Analyticas del Sur. Revista de psicoanlisis en la crtica cultural

Edición Nº 7 • Marzo de 2018 •

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Psicosis y Ciencia: Cantor con Turing

Enrique Acuña

Analista practicante, miembro de la Escuela de la Orientación lacaniana (E.O.L.) y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (A.M.P.), Director de Enseñanzas de PRAGMA –Instituto de Enseñanza e Investigación en Psicoanálisis de La Plata (APLP) y Docente del Instituto Oscar Masotta. Director de la revista gráfica Conceptual –estudios de psicoanálisis y de la revista virtual Analytica del Sur –Psicoanálisis y crítica. Autor del libro Resonancia y Silencio –psicoanálisis y otras poéticas (Edulp, La Plata, 2009). Publicó artículos en revistas especializadas en cultura y psicoanálisis así como en la web: www.aplp.org.ar

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1-El drama subjetivo del hombre de ciencia

En su escrito “La ciencia y la Verdad” de 1966, Jacques Lacan se refiere al sujeto de la Ciencia extendiendo el concepto de verwerfung freudiano como un mecanismo de rechazo, propio de la clínica de las psicosis. Esta forclusión es la condición de posibilidad para que lo rechazado retorne en el sujeto con lo real propio del psicoanálisis. Entonces, el sujeto del psicoanálisis es el mismo que el sujeto de la ciencia.

En ese momento Lacan confía en la eficacia de lo simbólico. Frente a la “paranoia lograda” que sugiere la Ciencia, “el psicoanálisis es lo que reintroduce en la consideración científica el Nombre-del-Padre”. (1) Pero como sabemos, en el siglo XXI “el Nombre-del-padre según la tradición, ha sido devaluado por la combinación de los dos discursos, el de la ciencia y el capitalismo.”(2)

Por un lado, encontramos el campo de la Ciencia, que “si se mira con cuidado no tiene memoria. Olvida las peripecias de las que ha nacido”, y, por otro lado, se ubica el científico que para sostener su operación formal “olvida la causa de su deseo”. Este rechazo retorna como objeto de la angustia, que Lacan llamará “el drama subjetivo”. Un afecto que Freud captó muy bien cuando Albert Einstein preguntaba sobre el porqué de la guerra cuando su fórmula podría ser usada para esos fines.

Cito a Lacan: “Es el drama, el drama subjetivo que cuesta cada una de esas crisis. Este drama es el drama del hombre de ciencia. Tiene sus víctimas, de las cuales nada indica que su destino se inscriba en el mito del Edipo. Mayer, Cantor, no voy a establecer una lista de honor de esos dramas que llegan a veces hasta la locura (…)”.

Observaremos entonces que la psicosis de la Ciencia progresa hacia un desencadenamiento en la producción de objetos técnicos como las máquinas, que tocan lo humano. Pero esa progresión presenta detenciones llamadas “crisis de la ciencia”: son los cambios de paradigmas que luego se encarnan en la locura de sus operadores, los científicos. Tal es el caso -citado por Lacan- de Georg Cantor en las Matemáticas y, también, el de Alan Turing en la Cibernética.

Milo Locket – S/T

2-Lo infinito como goce: Cantor y su número.

Georg Cantor, matemático ruso del siglo XIX, es quien trata el número como forma de escribir lo real de la ciencia. Junto con Frege desarrollan la teoría de los conjuntos, base de la matemática moderna. Descubre así que la serie infinita de los números naturales se detiene en un agujero: es lo transfinito que denomina Aleph cero. Al numerar ese real se hace posible un “límite a la serie” y se puede representar un mundo con el símbolo fijo que escribe aquello que era imposible de escribir. (3)

Tal como Cantor considera, dada una cadena de números enteros 1, 2, 3 …, y lo que sigue sin fin, hay ahora un límite que cierne lo infinito. Se trata para J.-A. Miller en su Curso “El Banquete de los analistas” de una cadena de letras rigurosa, hasta el punto de que podemos calificarla como un primer saber en lo real. En esa operación Cantor localiza un elemento “no sabido”, en el “lugar vacío” que sin embargo pertenece a la serie contable. Es la posibilidad de inventar un significante nuevo, el número clave, el Aleph cero.

Lacan se refiere justamente a lo no-sabido que se ordena como el marco del saber. (4) Por eso le interesa de Cantor “su decir” (El Atolondradicho), al suponer algo de su enunciación como deseo del científico. Le interesa captar el método matemático que logra esa operación de lo simbólico sobre lo real que el Aleph cero deja sin resto. Una operación muy diferente al deseo del analista cuando circunscribe lo real como irreductible, que se soporta por el significante nuevo.

Sin embargo, el drama subjetivo toca el cuerpo de Cantor en el desencadenamiento de su psicosis. La muerte prematura de su hijo lo conduce a una crisis extraordinaria en 1884 con internación psiquiátrica bajo el diagnóstico de “depresión que alterna con excitabilidad”. Luego, su correspondencia con el matemático Richard Dedekind, referente para una cierta identificación imaginaria, le permitirá una estabilización transitoria.

