Analyticas del Sur. Revista de psicoanlisis en la crtica cultural

Edición Nº 2 • Diciembre de 2014 •

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Una amistad olvidada: Ezequiel Martínez Estrada y Oliverio Girondo

Nidia Burgos

Doctora en Letras, Profesora titular de Literatura Latinoamericana I y Literatura Argentina II en el Departamento de Humanidades de la UNS. Desde 2007 dirige la Editorial de la Universidad Nacional del Sur. Presidió la Fundación Ezequiel Martínez Estrada desde 1991 a 2007 y actualmente es miembro de su Consejo Administrativo.

Sergio San Martín
Escultura en metal.
www.sanmartinesculturas.com.ar

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En los diversos balances que se han realizado de la vida y la obra de Ezequiel Martínez Estrada surge siempre su venerable lucha profunda y testimonial en pos de valores éticos, una actividad clamante imposible de injertar en la política, en un partido o en la mera acción. Militancia íntima de una conciencia comprometida en un proyecto de vida superior para el hombre. Como siempre fustigó la vida muelle, sin fervor ni sacrificio, para muchos quedó como un “sagrado energúmeno”, según lo calificó alguna vez Jorge Luis Borges; por eso nos parece oportuno difundir el dato de una amistad olvidada, la que existió entre dos espíritus afines: Ezequiel Martínez Estrada y Oliverio Girondo. Ellos fueron dos escritores independientes que provenían de estratos sociales disímiles y que desarrollaron una actividad creativa aparentemente dispar. Mientras Martínez Estrada provenía de un humilde hogar de inmigrantes y no pudo ni siquiera concluir sus estudios secundarios, convirtiéndose en voraz autodidacta; Girondo fue el heredero mimado de rancias familias fundadoras por ambas ramas; materna y paterna. Estudió abogacía, para nunca ejercerla, a cambio de un viaje anual a Europa que pronto extendió a otros continentes y terminó remontando el río Nilo. Fue un exquisito bon vivant.

Aparentemente todo los alejaba, sin embargo, circunstancias de la vida y la sensibilidad de ambos, por distintos caminos, los unieron no en la camaradería franca del contacto frecuente, pero sí en el respeto admirativo de uno por el otro, en sus intereses comunes por un país con altos niveles éticos y su mancomunado desprecio por la Argentina gárrula, desleal y sedienta de mejoras puramente económicas.

En cuanto a sus poéticas, mientras la primera etapa de la poesía de Martínez Estrada, desde 1918 a 1929, se inserta en el marco del modernismo y el posmodernismo; la de su segunda etapa, desde 1959 a 1964, Coplas de ciego y Nuevas coplas de ciego se caracteriza por su fuerte conceptismo (poesía cerebral, descarnada de todo florilegio, que va al hueso de una decantada sabiduría donde se impone lo asertivo). Su producción última, reunida bajo el título Poemas del anochecer, la componen unos pocos poemas neorrománticos intimistas, en los que relaciona simbólicamente los ritos domésticos con su propio matrimonio, como ya lo había hecho en su antológico “El mate” de la primera época. En esos poemas finales, don Ezequiel pinta la desolación de su matrimonio sin hijos ante la separación inminente que decretará la muerte que sabe cercana.

Oliverio Girondo en cambio, fue el poeta argentino más receptivo a los movimientos vanguardistas de las primeras décadas del siglo XX. Fue autor de los primeros poemas ultraístas publicados en Hispanoamérica. Junto a Macedonio Fernández fue mentor del grupo martinfierrista. Él redactó sus Manifiestos e impuso el humor estentóreo que adoptó el grupo en sus encuentros sociales, en consonancia con las actitudes de la vanguardia europea, desinteresada de toda intencionalidad que trascendiera lo puramente lúdico y estético. Pero las guerras mundiales dejaron una oscura huella en la atmósfera espiritual del siglo. La producción de Girondo no fue ajena a aquel cambio de humor. En 1937 editó su único texto en prosa, Interlunio, en el que aparece una problemática fuertemente existencial laborada desde el expresionismo, y en aquel mismo año, dos artículos en el diario La Nación: “Nuestra actitud ante Europa” y “El mal del Siglo”, que se publicaron como apéndice del folleto titulado Nuestra actitud ante el desastre en 1940.

