Analyticas del Sur. Revista de psicoanlisis en la crtica cultural

Edición Nº 3 • Julio de 2015 •

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“Das Unbewusste” (1915):
Cien años de un texto actual

Ofelia Martínez

Licenciada en Psicología por la Universidad Nacional de Asunción (UNA). Psicoanalista. Corresponsal de la Revista Conceptual - Estudios de Psicoanálisis en Asunción, Paraguay.

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Xul Solar
Marte, Saturno. 1953.
Derechos reservados
Fundación Pan Klub - Museo Xul Solar

50-01-Marte Saturno

A modo de conmemoración del siglo de este texto medular del psicoanálisis, y siguiendo un poco la máxima de Lacan “volvamos a Freud”, compartimos aquí algunos extractos de la primera sección del trabajo, en la que Freud justifica la necesidad y legitimidad “del supuesto” de lo inconsciente. En la introducción al texto Strachey expresa:Si la serie de ‘Trabajos sobre metapsicología’ es quizá lo más importante entre los escritos teóricos de Freud, no cabe duda de que el presente ensayo sobre ‘Lo inconsciente’ es la culminación de esa serie.” Veinte años antes, en 1895 el neurólogo que había en Freud estaba empeñado en construir una psicología a partir de elementos puramente neurológicos. En el «Proyecto de psicología para neurólogos» que le envió a Fliess aquel año, propone describir y explicar todo el ámbito de la conducta humana, normal y patológica, por medio de un complicado manejo de dos entidades materiales: la neurona y la «cantidad fluyente», una energía física o química no especificada. Así evitó por entero postular cualesquiera procesos anímicos inconscientes: la cadena de sucesos físicos era ininterrumpida y completa. Múltiples serían las razones por las que el «Proyecto…» nunca se terminó y toda la línea de pensamiento subyacente fue abandonada. Pero la principal es que el neurólogo Freud fue desplazado y sustituido por el psicólogo. (1)

La primera vez que Freud utilizó la expresión «lo inconsciente» fue en el historial clínico de Emmy von N. (1895, en una nota al pie) pero no fue sino hasta el capítulo VII de La interpretación de los sueños (1900), que el concepto quedó cabalmente establecido. Allí, no sólo desapareció la explicación neurológica de la psicología, sino que buena parte de lo que Freud escribiera en el «Proyecto…» en términos del sistema nervioso resultaba válido, y mucho más inteligible, al traducirlo en términos anímicos. Freud mostró por primera vez cómo era el inconsciente, cómo trabajaba, cómo difería de otras partes de la psique y cuáles eran sus relaciones recíprocas con ellas. Finalmente, en «Das Unbewusste» volvió a esos descubrimientos, ampliándolos y profundizándolos. Antes de ello, lo inconsciente aún resultaba ambiguo. El interés de Freud en apuntalar este supuesto era práctico, no filosófico.

“El psicoanálisis nos ha enseñado –comienza diciendo Freud- que la esencia del proceso de la represión no consiste en cancelar, en aniquilar una representación representante de la pulsión, sino en impedirle que devenga consciente. Decimos entonces que se encuentra en el estado de lo «inconsciente». Todo lo reprimido tiene que permanecer inconsciente, pero… no recubre todo lo inconsciente. Lo reprimido es una parte de lo inconsciente. ¿De qué modo podemos llegar a conocerlo? Lo conocemos sólo como consciente, después que ha experimentado una trasposición o, traducción a lo consciente. El trabajo psicoanalítico nos brinda todos los días la experiencia de que esta traducción es posible. Para ello se requiere que el analizado venza ciertas resistencias, las mismas que en su momento convirtieron a eso en reprimido por rechazo de lo consciente.”

