Analyticas del Sur. Revista de psicoanlisis en la crtica cultural

Edición Nº 10 • Octubre de 2020 •

universales
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El ex-lugar feliz: del diván
al SUM de la terraza

Alan P. Gueret

Abogado. Miembro adherente de la Asociación de Amigos Guaraníes (A.A.G.ua). Participante del seminario "El Otro del desengaño" dictado por Enrique Acuña en la ciudad de Buenos Aires.

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Andrea Mac Micking. @andremacmickingphoto

 

I- Pues comprendamos, pero caminando, por qué y qué goza de mí

 

En Peces de ciudad, Joaquín Sabina, escribe: «En Comala comprendí que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver». La sentencia de Sabina parece estar inspirada en la novela Pedro Páramo, elaborada en 1955, por el mexicano Juan Rulfo. En ese texto, el personaje de Pedro Páramo se presenta con dos rasgos bien distintos, pero a la vez cercanos uno del otro: el amor y el odio. El odio en torno a la ciudad de Comala y el amor frente a la persona de su vida, Susana San Juan.

 

En los hechos, cuando Pedro era apenas un joven vivía en la construcción imaginaria de una Comala en donde todas las experiencias giraban alrededor de Susana. Era el amor idealizado, pero también la falta, pues ella no le correspondía debido a que estaba casada con Florencio. A pesar de la situación, Pedro supo esperar varios años por el encuentro y cuando finalmente se produjo, lo relataba con las siguientes palabras:

 

«Esperé treinta años a que regresaras, Susana. Esperé a tenerlo todo. No solamente algo, sino todo lo que se pudiera conseguir de modo que no nos quedara ningún deseo, solo el tuyo, el deseo de ti».

 

La selección de las anteriores circunstancias sirve a los fines de comprender —sin concluir, aún— cómo el retorno al goce es singularmente diferente en cada ocasión. El regreso a la satisfacción pulsional varía de vuelta en vuelta. Es decir, nunca se vuelve al mismo lugar y a ninguna parte semejante. El retorno al lugar donde alguien alguna vez fue feliz, o pudo haberlo sido, ya no es aquel, no es el que pudo ser.

 

El retorno a la felicidad, orientada a un locus específico no puede ser entendido, entonces, dentro de los esquemas universales del todo. No hay regreso alguno que no esté determinado por la transformación del entremedio transitado. La vuelta encaminada al goce pulsional, equivalente en algún punto a la experiencia equívoca de la felicidad, funciona en la lógica de la excepción, en los registros de la peculiaridad. Desde esta perspectiva, el retorno es particular mas no universal.

 

Por eso cuando Pedro se encuentra con Susana deja entrever con sus palabras la virtualidad discursiva del campo universal al mencionar que esperaba a tenerlo todo, no simplemente algo, sino todo lo que se pudiera conseguir antes de la anhelada llegada, para que no quedara ningún deseo más que el deseo por el ser amado. Ciertamente Pedro sabía que entre el hombre y la mujer está el amor, y que con el regreso de Susana volvería la felicidad y la satisfacción que durante la infancia pudo, aunque imaginariamente, experimentar. Ahora, lo que Pedro también conocía era la contracara de que era un villano que propinaba maldiciones y escarnios a los distintos habitantes de Comala. De hecho, cuando Susana muere decide vengarse personalmente de la ciudad cruzándose de brazos y matándola de hambre.

 

Si todo lo anterior es cierto, el retorno a la felicidad, o sea, el lugar donde habita también el goce, se produce en la diferencia, en la particularidad, caminando entre los muros que rodean el vacío del sujeto dividido. Con otro giro, se origina en el ex-lugar feliz. De esta forma, el espacio de la felicidad además de ser excepcional está implicado por grados de satisfacción y por cuotas de malestar. Y esto es lo paradójico: el lugar donde el individuo en alguna oportunidad fue feliz o pudo haberlo sido, está condicionado mediante una determinada manera de gozar que se caracteriza, entre otras cosas, por producir al mismo tiempo satisfacción y sufrimiento. El retorno a ese lugar resulta deseado, pero a la vez repulsado. De ahí que Borges, en otras circunstancias, recordara que en todo día hay un momento celestial y otro infernal, y que Sabina, al final de cuentas, recomiende no volver al lugar feliz.

 

El lugar referenciado no es, por tanto, un lugar geográfico, topográfico, sino el lugar del Sujeto. Es desde el «círculo quemado en la selva de las pulsiones» o desde el «claro en la selva pulsional», desde donde se orienta la marca, cicatriz o huella del meridiano del goce. Por ende, son dos las condiciones del lugar desde donde retorna, acaso repite e insiste, el goce: la singularidad y ambigüedad afectiva.

 

En este sentido, durante una entrevista con el periodista argentino Máximo Simpson, Rulfo, logra reconocer precisamente ambas variables cuando destaca que el amor de Pedro Páramo hacia Susana estaba rodeado de circunstancias adversas y que ella era la única forma posible para atravesar las atrocidades acontecidas, pero también el motivo por el cual las llevo a cabo.

 

En efecto, afirma que Susana era «Lo único limpio en aquella existencia tan tragueada. Susana pesaba más en su conciencia que sus crímenes, los cuales sólo habían sido un instrumento para alcanzar el poder… Susana San Juan era el único símbolo de redención que le quedaba, la única forma tangible y hermosa por la cual hizo tantas atrocidades. Ella significaba su perdón, así que al perderla se sintió el más desventurado de los seres humanos. ¿O no cree usted que para algunas personas ciertas mujeres son como un trasunto del cielo, y quizá el cielo mismo?».

 

Así las cosas, Sabina tiene presente lo que implica volver al lugar donde se ha sido feliz. Más, da la impresión  de que llega a esa conclusión luego de haberse retirado efectivamente de escena. Parece advertir que lo verdaderamente importante no es tanto el lugar de salida o de llegada, sino el lugar del itinerante que, en el transcurso del camino, comprende por qué la única forma de regresar no es solamente en otra parte. Insinúa, en definitiva, que el destino no es un lugar, sino una nueva manera de ver las cosas.

 

II- Siempre me acompañaba la misma pregunta: ¿qué hago acá?

 

El acontecimiento pandémico trajo consigo el tránsito de las personas desde sus lugares habituales a otros menos cotidianos. Incluso, posibilitó el desplazamiento de los espacios permanentes a los transitorios. Con todo, viabilizó forzadamente el paso de lo normal a lo excepcional. Usualmente, esta transición que escapa a la regla, plantea la siguiente cuestión: ¿qué hago acá?

 

Un interrogante que aguarda disruptivamente en aparecer cobra sentido en cierto momento que, a menudo, escapa al de sosiego. Pregunta infinita que conmueve y orienta la mirada en el trayecto más que en la despedida o el arribo .Finalmente, solicitud innominada que acompaña en el recorrido concretado. Definitivamente, todo esto resulta una cuestión que se encuentra escoltada por el individuo cuando transita de un lugar a otro, tanto en el tiempo malo como en el bueno.

 

La circulación de las personas, a raíz de la pandemia, posibilita la apertura de la pregunta por la posición del sujeto. Pero, de nuevo, no la interrogación del sujeto cartesiano que depende de la ciencia y la técnica, sino la del sujeto que comprende que el cuerpo es producto del contexto, de suyo, contingente, pero además cuerpo hecho de palabras de la lengua.

 

En este escenario, la dicha consiste entonces en ir desde el diván al SUM de la terraza y tratar de comprender, en ese azaroso tránsito de la vida, que lo desplazado no es tanto el entorno, sino más bien el cuerpo del lenguaje.

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