Analyticas del Sur. Revista de psicoanlisis en la crtica cultural

Edición Nº 1 • Julio de 2014 •

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Macedonio-FogwiIl: dos polemistas interpretados desde allá ité

Ana Camblong

Dra en Letras (UBA). Profesora Emérita de la Universidad Nacional de Misiones. Directora del Programa de Semiótica en la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la UNAM.

Eugenia Calvo
El drama de Victoria
Fotografía analógica, impresión digital
Medidas variables
2004/5
Intervención en imágenes de revistas de decoración.

En este artículo de Ana Camblong, semióloga y escritora, encontramos el sabor, los tonos, los sonidos de Buenos Aires a partir de la caja de resonancia que supone la escritura de Macedonio Fernández, citado aquí por su nombre de pila que ya alcanza, y Rodolfo Enrique Fogwill, nombrado por su apellido.

Eugenia Calvo

La polémica, género conversacional occidental pero sobre todo porteño, es el eje a partir del cual la autora hace conversar a quienes habitaron, cada uno a su modo, las vanguardias literarias a condición de su difícil ubicación en los cánones de las letras del Río de La Plata. Así, el Bellarte macedoniano, su gusto por la réplica refinada y sus juegos sutiles con las palabras contrastan con un estilo más frontal y peleador que en el caso de Fogwill pone en juego un talante diferente para el arte de discutir puesto aquí en juego. De esta manera, una Buenos Aires problemática y febril como el siglo que acaba de irse es interpelada y habla por boca de este par de busca-pleitos y a la inversa, Macedonio-Fogwill aparecen aquí como el efecto de un modo particular de hablar: el talante del habitante de la Capital, gran ciudad o metrópoli.

Ahora bien, estos modos de nombrar la ciudad, estos modos de referirse tanto a Macedonio como a Fogwill están puestos para situar el lugar desde donde habla la autora: allá ité, lejos, desde la frontera y el sabor diferente de la lengua que allí se habla, y también su  talante. Ité,  dicho desde Misiones para referirse al margen en el que sus habitantes se sitúan respecto del centro, ubicado en la ciudad de Buenos Aires. De este modo, y en una suerte de movimiento en banda de Moebius, el recorrido que parece situar algo del ser colectivo porteño sitúa más bien un rasgo del modo de habitar el lenguaje en la provincia de Misiones y sus efectos y a la inversa, una vez más, desde esa periferia lenguajera, allá lejos, leemos algo de los despistes del significante en Buenos Aires. Efectos de significación particulares que inciden en lo colectivo de una región tomada desde su modo, siempre sintomático, de usar las palabras y de habitar la cultura.

Christian Gómez

1. Desplazamientos lectores

Leía en estos días el último número de la bella revista “Otra parte”, cuando ‘de pronto’ (como se dice ahora), me sale al cruce un artículo de Alberto Silva, titulado “Cuerpo argentino” en el que comenta comportamientos y estilos de los habitantes de Buenos Aires que resultan llamativos para su mirada foránea; entre los múltiples apuntes tomados por su registro sorprendido, selecciono el siguiente pasaje:

En espacios abiertos la gente gesticula (tanto o más que italianos), habla en tono alto (tanto o más que españoles). En un vagón de subte pocos se inhiben en avisar por celular que van con retraso, que les sacaron la muela, que quieren ‘matar’ a alguien, que están llenos de dudas o deudas. En colas, semáforos y esperas la gente charla (cualidad que aprecio, sobre todo viniendo de Japón), incluso cotorrea.

El posicionamiento verbal de muchos tiene un primer vector, sino me equivoco bastante generalizado: la crítica. A veces, encontrarse con alguien consiste en unirse en la crítica de un tercero (“el ausente siempre tiene la culpa”), o de algo. Más vale eso para mantener la concordia. Porque si surge y se afirma un desacuerdo entre consuetudinarios criticones, se arma la discusión y va subiendo el tono (hay mucho iracundo por aquí), como puede atestiguar cualquiera que vaya a leer a los bares. (…) Tal vez la gente “de aquí” adora discutir y se autoafirma en la confrontación. O acaso es una forma algo pugilística de entender la discusión lo que lleva a pelearse con lamentable facilidad. (59-60)

Inmediatamente recordé un texto mío que incursiona en este mismo tema y me pareció oportuno entablar una conversación escrita y a distancia con las acotaciones de este observador extranjero. Desde luego mi pertenencia y posicionamiento no se podrían considerar ‘extranjeros’ pero sí diferentes y bastante laterales, según podrán comprobar en los comentarios que siguen a continuación.