A partir de Interlunio, en Girondo se comienza a notar el efecto producido por una suerte de sensibilización existencial que subordinará, en cierta medida, lo estético a la urgente necesidad de comunicar la angustia, el horror y la desazón que el drama europeo producen en este argentino universal. En 1942 aparece Persuasión de los días y ya es claro el cambio de temas y de formas en la poética girondiana. Su adhesión al surrealismo1 es ya evidente, en cuanto dicho movimiento se propuso encarnar en la historia y transformar el mundo con las armas de la imaginación y la poesía, alentando el propósito de una revolución total que incluía al hombre en todas sus dimensiones para su liberación. Esta voluntad se profundizará en su último poemario: En la masmédula (1954).

En 1946 aparece Campo nuestro en el que, como ya lo había hecho en Interlunio, confronta nuestra llanura limpia de muertos, con los humeantes y sanguinolentos campos de Europa. El lenguaje ahora es de una pureza eglógica, y por sus particulares características en medio de su producción, merece un estudio particular que hemos realizado en otro contexto.

Pero volvamos a Persuasión de los días. El 26 de agosto de 19422, le dedicó un ejemplar a Ezequiel Martínez Estrada, con estas palabras: “A Ezequiel Martínez Estrada, estos poemas desollados, con la estimación y la amistad de Oliverio Girondo”.

Ezequiel le respondió agradecido con un extenso poema: “A Oliverio Girondo con motivo de la aparición de Persuasión de los días”, que apareció publicado en Saber vivir3, Buenos Aires, número 28, ilustrado por Horacio Butler, en noviembre 1942, pp.28-29. Aquella aparente disparidad en las trayectorias poéticas de ambos, se unificaron al fin, en un sentir común ante la hora.

En este poema, Martínez Estrada celebra encontrar en Girondo un mismo cosmorama, una comunidad de intereses, de sentimientos y de enfoques sobre el hombre y la vida, que lo llena de alborozo ante ese amigo y compañero de ruta espiritual. Incluso se contagia del lenguaje y del luminoso rigor de la poesía girondiana que con espiritualidad ígnea denuncia implacable la sordidez, la ruina pero, al mismo tiempo, atrapa la belleza desesperadamente, con inagotable asombro. Valga de ejemplo el poema “Aparición urbana”, extraído de ese libro de Girondo:

“¿Surgió de bajo tierra? / ¿Se desprendió del cielo? / Estaba entre los ruidos, / herido, / malherido, / inmóvil, / en silencio, / hincado ante la tarde, / ante lo inevitable, / las venas adheridas / al espanto, / al asfalto, / con sus crenchas caídas, / con sus ojos de santo, / todo, todo desnudo, / casi azul, de tan blanco. / Hablaban de un caballo. / Yo creo que era un ángel”.

A la mayoría de sus biógrafos se les escapó la afinidad entre ambos poetas. La importancia de la misma radica, en que a pesar del tiempo transcurrido desde que escribiera el poema celebratorio para Girondo en respuesta del hermoso poemario que éste le enviara, veintiún años después, cuando Ezequiel Martínez Estrada en 1963, regresó de Cuba, ya muy enfermo y debilitado y con toda la experiencia de haber vivido una revolución de alcance continental, aceptó grabar algunos textos de su autoría a instancias de un ex alumno suyo del Colegio Nacional, Julio Sager, quien dirigía por entonces la Radio Universidad de La Plata. Por cartas que se conservan, sabemos que esta selección la hizo el propio Don Ezequiel y que especialmente quería perdurar en Lugones, retrato sin retocar, en Poemas del atardecer, algunas Coplas de ciego y en este poema:

“A Oliverio Girondo con motivo de la aparición de Persuasión de los días”

Oliverio Girondo: mi amigo y compañero,

gracias por su gran libro, que leí desde adentro,

digo mi libro, el suyo, Persuasión de los días,

con dibujos de versos, con imágenes, cosas,

palabras y portentos, lunas, maderas, aguas,

días, sepulcros, pájaros y las demás ficciones

que dan sentido a lo que vemos

porque precisamente son cosas

que yo estaba buscando,

haciendo esfuerzos por encontrar

y si no todas, algunas de ellas que precisaba, por lo menos.

