Analyticas del Sur. Revista de psicoanlisis en la crtica cultural

Edición Nº 5 • Diciembre de 2016 •

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Encantados. El psicoanálisis y la muerte de la Magia por la Técnica

Enrique Acuña

Analista practicante, miembro de la Escuela de la Orientación lacaniana (E.O.L.) y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (A.M.P.), Director de Enseñanzas de PRAGMA –Instituto de Enseñanza e Investigación en Psicoanálisis de La Plata (APLP) y Docente del Instituto Oscar Masotta. Director de la revista gráfica Conceptual –estudios de psicoanálisis y de la revista virtual Analytica del Sur –Psicoanálisis y crítica. Autor del libro Resonancia y Silencio –psicoanálisis y otras poéticas (Edulp, La Plata, 2009). Publicó artículos en revistas especializadas en cultura y psicoanálisis así como en la web: www.aplp.org.ar

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René Magritte
Variante de la tristesse
1957, óleo sobre lienzo
50.2 x 60.3 cm

Entendiendo la verdad desde un punto de vista filosófico (Aristóteles, La Física) la Ciencia, la Magia y la Religión son procedimientos, métodos, caminos de acceso a la verdad como causa de las cosas. Cada procedimiento constituye su propio campo, así el campo de la Ciencia organiza un saber comunicable en la fórmula matemática y tiene su orden de hierro en el objeto técnico. Quedará para el campo del psicoanálisis captar el resto excluido de esas operaciones en aquello que retorna como sujeto del inconsciente; verificando que no hay la verdad absoluta para saber sobre la causa de cada uno. Es el Otro, un camino inaugurado por Freud.

Nuestro siglo parece caracterizarse por cierto “des-encantamiento” de ese Otro del significante en una época de “fin de la Magia” -eso que encanta- suplantada por la realidad virtual que crea una “atmósfera de verdad” en la ilusión del objeto técnico listo para usar en el mercado de consumidores. Tal como señala Max Weber desde la sociología, el “progreso” de la Ciencia y el Capitalismo van juntos hacia un “desencanto del mundo”.

Para nosotros se trata del ascenso y descenso del “deseo de saber”, ahí donde se esperan los efectos de creación del síntoma. Entonces ¿cómo dejar encantarse por el canto de la palabra, condición previa para la experiencia del inconsciente? Jacques Lacan responde con la operatividad de un deseo inédito, el “deseo del analista” que lo sitúa a distancia del Ideal y en tensión con una figura histórica de la Magia que es el alquimista. Diderot como Newton encantan antes del nacimiento de la Ciencia, cuestión que sirve para acercar al antiguo alquimista con el analista de hoy; ambos parten de intervenir con su deseo “puro” o vaciado del ideal; en la búsqueda de una verdad. (1)

Partimos por comentar este párrafo de Jacques Lacan en “La Ciencia y la verdad”, 1966 (2):

Magia y religión, las dos posiciones de este orden que se distinguen de la ciencia, hasta el punto que ha podido situárselas con relación a la ciencia, como falsa o disminuida ciencia para la magia, como rebasando sus límites, o incluso en conflicto de verdad con la ciencia para la segunda: hay que decirlo, para el sujeto de la ciencia, una y otra no son sino sombras, pero no para el sujeto sufriente con el que tenemos que vérnoslas. (…) Sobre la Magia, parto de este punto de vista que no deja nebulosidades sobre mi obediencia científica, sino que se conecta con una definición estructuralista. Supone el significante respondiendo como tal al significante. El significante en la naturaleza es llamado por el significante del encantamiento. Es movilizado metafóricamente. La Cosa en cuanto que habla, responde a nuestras reprensiones. (…)

Todo el mundo sabe que para ello es esencial poner en condiciones al sujeto, el sujeto chamanizante. Observemos que el chaman, digamos de carne y hueso, forma parte de la naturaleza, y que el sujeto correlativo de la operación tiene que coincidir con ese sostén corporal. Es ese modo de coincidencia el que queda excluido del sujeto de la ciencia (…)

Es efectivamente bajo el modo de significante como aparece lo que ha de movilizarse en la naturaleza: trueno y lluvia, meteoros y milagros. (…)

La observación de que es siempre magia sexual tiene su valor aquí, pero no basta para autorizarlo.

Concluyo con dos puntos que merecen su atención: la magia es la verdad como causa bajo su aspecto de causa eficiente.