Mi lecturita semiótica ‘viaja’ hacia el Sur, más precisamente a Buenos Aires, intentando auscultar algunas facetas de sus imaginarios consagrados, fantasmales y evanescentes; tradicionales, cambiantes y vanguardistas; patricios, populares y arrabaleros; históricos, míticos y cotidianos; académicos, ficcionales y humorísticos, en fin, una apretada y desflecada trama en la que leo desde hace muchos años dos autores: Macedonio Fernández, a quien mencionaré por su nombre de pila y Rodolfo Enrique Fogwill, al que convocaré solo por su apellido. En la escena que propongo Macedonio y Fogwill recortan sus figuras autorales en un horizonte inconfundiblemente porteño y habilitan la posibilidad de desplegar miríadas de rasgos característicos que contrastan, convergen y vibran de mil modos distintos en las idiosincrasias, los lenguajes, los rituales y los mitos de la gran ciudad. Al parecer estamos ante un par de porteños de ‘pura cepa’, dos raros ejemplares de las letras argentinas, dos autores de culto, legitimados pero de dislocadas ubicaciones en los cánones y linajes al uso, en todo caso se podría afirmar que nos abocamos a interpretar dos ‘desubicados móviles’ de nuestra historia.

Esta primera determinación me conduce a la siguiente interrogación: ¿desde dónde enuncio estas interpretaciones? La semiosfera en la que respira mi lectura, desde la que elucubra sus significaciones y sentidos, se instala en lo que denominamos el “interior” de provincias argentinas, y más aún, desde una zona de borde, provincia de Misiones, un ámbito periférico cuyo dialecto regional localiza ‘este lugar’, allá ité (allá lejos) respecto de la metrópoli. No se trata por supuesto, de un mero detalle geopolítico sino más bien de una impronta y estimación de mis propias opiniones acerca del ‘mundo porteño’ dado que conllevan marcas de antiguas historias de relaciones conflictivas, tensas y pobladas de prejuicios y estereotipos -en ida y vuelta- entre la capital y las provincias. Las valoraciones y creencias ancestrales, de ayer nomás y de cada día, impregnan las maneras de experimentar e interpretar discursos literarios, mediáticos, éticos y políticos.

Nuestras fricciones con el poder metropolitano se manifiestan, se solapan, se disimulan, se desmadran y diversifican sin tregua, por tanto sería una falacia ignorarlas o hacer como si no tuvieran plena vigencia. No solo el primer mundo en general o la soberbia Europa en particular, configuran nuestras diferencias, también ‘la Capital’ forma parte de nuestra memoria de coloniajes internos persistentes y traducidos en ariscas desconfianzas respecto de ‘esa otredad’ que impone su arbitrio, sus prestigios y sus deslumbres. La interacción entre Buenos Aires y el resto del país, al que se suele denominar ‘Argentina profunda’ en condescendiente y equívoca reparación, define sus vaivenes entre la impotencia y la admiración, los rencores, los tributos desparejos al poder y el asombro bilateral en ‘encuentros desencontrados’. Son ciertos, aunque bastante fallidos, los esfuerzos por comprendernos mutuamente, por compartir una nacionalidad que nos cobije aunque resulte corta y se nos chingue en la sonrisa. La consigna políticamente correcta sobre el ‘respeto a la diversidad’ satura discursos y documentos pero, como se dice en confianza, ‘derrapa mal’ y ‘brilla por su ausencia’ en las prácticas de un poder demasiado concentrado para nuestro gusto y para nuestra supervivencia.