¡Cómo para encontrarlas, si usted las había encontrado,

recogido e impreso!

Gracias por devolvérmelas y

por la gentileza con que me las encuentra

para mi desconcierto.

Gracias por el trabajo de evitarme el trabajo

de hacer lo que podía, mucho mejor con su cerebro.

Le estoy agradecido,

jovial, sombrero en mano,

he hecho genuflexiones

ante los mundos y los cielos

por el libro y los libros, los años, las angustias

y otras economías que nos resultan

de no tener que hacer lo que está hecho.

Gracias por esta rama de avellano

que en la mano florece cuando

hay agua en las entrañas del desierto,

por este cofre en que encontramos tesoros

que perdimos jugando con la vida como al juego.

Gracias por este mundo que usted me obsequia

como si fuese yo, su único y universal heredero

y por el cosmorama que mirando y pensando,

nos saca de nosotros o se nos pone por el pecho.

Gracias por colocarme en donde usted me había puesto

y por mostrarme sus juguetes, sus demonios,

sus máquinas y todo lo que constituye el genio,

la poesía, las ciencias y el misterio.

Le estoy agradecido, porque si usted no escribe,

me hubiera visto yo en el doble compromiso de hacerlo,

empezando por antes de empezarme,

por antes de la osificación de mis huesos,

desde cuando hecho célula

todo era darme adioses en las partidas

de irme multiplicando y dividiendo.

Gracias, mil gracias. Gracias, muchas gracias

por todo lo que tenía yo en mi sangre, en mis ideas

y en mis nervios, en mi nariz, en mis orejas,

mis ojos, mis dedos, mi paladar, mi piel,

mis glándulas, mi anverso y mi reverso,

según me lo descubren sus poesías,

que me presentan como a un olvidado hermano gemelo,

al otro que yo estaba llevando, inadvertido,

como si se tratara nada más que de mi cuerpo.

He gozado unas horas del gozo de encontrarme

doscientas treinta veces copiado bien en sus espejos,

con el asombro de mirarme

tan distinto y tan igual

en mi cadáver y en mi feto.

Yo no sabía que una tarde iba a meterme,

desnudado de mi carne

en la piel viva de sus versos,

que iba a perderme y a encontrarme,

a ser lectura y texto, o en las manos de un mago

que alternativamente me haría

ser paloma y nardo y monumento.

Gracias por devolverme mi fortuna

que estaba yo buscando mientras la estaba perdiendo.

Gracias por recibirme, por tenerme de nuevo

y por haberme encuadernado y librado del árbol

en cuyo tronco estuve prisionero

y por usarme para probar la resistencia

y la calidad del material de su talento.

Como ahora soy pluma, alga, moneda, esponja, albor,

incienso, arena, arena…arena, arena, arena, tallo,

almeja, ceniza, hielo, perfume y viento…

reconstruyo el instante en que lo vi por vez primera,

cuando recuerdo que recordé que lo recordaría en un recuerdo.

Lo reconstruyo negro y blanco, sobre marfil y plata,

fibras y discos de ébano y la sonrisa enmarañada en barbas y ocurrencias,

en labios de coral ante un crepúsculo de huesos.

Estaba usted cortés y yo de frac,

con largo rabo, naturalmente sintético.

De paso, me permite que loe sagrada pieza al coxis

en que Cellini vio, por intuición, le advierto,

la pontificia pompa de todo el Sacro Romano Imperio?

y en el salón de fiestas, había unas estatuas,

muchas mujeres y un féretro.

Intercambiamos frases protocolares, por supuesto,

según se estila en ocasiones semejantes,

cuando uno sabe que está solo, en nunca y lejos.