A partir de esta observación se trata del desencantamiento del mundo en función del fin de la magia a favor de la técnica. La magia es un procedimiento del lenguaje para acceder a la verdad por una realidad generada por el “encantamiento” de un significante cuyo brillo –el misterio de su sentido- encandila, sorprende, embelesa.

Dice: “El significante en la naturaleza es llamado por el significante del encantamiento. Es movilizado metafóricamente. La Cosa en cuanto que habla responde…”. Hay un llamado del encantamiento hacia el significante de la naturaleza al que va a responder otro significante (S1-S2). Por ejemplo el chamán de Levi-Strauss en “El hechicero y su magia” (3) quien convoca con un rezo a la curación del paciente evocando en su teatralización otras fuerzas de la “naturaleza” pero que están en el mismo enfermo en tanto reserva de significación, como en el mito simbólico. Ese sujeto ($) esta además bajo la influencia de la comunidad que asiste con su identificación imaginaria a la cura.

Hay dos significantes, sin un significado, no hay un signo sino una metáfora como sustitución que causa otro sentido, en más, en suspenso. Lacan sitúa este encantamiento del mundo por el significante en oposición al desencanto creado por la técnica que primero ilusiona con sus artefactos y luego vacía de sentido la experiencia, provocando un efecto de decepción de la espera. Esta caracterización va acompañada de una tercera respuesta que Lacan llama “el triunfo de la religión”. Entonces al menos tres elementos: un primer momento de encantamiento por las palabras, luego la planetarización de la técnica y un momento de búsqueda de la verdad religiosa. Tres campos de la verdad que se excluyen mutuamente.

Jacques-Alain Miller en “Una fantasía” analiza la frase de Lacan en “Radiofonía” sobre el “ascenso al cenit social del objeto (a)”. Lacan, a diferencia de Freud que descubre el inconsciente como deseo en conflicto con el Ideal (sociedad victoriana), retoma la inversión de esa fórmula: la técnica puebla la realidad de esos objetos (a) como substancias que empujan a la pulsión y en contragolpe desciende el Ideal. Pero es interesante entender la segunda parte de ese mismo párrafo donde Lacan hace aparecer la angustia como efecto que provoca el vaciamiento del objeto cuando fracasa su producción.

Entonces el encantamiento o desencantamiento depende del deseo que espera realizarse de su fantasía. Magia, ciencia, religión y psicoanálisis cualquiera de esas vías deja siempre de lado a otro método: el psicoanalista no elije los caminos de la ciencia-magia-religión sino que se dirige al campo del goce que no entra en los otros campos ya que ese goce excluido retorna en otro lado como un real que descompleta a cada método. Ese residuo que queda como resto es sobre el cual va a operar otro discurso, es la idea de Lacan cuando plantea “el sujeto del psicoanálisis es el mismo que el de la ciencia”. Lo que rechaza la ciencia como subjetividad retorna para el psicoanálisis, lo que deja la religión sin creencia puede ser retomado por la magia, es decir, que cada uno de esos procedimientos deja un elemento imposible de decir.

En ese año critica el concepto de “hombre de ciencia” y las “ciencias humanas”, tanto en el estructuralismo como en el humanismo, en tanto sus métodos idealizan un sujeto de la ciencia ya sea por la formalización de una combinatoria –Lévi-Strauss- o por un “ser” a la medida del hombre, olvidando el deseo inconsciente que habita en el operador del método de saber la verdad. Para Lacan: “Los únicos hombres de la verdad que nos quedan: el agitador revolucionario, el escritor que con su estilo marca a la lengua, y ese pensamiento que renueva el ser” (referido a Heidegger).

El deseo del físico no entra en su operación, ya que basta con la verificación de su fórmula y que el experimento se realice de manera repetitiva. Ese rechazo del inconsciente le costará algo que sigue a las crisis de los paradigmas científicos que es: “el drama subjetivo que cuesta cada una de esas crisis. Este drama es el drama del hombre de la ciencia (…) Tiene sus víctimas: J.R.Mayer, Cantor, no voy a establecer una lista de honor de esos dramas que llegan a veces hasta la locura”.

Entonces el psicoanálisis se plantea como una ciencia “conjetural”, en tanto su objeto (a) no está elucidado de antemano y se encuentra con un sujeto en exclusión interna. Su causa es el significante en tanto materialidad, es decir no remite más que a una letra donde se escribe el objeto causa, la “cosa” freudiana sin representación con la cual el sujeto tropieza sin poder atraparla. El inconsciente es la verdad, y esa verdad se ubica en el lugar de una causa –vacía- que sin embargo habla.