En síntesis: leo literatura porteña que denominamos ‘nacional’ o ‘argentina’, desde el costado izquierdo –‘voy por izquierda’ diría la frase coloquial- posición poco apreciada, más de una vez desautorizada porque transmuta, desorienta, vuelve confusos los discursos pero a la vez, abre alternativas, muestra escorzos poco visitados y promueve un diálogo bastante ‘chicanero’ aunque explícito en sus condiciones intelectuales. Desde esta perspectiva, pongo en órbita una constelación de indicios, rasgos y modos de imaginarios vigentes que chisporrotean en circuitos simultáneos y entrecruzados de operaciones semióticas cuyos efectos no quedan restringidos a un presunto auto-sustento del discurso literario, sino que se incorporan activamente al fárrago de relaciones socioculturales, éticas y políticas. Intento pues, que la interpretación no quede atrapada en dialécticas bipolares, por el contrario más bien procuro que pluralice sus contingencias paradójicas inestables y proteicas.

2. El afán de discutir

Los bosquejos trazados de nuestra memoria colectiva me llevan a plantear en el inicio nuestro asombro provinciano ante el empeño de la cultura porteña por discutir y provocar. Esta costumbre acendrada y a la vez tan practicada, emerge vigorosa y plena de matices no solo en los medios, en ámbitos académicos o políticos, sino también en la vida cotidiana, en el mercado, en los bares, en el colectivo, en las colas y en las salas de espera. La dinámica de la interacción intensa de la gran ciudad ha desarrollado una pertinacia discutidora y en controversia, aun en discursos que no responden a enojos o peleas dado que los interlocutores hasta en la conversación más amigable ejercitan su tono contestador, irónico y con frases hechas listas para la réplica mordaz. Como toda costumbre que se precie deviene ‘naturalizada’ y se vuelve inadvertida para sus protagonistas, mientras que a ‘los de afuera’ nos deja perplejos pues nos parece gente de ‘pocas pulgas’, como dice la lengua popular. Estas destrezas lingüísticas y gestuales que los porteños han cultivado y perfeccionado hasta convertirlos en rasgos intrínsecos y arraigados de sus formas de vida cotidiana, adquieren relieves idiosincrásicos.

Si ampliáramos el panorama, no bien espiemos la bastedad de nuestra cultura occidental, podremos catar fácilmente la fe que depositamos en la productividad del debate de ideas y opiniones. El diálogo y las querellas vienen desde el fondo de los tiempos, investidos de blasones prestigiosos en nuestra cultura desde los antiguos griegos en su ágora y los pragmáticos latinos en su foro, pasando por la disputatio medieval, los coloquios renacentistas y barrocos, los salones y asambleas iluministas, en fin, un abolengo longevo que nos apabulla con su persistencia transhistórica. Se podría aducir que el valor de la discusión resulta indiscutible para nuestra memoria, de ahí que los círculos intelectuales y políticos aunque ejerciten monólogos obturados, se cuidan de resguardar una puesta en escena de ‘diálogos’ encendidos y contrapuestos como tributo a esta suprema deidad profana que rige nuestras creencias más firmes. En rigor de verdad, casi siempre prefieren aseverar que ‘están polemizando’, porque la ‘polémica’ trae en su intacto cuerpo griego –polemos- la presencia efectiva de la ‘guerra’ en la que no hay nada que deliberar ni acordar, sino por el contrario, vencer o morir.

Las ‘polémicas’ de nuestro presente nacional de circulación mediática, en redes digitales y en reuniones de amigos y familiares, alcanzan altos voltajes de crispación. Las huestes se vanaglorian (nunca una gloria más vana que ésta), de sus victorias logradas en ríspidas batallas utilizando todo tipo de argumentos, improperios y descalificaciones; ‘todo vale’ en estas contiendas con miras a devastar o exterminar a ‘los otros’. En la actualidad el fervor beligerante nos comprende a la mayoría de los argentinos, metrópoli e interior, en este aspecto parecemos casi unidos; las polémicas políticas, económicas y éticas en cruzada mediática transversal, nos exceden y nos involucran con consecuencias a veces saludables pero, por lo general, dañinas e inconducentes.