Como lo imaginaba a usted de distinto, estuve ausente.

– Ese poema suyo a Diágoras es bueno.

Con esto procurábamos leernos en la índole,

conforme a la ardua ciencia de descifrar los palimpsestos.

Así nos conocimos y es muy posible

que al marcharnos, cada cual se llevara,

como en las comedias los sombreros, al otro,

y tan tranquilos, yo seguí yo, y usted, usted,

sin darnos cuenta de aquel yerro.

Su libro contribuye a que sospeche

que no soy el que usted cree que yo me creo

y que me da su sebo de poesías.

así el que echa por si puede pescarse

un canto de sirena en un anzuelo,

por si le restituyo tras el encanto del encanto,

la certidumbre o el desasosiego

de que no hubo intercambio de personas,

de espíritus, de frases, de chisteras ni de sesos.

Debo decirle, soy el otro,

soy el que deja que se duerma cuando duermo,

soy el que va con-sin-migo,

soy el agua que se hace beber cuando la bebo.

soy el que está sentado cuando me siento en el asiento,

soy el que canta cuando canto,

soy el que piensa, cuando pienso,

el que ocupa mi sitio, como un tintero, el sitio del tintero,

como el ojo del pez llena, el espacio justo, que para ese ojo,

dejó sin ocupar con otra cosa, el universo.

Voy a buscar su libro para decirle dónde estaba yo

y que lampo me liberó de no ser más que un verso.

Búsqueme usted la idea, mientras yo busco el libro,

porque no puedo hacer dos cosas bien, se entiende, a un tiempo,

para decirle cómo, en qué página y cuándo,

tuve la sensación de despertar de usted como de un sueño.

Busque usted, se lo pido, se lo suplico, se lo ruego,

por si me encuentra donde su libro estuvo antes de hacerlo,

pues si es que estoy en otro estante, casi no es menester tanto esfuerzo

y yo le avisaré si encuentro el libro, no para que se entere,

si no para que nos cambiemos, porque todo es posible

después de este prodigio con que usted me revela

la incógnita verdad de lo que vemos,

tocando por azar o por sabia destreza,

la nota que estremece cuánto es bello,

como por los unísonos, con un violín,

se puede hacer vibrar un edificio

todo de acero y de cemento,

despertar en el alma recónditos poderes

que permitan gozar de la poesía

como de un paraíso que no sabemos que tenemos

y contemplar la vida con los ojos del niño

que aún encuentra, porque en verdad existen,

las salamandras en el fuego.

 

Al final de su vida pues, Martínez Estrada escogió que su particular voz recogiera junto a sus coplas predilectas, los textos que él mismo había escrito para dos amigos lejanos, Lugones su mentor, y Oliverio Girondo de quien aparentemente lo separaban cuna, lugar social, experiencias, y sin embargo tan cercano a su sentir que considera que han llegado a ser uno solo.

En este año 2014 que estamos transitando, se cumple el quincuagésimo aniversario del fallecimiento de Ezequiel Martínez Estrada, por lo que nos pareció oportuno difundir este poema que él grabara trece meses antes de su muerte, maravilla que se duplica por la importancia documental que poseen sus opiniones sobre Girondo, ya que eligió perpetuarlas.

Notas:

1- Sobre la relación de Girondo con el Surrealismo y las divergencias de la crítica al respecto, nos hemos ocupado expresamente en “En la masmédula: poesía y poética en el último Girondo” en La Argentina y Europa (1950-1970), I, Bahía Blanca, Departamento de Humanidades, Ediuns, 1999, ver especialmente pp.75-81.

2- En el colofón del libro dice 15 de septiembre de 1942. Esto evidencia que EME recibió uno de los primeros ejemplares.

3- No hemos tenido acceso a este ejemplar y no se ha encontrado el texto escrito del poema en el archivo de la Fundación. Hemos extraído el poema del valioso documento sonoro que hizo llegar el Señor Julio Sager al archivo de la Casa Museo de Ezequiel Martínez Estrada en marzo de 1996 en carácter de donación.

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