque responde con el bien decir de su interpretación. El Inconsciente es la política del discurso del Amo que gobierna el montaje de “esa” vida en singular.

Como ejemplo, cuando el avance del neoliberalismo segrega más desigualdad, es ocasión para el ascenso a los extremos de las pasiones (amor, odio, tristeza, aburrimiento o el rechazo del saber propio de la ignorancia). Los procesos de segregación parecen más violentos y las religiones dan más sentido a un Padre oscuro. Pero claramente el “triunfo” de las religiones demuestra que, frente al desencadenamiento de la técnica (Heidegger) y la tiranía de los gadgets como objetos desechables del consumo con el vacío que producen, surge otro sentido más poderoso: la certeza ciega en un Dios causal.

Anécdota y estructura: el reciente atentado del fundamentalismo religioso en España generaba una reacción de contraofensiva, un racismo al revés en el odio al símbolo del otro: los ciudadanos perjudicados pedían en las redes sociales que se impida la entrega del cuerpo del suicida a su familia para evitar el ritual musulmán, y con ello el pasaje sagrado a un más allá que convierte al criminal en “mártir” de una causa final. De ese modo, se interrumpiría la cadena del sentido religioso donde el sacrificio suicida toma su valor de ofrenda y entra en la dimensión del código de las escrituras del Corán. El guerrero religioso obtiene así su máxima respuesta invertida: “ojo por ojo”. Es así como la venganza organiza el circuito de retorno de la pulsión de muerte que se vuelve interminable. La religión olvida el inconsciente forcluyendo, de otra manera que la Ciencia, al sujeto.

Ya en las Tragedias de Sófocles, el Amo antiguo Creonte impone la Ley de la ciudad a la trágica Antígona que cree en el ritual de sepultura de su hermano Polinices como acceso al Hades. Los dioses de Antígona son inconscientes, gobiernan su Hybris (desafío) que la conduce al “deseo aclarado” recién en la muerte. Un traspaso trazado ya como destino fatídico en la maldición de su padre Edipo en Colona.

Más acá, en nuestro país, surgen las vindicaciones de pre-existencia étnica de los pueblos originarios por su territorio, donde habita lo simbólico del “buen vivir” de una cultura ancestral. En las configuraciones indígenas -desde Aymaras, Mapuches, Guaraníes, Mayas, etc.-, no se trata del “buen vivir” burgués sino de un Ideal comunitario que supone “el Bien de la vida” (Sumak Kawsay y Ñande Reko), un espíritu radicalmente opuesto a la vida de consumo del capitalismo. En ese contexto de racismo es que se produce la “desaparición forzada” de un militante indigenista que trae al presente la feroz figura del genocidio de la última dictadura argentina. La desaparición forzada convierte un cuerpo vivo-muerto en el significante comodín para las más variadas causas. La pregunta por la vida de quien es secuestrado, desde hace años se transformó en el signo de un síntoma social para los argentinos. Si ese impasse se hystoriza -histeriza- en un análisis, el significante “vacío” (Laclau) que servía a las identificaciones del grupo, adquiere una potencia nueva que permite diferenciar la repetición.

El analista ciudadano puede interpretar haciendo aparecer el significante clave-llave que se evanece entre la acción social hacia el acto analítico. Como ciudadano primero y como analista luego, saca las consecuencias políticas del modo en que la vida en la pulsión se hace muerte simbólica en un relato. Es el conflicto en una época donde el neoliberalismo genera una subjetividad de puro enunciado que rechaza al inconsciente (J. Alemán).

Finalmente, esta acción surge de la función “deseo del analista” que escribe la “x” de cada contingencia histórica, marcando los signos de goce de una vida frente a lo necesario de la muerte. Recién entonces, los procesos de subjetivación por el constructivismo social pasan a decirse como una cuestión del sujeto del inconsciente. Es la comicidad del Bien vivir frente al Mal, una agudeza que falta escribir, vez por vez.

Enrique Acuña

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Texto de la apertura de 1ras. Jornadas de la Red AAPP, Buenos Aires, primavera 2017.

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