Ahora bien, este estado de cosas en un presente conflictivo y bastante áspero, se experimenta de diferentes modos puesto que en el imaginario porteño no hace más que acentuar un rasgo de sus costumbres, en cambio en el interior este brote contencioso y alegador provoca desconcierto y fugas intempestivas. No puedo atribuir tales reacciones a todo el inmenso y variado universo del ‘interior del país’ en forma masiva, circunscribo mis conjeturas interpretantes a la idiosincrasia de la región guaranítica (no sin destacar la injerencia de estos ancestros), en la que cualquier disputa se vive con mucha incomodidad. En efecto, las modalidades de interrelaciones en nuestra vida cotidiana muestran de inmediato los malabares simbólicos que ensayamos para evitar, desarmar o conjurar las discusiones. Desde luego, la gente discute y se pelea en situaciones de conflicto como en cualquier lugar del mundo y tiempo de la historia, pero eso no impide que las disputas conlleven una marca negativa en el trato personal, público o privado. ‘Discutir’ no solo puede tomarse como impertinente o desagradable, sino hasta como signo de ‘mala educación’. Nuestra memoria colectiva guarda en el arcón de abuelas, aforismos que nos aconsejaban por ejemplo, lo siguiente: “Si no tienes razón no discutas, y si tienes razón, para qué vas a discutir”. Como no escapará al juicio de nuestro agudo lector, solo un imaginario que abomine a ultranza del altercado puede atesorar semejante máxima.

La discusión se vive como un “malestar en la cultura” que densifica climas sociales y en consecuencia conviene eludirla o disimularla lo antes posible, procurando neutralizar todo indicio o atisbo de provocación. Los silencios, el chiste, la retirada, la gambeta gestual, la elusión de temas, la astucia discursiva y otros tantos recursos, conducen la interacción tratando de preservar un clima de manso y continuo transcurrir. El humor refuerza los antídotos contra el virus discutidor, el sarcasmo y la ironía más bien se reservan para un tercero y se dirigen hacia ‘los de afuera’, ‘los de arriba’ o ‘los que te dije’, rara vez hacia el interlocutor o alguno de los participantes presentes.

Los ‘provocadores’ no son bienvenidos ni valorados, a tal punto que el dialecto los discrimina con una denominación de cuño arcaizante llamándolos busca-pleito. Quien reciba el mote acusatorio de busca-pleito, se sabrá descalificado y sancionado por sus intervenciones irritantes, peleadoras o atrevidas. Nuestro dialecto se expide valorando: no da gusto mismo cuando son ‘masido pelientos; o bien interroga ¿por qué lo que él anda peleando de balde? Las provocaciones en el flujo de la conversación cotidiana, en las aulas, en las oficinas o en los comercios resultan completamente inconvenientes para la idiosincrasia ‘entre nos’, los de aquí nomás.

Me veo entonces, en la necesidad de consignar estas escasas noticias de juicios y prejuicios con miras a trazar un ámbito de inserción de mi propia lectura para sustentar luego mis apreciaciones sobre la provocación y la discusión en el imaginario porteño.

3. Dos tipos provocadores

Vuelvo ahora a mis autores predilectos, Macedonio y Fogwill, y aclaro que utilizaré un procedimiento abarcador e integrado de interpretación en procura de catar modalidades discursivas y personales plasmadas en la figura pública de autor que cada uno alcanzó: autor y obra se amalgaman en una única ponderación a la que llamaré ‘talante’. El ‘talante’ en sus acepciones estandarizadas nos remite primero, a “un modo o manera de ejecutar una cosa”; segundo, a un “semblante o disposición personal”; y tercero, a la “voluntad, deseo o gusto”.[1] El trenzado de estos tres aspectos ajusta los tientos en los que habré de pulsar la configuración de dos singularidades inmersas en una misma memoria comunitaria. Me animo así a decir que ambos autores se inscriben en ‘talantes porteños’ convergentes y diferenciados. Cabe reconocer la pertenencia de ambos a generaciones distintas y distantes, sin embargo me parece legítimo contrastarlos como personajes emblemáticos del ‘aura porteña’ en épocas diferentes.