La conjetura del analista se construye en cada sesión a partir de lo no dicho, un resto de lo enunciado del cual se supone una hipótesis de la causa. Es sobre la enunciación que se monta el retorno del sujeto, es a partir de la conjetura susceptible de un cálculo de lo que va a ocurrir pero abierta a las contingencias. Ese elemento no dicho es lo real propio del psicoanálisis, un real diferente del real de la ciencia que no deja un resto en sus fórmulas. Entonces el psicoanálisis se condiciona sobre el resto que dejó la ciencia y a la vez tiene su propio real, su propio imposible de decir.

Hay un saber que se logra y la verdad que queda como residuo. Entre la verdad y el saber se sostiene hasta el final del análisis la división del sujeto con respecto al objeto que no deja de causar. Pero sin embargo al final del análisis hay una experiencia de transmisión de ese resto y de lo que se puede saber, no es por lo tanto una experiencia científica, ni religiosa, ni esotérica.

Planteado el encantamiento del mundo que provoca el significante como enigma y ahora la imagen del mundo por la técnica: gadgets, lethosas, ondas de radios, ficciones de amueblamiento que visten el drama del hombre hipermoderno. Esa vestimenta a la verdad que no llega; oculta y desoculta como para Heidegger la “pregunta por la técnica” que apunta a su “olvido del ser” en tanto deseante y eso en el mundo se planetariza con voces y miradas en objetos substancializados. Esa planetarización de los objetos de la voz y la mirada que genera la globalización por ejemplo económica y cultural donde se vive en tiempo real lo que está ocurriendo a miles de kilómetros de aquí. Entonces, la atmósfera de verdad que crea la ciencia deja algo desnudo que no es imaginario ni de realidad física y es el objeto “a” en su vertiente de real. Y al afectar al sujeto en su división surge el síntoma, un acontecimiento que trastoca la realidad psíquica.

Entonces, para Lacan la verdad no es física de causa formal –ciencia- , ni ilusoria con causa eficiente –magia-, ni es el sentido de Dios causa final -religión-, sino que la verdad habla en las formaciones del inconsciente: el síntoma, lapsus y en los sueños. La verdad es siempre dicha a medias a causa del material significante que se monta sobre un real. Es necesario un síntoma que se articule al saber que guarda el Otro en la transferencia (Sujeto Supuesto Saber) para que la causalidad significante arribe a un real sin ley ni sentido.

En oposición, la magia actúa haciendo creer que hay una causa eficiente, por ejemplo en el encantamiento hay un llamado a un significante que hace que la materia de la naturaleza provoque otro significante. El mago al que se refiere no es el del truco de entretenimiento, sino al que refieren George Frazer (4) y Lévi-Strauss. El mago necesita lo que Frazer llamó “leyes de simpatía” ya sea por contigüidad o por semejanza. Una semejanza entre la parte y el todo, por ejemplo una pera puede tener la forma de una mujer y el mago hace una evocación a través de la pera de una mujer. La uña, el pelo, las secreciones pueden representar a la persona por la contigüidad que produce un elemento simpático. El encantamiento, cual embrujo, opera por seducción, es aquello que Lacan evoca como “magia sexual” cuando dice:  “La observación de que es siempre magia sexual tiene su valor aquí, pero no basta para autorizarlo”. Sugestión en la medida que da sentido en tanto abrocha al ser y por último opera por sustitución metafórica -la uña va a representar a una persona, o la foto en la magia negativa con ausencia del otro. Esa parte del todo de la persona es una ley de contigüidad que provoca algo eficiente, es útil para hacer aparecer lo ausente.

El sujeto encantado evoca en un significante el llamado de la naturaleza que puede ser en el ritual del hechizo del “candomblé” –una religión de sincretismo afrobrasileña- donde el maestro utiliza caracoles que por una oración hace que digan una verdad. La verdad de la realidad es que se ha producido en el lugar de la causa algo eficiente: existe esa situación realizada en el relato inducido por el significante. El encantamiento ha producido sobre el cuerpo una transformación, que esa persona lo siente, lo vive, lo expresa.

En la religión sin embargo, la creencia, la fe y el ritual se reúnen en el sentido religioso que supone la existencia de un ente que es la causa final de las cosas. Un Dios, o los dioses, que condensa en su figura o su nombre, cuando puede ser dicho; la autocreación del mundo y de sí mismo, es causa final porque puede decir “soy lo que soy”. En el esquema freudiano de El porvenir de una ilusión surge la lógica de una renuncia a la satisfacción, una sustitución de lo profano por lo sagrado y la consecuencia sublimatoria es la ilusión de redención en un más allá. El creyente se ritualiza entonces en la invocación –la plegaria, el rezo, la oración- que es una cierta entrega a ese Dios en términos de amor. La promesa crea la ilusión que se plasma en lo escrito de un texto dogmático (Las sagradas escrituras) y en las prescripciones de la institución Iglesia. Podemos escuchar a los nuevos ilusionistas de la religión en los grandes templos evangélicos, donde el pastor seduce a su Dios para recibir el amor presentándose como sacrificio o renuncia al pecado.