 

El supuesto de lo inconsciente es necesario y legítimo

Es necesario, porque los datos de la conciencia son en alto grado lagunosos; en sanos y en enfermos aparecen a menudo actos psíquicos cuya explicación presupone otros actos de los que, empero, la conciencia no es testigo. Tales actos no son sólo las acciones fallidas y los sueños de los sanos, ni aun todo lo que llamamos síntomas psíquicos y fenómenos obsesivos en los enfermos; estamos familiarizados con ocurrencias cuyo origen desconocemos y con resultados de pensamiento cuyo trámite se nos oculta. Estos actos conscientes quedarían inconexos e incomprensibles si nos empeñásemos en sostener que la conciencia por fuerza ha de enterarse de todo cuanto sucede en nosotros en materia de actos anímicos, y en cambio se insertan dentro de una conexión discernible si interpolamos los actos inconscientes inferidos. No es más que una presunción insostenible exigir que todo cuanto sucede en el interior de lo anímico tenga que hacerse notorio también para la conciencia. La conciencia abarca sólo un contenido exiguo; por tanto, la mayor parte de lo que llamamos conocimiento consciente tiene que encontrarse en cada caso, y por los períodos más prolongados; en un estado de latencia; vale decir: en un estado de inconsciencia (Ünbewusstheit) psíquica. Atendiendo a todos nuestros recuerdos latentes, sería inconcebible que se pusiese en entredicho lo inconsciente.

Freud asume que, “…la negativa a admitir el carácter psíquico de los actos anímicos latentes se explica por el hecho de que la mayoría de los fenómenos en cuestión no pasaron a ser objeto de estudio fuera del psicoanálisis”. Y agrega que “los experimentos hipnóticos, en particular la sugestión post-hipnótica, pusieron de manifiesto de manera palpable, incluso antes de la época del psicoanálisis, la existencia y el modo de acción de lo inconsciente anímico”.

Es legítimo, puesto que para establecerlo no nos apartamos un solo paso de nuestro modo habitual de pensamiento, que se tiene por correcto. Sin una reflexión especial, atribuimos a todos cuantos están fuera de nosotros nuestra misma constitución, y por tanto también nuestra conciencia; y esta identificación es la premisa de nuestra comprensión. Aun cuando la inclinación originaria a la identificación ha salido airosa del examen crítico, el supuesto de que posee conciencia descansa en un razonamiento y no puede compartir la certeza inmediata de nuestra propia consciencia. El psicoanálisis no nos exige sino que este modo de razonamiento se vuelve también hacia la persona propia. Si así se hace, deberá decirse que todos los actos y exteriorizaciones que yo noto en mí y no sé enlazar con el resto de mi vida psíquica tienen que juzgarse como si pertenecieran a otra persona y han de esclarecerse atribuyendo a ésta una vida anímica. La experiencia muestra también que esos mismos actos a los que no concedemos reconocimiento psíquico en la persona propia, muy bien los interpretamos en otros. Es evidente que nuestra indagación es desviada aquí de la persona propia por un obstáculo particular, que le impide alcanzar un conocimiento más correcto de ella. Si, a pesar de esa renuencia interior, volvemos hacia la persona propia aquel modo de razonamiento, él no nos lleva a descubrir un inconsciente, sino, en rigor, al supuesto de una conciencia otra, una conciencia segunda que en el interior de mi persona está unida con la que me es notoria.

 

Es una conciencia inconsciente (un saber que no se sabe)

En primer lugar, una conciencia de la que su propio portador nada sabe, es diverso de una conciencia ajena, y en general es dudoso que merezca considerarse siquiera una conciencia así, en la que se echa de menos su rasgo más importante. Quien se rebeló contra el supuesto de algo psíquico inconsciente menos aún aceptará una conciencia inconsciente. En segundo lugar, el análisis apunta que los diversos procesos anímicos latentes gozan de un alto grado de independencia recíproca, como si no tuvieran conexión alguna entre sí y nada supieran unos de otros. Debemos estar preparados, por consiguiente, a admitir en nosotros no sólo una conciencia segunda, sino una tercera, una cuarta, y quizás una serie inacabable de estados de conciencia desconocidos para nosotros, y que a su vez, se ignoran entre sí. En tercer lugar, llegamos a saber que una parte de estos procesos latentes poseen caracteres y peculiaridades que nos parecen extraños y aun increíbles, y contrarían directamente las propiedades de la conciencia que nos son familiares. Ello nos da fundamento para reformular aquel razonamiento vuelto hacia la persona propia: no nos prueba la existencia en nosotros de una conciencia segunda, sino la de actos psíquicos que carecen de conciencia.

Notas:

(1) James Strachey. Nota introductoria a “Lo inconsciente” «Das Unbewusste» (1915), Freud, S. Obras completas, Amorrortu Editores, Tomo XIV, Páginas. 157-158.

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