En el caso de Macedonio contamos con una saga ya legendaria que abreva tanto en la oralidad de círculos intelectuales y crítica especializada, cuanto en el repique expansivo de los discursos mediáticos. Los testimonios personales y sus propios textos han dado fehacientes pruebas para gestar el mito de un provocador anarco-profesional. Las intervenciones de Macedonio en conversaciones, en el arte, en la política y en la ética llevan la impronta inconfundible del porteño ‘cuestionador’ y ‘chichonero’. Su provocación se ensaña con toda norma aceptada y pega de lleno en la estabilidad comprensiva de su destinatario. El ‘talante macedoniano’ desacomoda o incomoda, desarma al otro, le moja la oreja, diría el lunfardo, pero jamás lo hiere, al contrario lo envuelve en su simpatía cómplice, lo arropa con calidez y lo involucra en su juego. El talante criollo y patricio de Maceodnio cultiva un trato cortés exquisito, tanto su conversación en las famosas ‘tertulias’ como su escritura, despliegan sofisticadas maniobras conceptuales, genio y fetiche de la tradición intelectual rioplatense. Como siempre Borges nos brinda un boceto certero y revelador cuando entre otros atributos lo define como un “crisol de paradojas”,“varón justo y sutil, inderrotable ajedrecista polémico”. Estos austeros trazos aportan valiosas pinceladas para contornear su figura: la calificación de “inderrotable ajedrecista polémico”, atestigua su vocación discutidora con las condiciones de un “ajedrecista”, metáfora que nos habilita a plantear la cadencia de su estilo parsimonioso por sus movimientos muy pensados; esto se articula con la otra metáfora “crisol de paradojas”, recurso privilegiado por su ingenio fecundo, extravagante, devastador, entramado en su modalidad serena, tímida y casi huraña. Su ‘talante criollo’ adopta la displicencia del que ‘la mata callando’, tanto en las estrategias de su interlocución cuanto en sus textos barrocos de lectura complicada.

La provocación macedoniana no es agresiva sino zumbona, persistente, molesta como un abejorro obcecado en asedios a su destinatario. Este ‘tábano criollo’, refinado y porteño no es “socrático” (como adujeran algunos amigos) porque no busca avergonzar al otro empujándolo a contradecirse, ni pretende ‘dar a luz’ una verdad, su juego continuo, lúcido, subversivo y encantador no hace nada más, ni nada menos, que sumergir al otro en la “continuación de la nada”. Su nihilismo radical y al mismo tiempo pleno de expectativas, le permite ‘balconear’ el mundo con cínica distancia e involucrar a su interlocutor-lector en una experiencia única en la que habrá de discutir casi todo ‘lo-que-ya-sabemos’ sin violencia, con altruismo, sin abandonar la sonrisa ni la pasión de pensar con el otro, conversando.

En contraste presentamos a Fogwill tan porteño, tan provocativo, tan afín y tan opuesto al ‘talante macedoniano’. Quizá podamos arrancar con lo estrictamente artístico: mientras Macedonio lidera la vanguardia adoptando posiciones extremas contra el realismo en todas sus manifestaciones miméticas, al tiempo que impulsa un proyecto estético que exhibe artificios y propicia la invención imaginativa de “Bellarte”, Fogwill, irrumpe en la posvanguardia con un retorno muy particular del realismo. El emprendimiento realista de Fogwill, al que llamo ‘realismo atorrante’, se lanza a recorrer laberintos cosmopolitas con su empaque bien porteño y ‘toma todo’ cual perinola omnívora y codiciosa. Su discurso ‘no le hace asco’ a nada ni a nadie, sabe moverse con soltura en cualquier ambiente como buen ‘buscavida’ que ‘se las sabe todas’ y con petulancia de tango parece advertirnos “aunque tenga que aprender, nadie sabe más que yo”. La pregnancia altiva y desafiante se mantiene impertérrita, así en la prosa como en la mesa del bar, así en el ensayo como en la participación de un panel, así en lo público como en lo privado. Las intervenciones de Fogwill han forjado una imagen de autor, de personaje público, lograda a fuerza de iconografías desopilantes y nutridos anecdotarios que vuelan de boca en boca en los mentideros culturales y se replican en revistas, diarios, documentales, programas radiales y televisivos.