Ocho años después de “La Ciencia y la verdad”, Lacan va a Roma y en una conferencia de prensa que se publicó aquí como El triunfo de la religión plantea lo “indestructible” en la religión. Se trata de una operación con la verdad como causa que viene de un ente superior cuyo decir como sentido se perpetúa al infinito, hasta el lugar donde hace existir al discurso místico. Segrega tanto sentido que va a derramar su decir sobre el silencio que la ciencia deja en su fórmula y sus objetos técnicos que nublaban el drama de la vida con satisfacciones transitorias. La religión triunfa –sobre todo la única, la católica-, porque su relato mítico une por el acto del sacrificio a Dios padre, su hijo Jesús y el espíritu santo, trinidad que revive el drama humano por excelencia. La religión como causa final opera en la realidad produciendo un “amor divino” donde se promete algo que no puede dar ni la ciencia, ni la magia, ni el psicoanálisis en la promesa de una vida en el más allá. La transmisión del saber por el dogma permite el sentido infinito que toca al ser del sujeto.

Entonces el psicoanálisis se basa en ubicar en la verdad como causa algo material pero que no es físico y es la materialidad del significante, una palabra que evoca a otra que no está; es la captación de un real diferente al real que está operando en la ciencia. El real del lenguaje con el que procede el psicoanálisis no se transmite con fórmulas, ni en el sentido religioso; ese real del psicoanálisis es eso que queda como imposible de decir, es aquello que Freud nombró como imposibilidad del discurso cuando es imposible educar, gobernar y psicoanalizar. Ese imposible de decir es sin embargo la causa que provoca un retorno al deseo.

Es la reintroducción de la consideración científica del Nombre-del–Padre: un significante que nombra la ausencia sin rechazarla e introduce la causa del significante material sobre una letra real. Es la ausencia que deviene agujero en la verdad y causa de otra operación que es la causa analítica: que un fin de análisis haga que ese sujeto quiera ser psicoanalista. Que es algo muy diferente a producir objetos técnicos o formación universitaria con profesiones. No es el saber universitario, es provocar la causa del deseo del analista.

Termino con esta frase de Lacan en El triunfo de la religión, que a diferencia del psicoanálisis que no triunfa ni fracasa, sino que persiste en la consideración del Nombre-del-Padre en tanto una palabra que evoca la ausencia, dice: “En el análisis se empieza por explicar a la gente que no están ahí para confesarse. Ese es el principio de nuestro acto, están ahí para decir cualquier cosa.” Cosa aquí es la causa. Cómo hacerle decir a esa cosa que era la materialidad del objeto técnico, cómo hacerle decir a la cosa freudiana que es lo real, cómo hacerle decir algo que resuene en la charla, a otra causa.

 

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-Intervención de Enrique Acuña en las XI Jornadas anuales de la APM: “Inconsciente siglo XXI –el saber y el hacer-“. Mesa titulada: “El psicoanálisis y el desencantamiento del siglo”

Texto extraído de la revista Fri(x)iones –entre el psicoanálisis y la cultura- Nº 6, Asociación de Psicoanálisis de Misiones, 2016. Por acuerdo editorial con la revista Fri(x)iones -entre el psicoanálisis y la cultura-.

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Notas:

(1)-Lacan, Jacques: El Seminario Libro XI –Los Cuatro Conceptos Fundamentales del Psicoanálisis-, Ed. Paidos, 1985.

(2)- Idem: “La Ciencia y la verdad” en Escritos II, Ed. Siglo XXI,1982

(3)-Lévi-Strauss, C: Antropología Estructural, Ed. Paidós, 1987.

(4)-Frazer, George: La rama dorada- Magia y Religión-, Ed FCE, Red, 2012.

(5)–Acuña; Enrique: “Amar su más allá –una lectura de La Ciencia y la Verdad-.” Disponible en: http://www.aplp.org.ar/index.php/e-textos-10/245-amar-su-mas-alla-una-lectura-de-la-ciencia-y-la-verdad

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Analytica del Sur Número 1. Aparición en web: julio 2014.

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