En sus correspondencias, Cantor testimonia de la calma lograda con el sonido del violín -que él mismo interpreta- que homologa al “continuo” que hay en el concepto de infinito ahora confundido con la locura como “límite de la libertad”. Es el retorno de un goce que no se reduce con la invención de una suplencia como el Aleph cero.

3-Turing: de la máquina universal al hombre máquina.

La Ciencia sigue modelos como la máquina cibernética basada en algoritmos matemáticos que organizan un saber sobre lo real. Esa fórmula de la máquina aspira a una Ley universal para-todos. Mientras que en la experiencia analítica el inconsciente interpreta como una elucubración de saber sobre lalengua de cada sujeto. Entonces, para el psicoanálisis no hay un saber sobre lo real, sino un objeto que se aísla al final como resto singular.

Alan Turing fue el padre de la cibernética a partir de la invención de una Máquina Universal que lleva su nombre. Consiste en un programa con memoria de datos que luego puede reproducir operaciones de cálculo. Esta inteligencia artificial (I.A.) que inaugura la computadora supone una serie de operaciones lógicas con cierto grado de “conciencia” (es el comienzo de la bio-ingeniería, del androide y la realización de la ciencia-ficción). Por esa capacidad de pensar, Turing inventa un test para diferenciar lo humano de la máquina. Esta prueba -señala Miquel Bassols (5)- pone en juicio la dimensión de la mentira como un equívoco simbólico que agujerea lo real: el hombre puede fingir que finge y la máquina -todavía- no. La pregunta que lo inquieta es si esa máquina piensa. Piensa, pero no sabe fingir, ya que no goza de la adquisición de un saber.

Su biógrafo Jack Copelman (6) rescata rasgos de su personalidad: hombre tímido, tartamudo, con un balbuceo ruidoso cada vez que pensaba, raro. Un alquimista “decididamente antisocial”. Otros, como el meticuloso niño que escribía un número en cada poste de electricidad como en un ritual de conjuro. El joven genio que se doctora en matemáticas en menos de dos años. Pero casi todos describen finos detalles de su relación al lenguaje como una máquina sintáctica sin semántica.

En la Segunda Guerra Mundial, Alan es quien consigue fabricar en Londres una Central Informática que descifra el “Código Enigma”, una máquina manejada por la Armada alemana para enviar mensajes secretos en sus bombardeos. Por salvar la guerra junto a Churchill y sus aliados, Turing es nombrado héroe nacional, pero la ironía del gobierno británico lo encarcela por su elección homosexual. (7) Para liberarlo se le ofrece a cambio ser sometido a una tratamiento hormonal -una castración química- para corregir moralmente una causa que creen biológica.

De ese modo, la máquina cae sobre el sujeto que lo crea, reduciéndolo a un objeto ya sin lenguaje, un “hombre máquina”, ideal del cognitivismo y la ideología de la evaluación. En la nueva cárcel de un cuerpo asexuado, melancolizado a los 41 años, Turing se suicida con una manzana envenenada de cianuro. Como Blancanieves en la película que lo apasionaba, pero sin despertar del amor, se duerme para siempre. Hoy es el logo de las computadoras Apple: una manzana con la huella de una falta. Ese deseo humano que atañe al saber del goce es lo que enfrentan Cantor y Turing como angustia ante lo infinito, un nombre de goce. Cantor inventa el número transfinito (Aleph cero) la suplencia a su locura; ahí donde Turing fabricará el número computable con una máquina que reduce lo real. Pero lo in-computable que la ciencia rechaza retorna sobre su creador haciéndolo desecho de su operación como un ser sexual y mortal.

Notas:

(1) Lacan, J.: “La ciencia y la verdad”, Escritos II; pág. 831.

(2) Miller, J.-A.: “Un real para el siglo XXI”.

(3) Charraud, N.: Lacan y las matemáticas. Ed. Anáfora, 1998, y Georg Cantor: Inconcient et infinit. (Prefacio”S’agissait-il du prix à payer pour la part de transgression que comportaient ses extraordinaires découvertes? On ne peut répondre à ces questions sans tenir compte de la liberté que Cantor prôna toute sa vie: liberté de la mathématique, mais aussi liberté d’un sujet qui fit le “choix” d’une voie qui devait le mener jusqu’à la folie”.

(4) Saullo, A.: “G. Cantor: 1,2,3,4,5,…”, Revista Conceptual Nº 16.

(5) Bassols, M.: Tu Yo no es tuyo, Tres Haches, 2011.

(6) Copeland, J.: Alan Turing el pionero de la era de la información, Ed. Truner, 2013.

(7) Hodges, A.: Alan Turing a short biography: http://www.turing.org.uk/publications/dnb.html

(8) Ortiz, Verónica: “Alan Turing, el deseo del matemático”, Conceptual Nº16, 2015.

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Analytica del Sur Número 1. Aparición en web: julio 2014.

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