Su talante estrafalario y sarcástico se inmiscuye en la sociedad del espectáculo con recursos espectaculares, su cuerpo y sus textos salen al ruedo de lo visible. Están en la vidriera, sin inhibiciones. Ni la industria cultural ni la lógica del consumo lo asustan, por el contrario, su cámara-escrita registra con desfachatez ‘lo que venga’: conoce marcas, trucos y retóricas publicitarias; aprendió y utiliza jergas de cualquier actividad, nivel o cofradía; tararea música clásica o popular con pareja afinación; adopta tácticas cancheras, códigos marineros y ‘agachadas de bajo-fondo’. Todo Buenos Aires se condensa en este ‘otro Aleph’ que le disputa ‘mano-a-mano’ al coloso del cuento, Borges –Help a él- un imaginario compartido pero en tremebunda controversia. El ‘realismo atorrante’ afronta y confronta con desparpajo y valentía la tradición más consolidada y prestigiosa de su propio hábitat y emprende semejante osadía con la misma lengua argentina modelada por otros avatares de la historia, otras posiciones políticas y otras búsquedas artísticas.

En el sentido-del-humor emergen las sutilezas decantadas por la idiosincrasia del cotidiano, el tufillo porteño más entrañable y difícil de explicar, de compartir y de sentirlo en sus disipaciones erráticas. El ‘talante provocativo’ de Fogwill se plasma en una maestría discursiva de cuño bien porteño por su cadencia sintáctica, su versatilidad lexical y fraseo gracioso de lucidez implacable y crudeza doliente. Cabe señalar que no se trata de ingenuo localismo, ni búsquedas patrioteras de lo nacional, el ‘mundo Fogwill’ se presenta movilizando las variantes lunfardas y porteñas sin pedir permiso ni disculpas, sin sobreactuar su propio lenguaje. Su pasión provocadora converge en cierta continuidad con Macedonio pero adopta modalidades pendencieras más agresivas y más ‘barderas’.

El ‘bardeo’ es un deporte cultural porteño al que Fogwill no solo le dedica un ensayo sino que lo practica con entusiasmo con flagrante obstinación; desde mi otredad misionera, me animaría a decir que ‘éste sí que es un eximio busca-pleito’. Por ejemplo, su ‘bardeo’ contra los fanáticos seguidores de Borges, puede sintetizarse en estos términos: “Entre nosotros, la ilusión de control y eficacia tuvo su paradigma en lo que dimos en llamar la borgería. Todos borgearon, borgeamos o borgeásteis a su debido turno. Y el castigo por tanto borgear y haber borgeado es el espectáculo de la borgería contemporánea…“ (2008, 251). Este exiguo fragmento, no tiene otro fin que paladear la agudeza de sus tácticas audaces para ridiculizar tilinguerías y esnobismos vernáculos; su sorna burlona parece retomar la sentencia macedoniana acerca de la originalidad que consiste en ponerse todos de acuerdo para copiar al mismo.

Ambos provocadores se encuentran a sus anchas ‘poniendo el dedo en la llaga’ de los protocolos más establecidos y legitimados pero configuran talantes contrapuestos en el despliegue de sus ingenierías discursivas y en la actitud hacia los interlocutores. Sin embargo, ambos comparten esa vena porteña romanticona, tanguera, de sutiles toques melancólicos, irónicos y tiernos, por esta vía ambos creen fervientemente en la experiencia, la pasión y la singularidad del genio, con una valoración suprema del amor en todas su potencia y principalmente en la amistad que ambos cultivaron con ahínco.

Si provocar es humano y discutir es divino en el imaginario porteño, este par de conversadores, ha instalado en ese horizonte discutidor sus respectivos talantes literarios y públicos a fuerza de humor, inteligencia y talento, un centelleo perpetuo que se nutre de una tradición, una atmósfera reconocible y bien temperada. Nosotros desde allá ité los admiramos de reojo, extrañados y los disfrutamos con alegría, sin dejar de reconocer que nuestras distancias alientan desde el borde, otros chistes, otras penurias y otra memoria.

Notas:

[1] Real Academia Española. Diccionario de la Lengua Española, Madrid, 1992, T. II, 1935.

Bibliografía:

• Camblong, Ana: Macedonio. Retórica y política de los discursos paradójicos, Buenos Aires, Eudeba.2003

• Fogwill, Rodolfo E.: Los libros de la guerra, Buenos Aires, Mansalva. 2008

• Silva, Alberto: “Cuerpo argentino” en Otra parte, Nº 30, Buenos Aires, 58-61. 2014

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Analytica del Sur Número 1. Aparición en web: julio 2014.

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