Analyticas del Sur. Revista de psicoanlisis en la crtica cultural

Edición Nº 2 • Diciembre de 2014 •

universales
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Bruno Latour y el Relativismo:
¿el mal de este siglo?

Ezequiel Rueda

Lic. en Psicología. Participante de la Asociación de Psicoanálisis de La Plata. Docente de la Facultad de Psicología de la UNLP.



El presente comentario se desprende del tema central del curso anual que dicta Enrique Acuña en la Asociación de Psicoanálisis de La Plata (APLP) titulado “Psicoanálisis y herejía científica -entre ciencia y religión-”. El libro de Latour fue una sugerencia de lectura de este curso, con el fin de retomar la propuesta de Jacques Lacan de ordenar los significantes amos que rigen cada época. En nuestro caso, ese significante es la ciencia y la época es la que comienza en la segunda mitad del siglo pasado. La razón de este recorte temporal está en el cambio de paradigma que la ciencia global adquiere desde ese momento, paradigma hegemónico organizado según el impreciso calificativo de “relativismo” y sobre el cual Lacan apuntará en su seminario del año 1970, El reverso del psicoanálisis. Será el relativismo científico el que mejor describa la tendencia o dirección que toman las principales investigaciones científicas desde finales de los ´50 y ya no la ciencia moderna que analizó y transmitió Alexandre Koyrè, el cual fue la referencia directa tomada por Lacan a la altura de su escrito “La ciencia y la verdad”. Por lo tanto, para continuar en el camino de historizar el objeto de la ciencia y entender a quién se dirige Lacan en cada momento de su obra, será Bruno Latour quien nos ordene el panorama.

Como consta en la presentación del libro, Bruno Latour es un sociólogo francés, antropólogo y filósofo de las ciencias, actualmente director científico y director adjunto del Institut d´études politiques de Paris. En colaboración con Steve Woolgar escribió dos estudios sociológicos: La vida en el laboratorio y La construcción de los hechos científicos. Es autor de Pasteur, la lucha contra los microbios y Nunca fuimos modernos, además de compilador de numerosas obras sobre historia y sociología de la ciencia y de la técnica. El libro que nos convoca, Crónicas de un amante de las ciencias, fue publicado en Francia en el año 2006 y consiste en la compilación de una serie de artículos breves publicados periódicamente entre 1996 y 2001 en la prestigiosa revista de divulgación científica La Recherche.

A lo largo de los artículos Latour presenta a modo de crítica política el panorama actual de la ciencia occidental en casi todo su espectro, desde Marx, Tarde y Frege hasta Einstein, Turing y Darwin, mostrando absoluta erudición en el tema. El matiz relativista y polémico que le otorga a cada escrito se expresa en el modo en que titula cada uno de ellos, a partir de una pregunta que sintetiza el tema tratado y que es abordado presentando el estado de situación de algún tópico de la ciencia. De este modo, el autor extrae un concepto y los múltiples significados otorgados por cada comunidad científica según la postura política que sostengan, preludio que le sirve al autor para reformular el concepto y proponer su particular perspectiva. Para este comentario nos centraremos en las menciones más directas al relativismo que califica a las producciones científicas actuales.

Latour presenta al relativismo como una atribución que algunos científicos se hacen para cerrar todo tipo de discusión, atribución en apariencia conciliatoria pero que encubre un claro absolutismo, actitud calificada por el autor como “el mal de este fin de siglo”. Para abrir la discusión, Latour muestra las múltiples significaciones que el término “relativismo” adquiere, cada una soportada por una clara decisión política en cuanto a la función social de la ciencia y que le sirve para clasificar entre el “buen” y el “mal” relativismo, agrupando en este último las definiciones de extremo universalismo y particularismo que adoptan la mayoría de las prácticas científicas.

Los sentidos universalistas del relativismo refieren tanto a una disolución de las jerarquías de valores o saberes que sólo tendrían como referencia una igualdad universal, como la idea del conocido “relativismo cultural” con el cual los europeos pretendían ampliar su concepción de la humanidad tomando las diferencias de cada etnia para absorberlas por una categoría de mayor jerarquía, una visión europea de la humanidad que tiene el mismo procedimiento invasivo que la evangelización, el comercio y la conquista. Por el lado del absolutismo particularista Latour ubica el uso que se hace del adjetivo “relativista” para aludir a la idea de la existencia de una cultura tan particular, tan diferente al resto, que toda acción contra los demás estaría justificada por la incompatibilidad de juicios entre ambas culturas, lo que nos lleva directamente al argumento “nazi” organizado alrededor de la idea de rechazo (y posible eliminación) del otro en tanto diferente. En esta línea se ubica el sentido más divulgado de lo que el relativismo es: una suerte de posición “tolerante” donde cada uno respeta la opinión del otro, evitando todo tipo de discusión ya que cada argumento o cada concepto estaría definitivamente establecido y cerrado a toda posibilidad de modificación.

Frente a estas posiciones reduccionistas el autor propone un sentido nuevo para el relativismo científico, el “buen relativismo”, consistente en lo que él denomina “relacionismo”. El mismo implicaría la puesta en común de las diferencias teóricas, la “confrontación obstinada de los juicios particulares” que posibilite una configuración de relaciones nuevas pero sosteniendo, a su vez, las diferencias inherentes a cada sistema. Es decir, conocer lo diverso por medio de la investigación o la experimentación y no a partir del prejuicio absolutista. Esta posición dialéctica de un movimiento permanente entre universal y particular o de unión de lo diverso soportando y avivando la diferencia, recorre la totalidad de los artículos que componen el libro, por ejemplo, al proponer una relación de no exclusión entre categorías en apariencia antagónicas como lo abstracto de un concepto matemático y lo concreto de su contexto de descubrimiento (la relatividad de Einstein sería ejemplo de un buen relativismo en ese sentido), o evitar desligar la actividad de pensamiento de las condiciones técnicas, institucionales, culturales y escriturales. Posición que se inscribiría en una propuesta para fomentar el trabajo pluridisciplinario (o transdisciplinario, según autores como Edgar Morin) que no se acote a un mal relativismo limitado a aceptar sin discusión los aportes de las disciplinas colegas.

Otro término fundamental para presentar la propuesta del autor, que nos acerca a definir la interpretación contemporánea de la ciencia, es la concepción de “lo científico”. Para ello recorre tres acepciones del término que tienen vigencia en la actualidad. Con el primer sentido se refiere a una forma de discurso que permite pasar por alto la palabra pública; así aquello que es considerado “científico” se excluye de la discusión popular. El segundo sentido implica lo contrario: lo científico como nuevas entidades que ponen en crisis los discursos científicos establecidos, dejando perplejos tanto a la comunidad científica como a la población a la que se dirigen (lo que podríamos asociar con la idea kuhniana de surgimiento de un nuevo paradigma o la posibilidad de falsación de Popper). Por último, el tercer sentido del término alude a la información que hay detrás de un enunciado, que sirve para garantizar o sostener su estatuto de cientificidad. Esta acepción está directamente ligada a una administración del saber por parte de una comunidad restringida.

Frente a estos tres sentidos de lo que implica que un ámbito de la realidad sea considerado “científico”, Latour sostiene la ambigüedad y dice que cada acepción remite a un campo de acción totalmente diferente que sólo ha sido emparentado por la historia. A pesar de esto toma posición por la segunda definición ya que posibilitaría democratizar las producciones científicas al no limitar su discusión a un grupo acotado de personas que manejan el complejo discurso científico clausurando toda discusión posible. Tanto la expresión “relativismo” como el calificativo “científico” se definen para el autor en relación a una promoción de los debates acerca de las políticas científicas que incluyan a toda la comunidad.

En la diversidad de tópicos y escenarios en que es abordada y cuestionada la ciencia contemporánea se le ofrece al lector interesado en el tema un amplio informe de situación de las múltiples discusiones, los debates y las direcciones que atraviesan al campo de saber dominante. Sin embrago, si el lector es practicante del psicoanálisis, el libro aportará argumentos y evidencias para sostener la hipótesis de que la ciencia hacia la que se dirige Lacan en 1970 es en sí misma “relativista”, es decir, está en su totalidad atravesada por diferentes concepciones del relativismo y no simplemente por la concepción que se desprende del “relativismo cultural”. Para Lacan el avance de la técnica ha sido el pivote que posibilitó la transformación de una ciencia moderna orientada por el progreso del conocimiento a una ciencia contemporánea definida a partir de la producción de objetos técnicos donde el criterio rector es la eficacia de esos objetos y no los argumentos que sostienen los procedimientos. Como situó Enrique Acuña en el cierre de su curso, toda esta descripción de la ciencia relativista es sólo, para el analista, un paso lógico, un momento necesario para llegar a las consecuencias que esta concepción contemporánea de la ciencia tiene en nuestra práctica, en los efectos de esta nueva articulación entre causa y verdad sobre el sujeto analizante, cuestión que podrá orientarse a partir de la pregunta por el estatuto del síntoma de la ciencia actual.

De todos modos, conviene tener en cuenta que la concepción de la ciencia que Lacan postula a la altura de “La ciencia y la verdad”, privilegiando el “sentido histórico hegeliano-marxista” que aprehende de su maestro Kojève, no queda invalidada por la concepción relativista de la ciencia que toma unos años más tarde, a la altura del Seminario 17 (cuestión también abordada por Latour en la oposición entre las versiones whiggish y anti-whiggish de la historia de las ciencias). La historia de la ciencia le sirve a Lacan para mostrar los cortes o saltos que hay en la constitución de la ciencia, donde aparece un modo particular de articulación entre el saber y la verdad, pero el relativismo científico encaja bien con el postulado de los cuatro discursos, donde el objeto a como resto irreductible de lo que se transmite en la fórmula, hace posible la permutación de los discursos y a su vez da lugar a la creación de una “atmosfera de verdad” que, como anticipa Lacan en “Los surcos de la aletosfera”, modifica la percepción de la realidad.

Bibliografía:

Acuña, E.: notas del Curso anual 2014 “Psicoanálisis y herejía científica -entre ciencia y religión-”.

Lacan, J.: “La ciencia y la verdad” en: Escritos 2, Siglo XXI Editores, Buenos Aires, 1988.

Lacan, J.: Seminario Libro 17 El reverso del psicoanálisis, Editorial Paidós, Buenos Aires, 2013.

Latour B.: Crónicas de un amante de las ciencias, Dedalus Editores, Buenos Aires, 2010.

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Analytica del Sur Número 1. Aparición en web: julio 2014.

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